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‘Antes de llegar a Ítaca’, el primer libro del periodista y terapeuta Fernando Miguel, es “un espejo en llamas donde Fernando se deja contemplar abierto en canal, como el cuerpo de una res colgando del gancho de un matadero”, según la cruda descripción que hace en el prólogo el también periodista Antonio Lucas, amigo íntimo del autor. El libro es la culminación de un largo proceso terapéutico -aún por culminar, según él mismo reconoce en esta entrevista-, una explicación a sus familiares, especialmente a su hijo, Leo. ‘Antes de llegar a Ítaca’ (Mandala Ediciones, 2021) se presenta el próximo 24 de junio en Madrid.

Enhorabuena por tu libro, es un libro muy valiente, no ha debido de ser fácil escribirlo…

El libro lo escribí durante el confinamiento. De hecho, como has leído, hay muchas referencias a lo que estaba ocurriendo, mezcla el presente con el pasado. Escribirlo fue complicado, porque hablo de mi vida, de la vida de mi familia, hay mucha desnudez. Supuso, por tanto, una doble dificultad, dada la angustia que estábamos viviendo todos, no saber lo que íbamos a ir.

¿Es el libro una fase más de la terapia en la que estás involucrado?

Sí. Yo soy terapeuta humanista y, así es, la escritura fue un proceso terapéutico. Lloré mucho en diferentes pasajes, recordando toda mi vida… momentos en los que estuve muy perdido, como fueron los años noventa. Cuando uno expresa y se desahoga ya es un acto terapéutico.

¿Te has autocensurado?

Me he autocensurado un poco, porque había pasajes que me parecían pura pornografía, y además estaba el miedo de lo que sintiera mi familia al leer el libro. Ha habido mucha desnudez pero también he omitido episodios, tanto por cuidadme a mí como a los que me rodean. Aunque suene un poco petulante, pocos libros he leído con semejante desnudez.

De alguna manera, tu libro es también una larga carta a tus seres queridos, a tu familia, para explicar esas cosas que resultan tan difícil decir en persona. ¿Es así?

Así es. El libro tenía tres dificultades: primero, la escritura, mirarme al espejo y mostrar mi sombra. La segunda dificultad vino a la hora de mostrar el libro a mis padres; se lo di el día de Reyes, envuelto en papel de regalo, y la tercera fue obviamente la publicación, sabes que la gente te va a leer… es como desnudarse lentamente delante de personas. Con mi familia sí que había una intención de poner ‘realidad’ en lo que ha sido nuestra historia. Con este libro, mis padres saben un poco mejor cómo soy yo, tanto lo bueno como malo.

Entre la gente de nuestra generación y nuestros padres suele existir un silencio pudoroso: se intuye lo que hace tu hijo/a pero nunca se llega a saber con certeza.

En psicología sistémica se dice que los secretos sirven para cohesionar a las familias, y creo que esto es cierto. En mi caso y en el de mucha gente, pasamos por encima de muchos pasajes. Vivimos en un mundo muy mentiroso y creo en la claridad, si no cae en el sincericidio. Este libro tiene grandes dosis de claridad y creo que eso es positivo a todos los niveles.

¿No estás poniendo en peligro la cohesión de tu familia al desvelar tus secretos?

Es cierto. Pero yo he pasado un proceso terapéutico de diez años, que recién acabo, y que a la vez continuará toda mi vida. Mi familia ha ido progresando, nos hemos ido acercando, después de momentos de muchísima separación… yo me he pasado cinco años fuera de España, he estado 25 meses dando la vuelta al mundo, y en parte era por alejarme de todos los ruidos familiares. Para mis padres ha sido muy doloroso leer el libro pero, por ejemplo, mi madre desde que lo leyó siempre me dice “te quiero mucho” cuando nos despedimos. Esto ya ha servido para juntarnos de alguna manera.

Tu vida siempre ha sido un poco novelera, casi extrema, casi diría que te hubiera gustado protagonizar una epopeya, pero finalmente te ha salido una biografía.

Yo tengo una carga familiar que es que tengo que ser el mejor. Soy hijo único y así me educaron. Esto me ha abocado a muchas situaciones bonitas y a muchas situaciones de riesgo. En el libro describo un secuestro que sufrí durante 48 horas en Pakistán por parte de militares, algo que con el paso del tiempo me parece completamente innecesario. En el libro suceden cosas que parecen de ciencia ficción. Efectivamente, hay mucho extremismo y bastante locura en mi comportamiento.

Ese episodio que describes de Pakistán acabó bien (en tanto estás vivo) pero son esas aventuras que nos gusta contar a todos.

Yo me voy Pakistán cuando el país está en guerra civil con los talibanes, cuando apenas quedan occidentales allí. Mi primer objetivo era ir al Karakorum, pero los pasos de montaña estaban cerrados. Quise ir a Pesawar, que es una ciudad muy peligrosa y al final me fui al valle del Swat, y lo que me encontré fue una zona en estado de guerra. Me trincaron los militares y no se creían que estuviera allí de paso. La acusación velada es que yo trabajaba para el servicio secreto indio, por eso tantos interrogatorios. Podían haberme atrapado los talibanes y acabar en las noticias. De hecho, cuando los militares me llevan a la estación de autobús voy escoltado por tres soldados con ametralladora.

¿Cómo fue la vuelta a Madrid?

Cuando volví pensé que había vivido una aventura. No era consciente del riesgo que había tomado, y esto fue un disparadero para cambiar un poco. Hasta aquí hemos llegado.

Especialmente teniendo en cuenta que en aquella época ya eras padre.

Exactamente. Había hecho muchas locuras en mi vida, pero aquella fue desde una situación que no me lo podía permitir, y allí me cayó todo el peso. El tema de mi hijo marca un antes y un después con esta historia.

¿Sentiste que tocaste fondo?

Sí. Yo había estado un año en terapia antes de irme a Pakistán, y cuando aterricé en Madrid empecé otro proceso terapéutico casi automático que me llevó otros nueve años. Sentía que tenía algo que no funcionaba dentro de mí y quería ponerle luz.

Llevas unos años dedicándote a la ‘terapia humanista’. Explícanos en qué se diferencia de la terapia psicológica clásica y por qué te aproximaste a ella.

Trabajo desde la visión gestáltica. La Gestalt es una terapia que se encuadra dentro de las terapias humanistas, fue la tercera ola del mundo psicológico. Casi todas nacen en los años 60, y especialmente en California, y todas buscan un lado más humanista en la relación terapéutica. Yo trabajo desde la Gestalt pero aplicando otras técnicas: trabajo corporal, terapia sistémica y otras herramientas agrupadas dentro del humanismo.

La psicología ‘oficial’ es muy crítica con la Gestalt.

Fritz Perls era discípulo de Freud. Era judío, como muchas de las personas implicadas en la psicología en aquellos tiempos. Todo bebe de Freud, que es una de las grandes mentes de los siglos XIX y XX. Tendrías que preguntarle a un psicoanalista qué opina de la Gestalt y las terapias humanistas. Yo he estado diez años como paciente de una terapeuta humanista y me ha servido, sé que funciona. Ayuda a la comprensión y a la aceptación.

En tu libro hay muchas drogas, pero vas cambiando desde las que propiamente llamamos drogas -por sus efectos adictivos y destructivos- a las plantas maestras.

Tú viviste los años noventa en Madrid. Fueron años muy locos, Madrid era una ciudad peligrosa y todos los que teníamos cierta rebeldía tuvimos un contacto profundo con las drogas. Se trataba también de una búsqueda. Yo en el 96 me voy a la selva amazónica a tratar de buscar la ayahuasca, al año siguiente me voy a México a buscar el peyote. Es cierto que lo hacía de una manera lúdica, pero intuía que allí había algo para mí. Años más tarde, ya empecé a tener contacto con las plantas maestras. Como bien sabes, Claudio Naranjo, introductor de la Gestalt en España, era un gran conocedor de las plantas. Para mí, el trabajo terapéutico se complementa totalmente con el trabajo con plantas: San Pedro, peyote, bufo… Creo que, si lo haces de una manera ceremonial, los ‘insights’ son impresionantes. Ya sabemos que en esta sociedad, el tabaco y el alcohol son legales pero los hongos o la ayahuasca siguen en un limbo sospechoso. Esas plantas que llegan al corazón trae unos enormes efectos beneficiosos para gente con traumas, adicciones o simplemente para gente que está buscando.

¿Te parece positivo el (re)descubrimiento de las plantas maestras en Occidente?

Lo que está sucediendo con las plantas maestras es lo que sucedió con el yoga en los años 60 y 70. Primero lo conoció un número reducido de gente y luego fue popularizándose. Durante ese proceso han pasado dos cosas: una, que ha llegado a muchísima gente, lo cual es maravilloso, y la segunda, que se banalizó, lo que es inevitable. Con las plantas sagradas está pasando lo mismo: por un lado llegan a cada vez más gente y, por otro, suceden casos como el de Nacho Vidal con el Bufo: gente que se da permisos para hacer cosas que no se deben hacer. El resultado final es positivo, desde mi punto de vida: cuanta más gente se acerque a las plantas y al yoga, mejor será.

Otro tanto pasa con el eneagrama…

El eneagrama es un gran misterio, que trajo Claudio Naranjo a Occidente y Latinoamérica. Es una enseñanza que pasó de generación en generación entre comunidad sufíes y cristianas, es un método de conocimiento maravilloso pero con su popularización está llegando a gente como el FBI o los departamentos de recursos humanos de las empresas. Una vez más, una banalización inevitable.

El eneagrama habla de nueve tipos de caracteres, que a su vez se dividen en tres, y todos estamos dentro de esos 27 tipos de personalidades. Es difícil de explicar, pero es así. Como herramienta terapéutica, el eneagrama es un sistema que aprendemos para desaprender. Resulta muy tentador encasillar a las personas en un número determinado, pero al final somos seres humanos, hemos tenido los padres que hemos tenido y eso ha forjado nuestro carácter, la máscara que nos hemos puesto para salir a la vida. De esto habla el eneagrama.

Quienes dudamos sobre la linealidad cronológica del tiempo, creemos -y a veces incluso sentimos- que es posible intervenir en el pasado desde el presente. ¿Es este libro una larga misiva a tu niño interior o tal vez un libro de instrucciones de la vida para tu hijo Leo?

El pasado no tiene mucha importancia. Estamos en el aquí y en el ahora. Hay una película que se llama ‘La llegada’, una de las mejores que he visto, que habla precisamente de esto: de la linealidad del tiempo, y comienza con una de las mejores escenas de la historia del cine. Está claro que el libro lo escribí también para mi hijo. En un futuro Leo leerá el libro y será un legado para él: este es tu papá, con sus luces y sus sombras.

¿Quién crees que debería leer tu libro y qué va a encontrar en él?

Hay una palabra que me cae mal, que es “inspirador”, porque me remite a los libros de autoayuda, así que voy a tratar de evitarla. Yo creo que es un libro que está lleno de humanidad, de profundidad y de verdad. Creo que para las personas que tenemos dificultades en la vida y que estamos un poco locos, que somos la mayoría, es un libro que puede dar mucha luz. Además, el libro está englobado en lo que se llama “nuevas masculinidades”, y los hombres pueden sentirse reflejados y ver que hay un camino hacia la delicadeza. No olvidemos que nosotros también estamos jodidos por el patriarcado.

¿Va a tener continuidad el libro o le has puesto punto y final?

Cuando escribía el libro me acordé mucho de ‘En la carretera’, de Jack Kerouack. Se contaba que pegó las hojas unas con otras para hacer un rollo de papel continuo y escribió la novela en 60 días. Yo este libro lo escribí en apenas 45 días. Lo que pretendía al escribirlo es que los párrafos cabalgaran, que terminaras uno y te fueras para el siguiente, que quisieras seguir leyendo. Esa es mi forma de vivir y mi forma de escribir. El libro lo terminé de corregir 15 días antes de empezar a trabajar como terapeuta, y esto me parece muy simbólico. Tengo por ahí un manuscrito de 500 páginas de cuando di la vuelta al mundo, y está muy mal que yo lo diga pero tiene muy buen material, pero me puse con él y no podía, no tocaba escribir eso. Quizás en un futuro, pero ahora estoy volcado en el trabajo con las personas y la búsqueda de la profundidad.

Creo que era Pérez-Reverte quien también se vanagloriaba de escribir para que el lector no dejara de leer, como has hecho tú: “Aspiro a que el lector pase la página”.

Cuando entré en la facultad tenía la intención de ser escritor. La vida me colocó como amigo a uno de los mejores escritores, que a su vez es compadre de Pérez-Reverte. Me refiero a Antonio Lucas, uno de los mejores poetas, y uno de los mejores escritores que tenemos en los medios de comunicación. La vida me puso a Antonio para demostrarme que yo ya no podía ser el mejor: él sacaba metáforas al chascarse los dedos que yo no sería capaz de sacar en cinco días. Cuando empezó el confinamiento, llamé a Antonio y le dije esto: “siempre supe que jamás llegaría a tu categoría literaria ni a tu sintaxis”, y con eso me liberé. Ya no tenía que demostrar nada, sólo tenía que escribir para mí mismo. Curiosa y necesariamente, el prólogo es de Antonio Lucas.

Ya tardas en conseguir tu ejemplar de ‘Antes de llegar a Ítaca’ .