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Antonio Escohotado (Madrid, 1941) vuelve a la carga, tan vigoroso como de costumbre. Después de dedicar veinte años a desarbolar el frondoso árbol del comunismo, el filósofo vuelve a los clásicos: ‘Hitos del sentido’ es una inmersión en la historia del pensamiento desde su época de mayor brillantez, la que abarca desde Pitágoras hasta la eclosión de la ciencia y el pensamiento de la Grecia clásica y su ocaso, reemplazado por la creencia en el más allá, en demérito del más acá, que trajo el cristianismo en su modalidad más irracional, la que impuso Pablo de Tarso, San Pablo.

Nos encontramos con Don Antonio en su ‘dacha’ ibicenca, donde ha recalado para tomar distancia de las intrigas, los confinamientos y las ingratitudes de Madrid. ‘Escota’ está en mejor forma (intelectual) que nunca, si bien los achaques empiezan a hacer mella desde el “changazo” que sufrió hace un año, en agosto de 2019.

¿Por qué vuelves a los clásicos, tras el monumental trabajo de investigación que supuso ‘Los enemigos del comercio’?

Desde que me dio el ‘changazo’*, todo lo veo desde un ángulo levemente distinto y algo más profundo. Los hitos del sentido son algo así como aciertos extraordinarios en el análisis, muy parecidos a las cosas que se pueden patentar. Cuando estaba escribiendo ‘Los enemigos del comercio’ al comienzo del tomo II, tenía tal cantidad de información sobre utilitaristas y románticos que me empaché, y entonces paré tres o cuatro meses y se me ocurrió volver sobre mis unidades didácticas y repensar la parte antigua, que es la que se publica ahora. Creo que ha cambiado el 99% del texto.

 

*El changazo, explicado por el propio Escohotado en la entrevista.

¿Cómo se explica que los griegos nos dejaran un pensamiento y una ciencia tan notables y perdurables, y los romanos poco más que técnica y organización política?

Lo que los romanos aportan es rigor personal, esfuerzo, higiene –porque fue un pueblo increíblemente limpio-, coraje y sacrificio. Los griegos son como la juventud de la Humanidad, y los romanos empiezan a ser la edad viril, la edad dura. Los griegos son esa civilización que dicen “prefiero morir muy joven, porque me molesta la arruga”; es decir, tenían ese punto de frivolidad que los romanos y otras civilizaciones no han tenido. Eso explica que fueran tan esplendorosos y, al tiempo, tan fugaces.

Fugaces y perdurables, casi eternos.

He intentado describir cómo en esos 200 años una armonía de la ciencia, de la técnica, de la poesía, del sentido de celebrar la vida, en vez de lamentarla, es la concatenación de, una parte, el comercio, y, de otra, una forma de ser y un espíritu determinado que pocas veces se han visto en la historia humana. Quizá en el amor de los pueblos germánicos por la libertad, que vuelve a ser griega. Si los romanos son la edad viril, la edad de asumir responsabilidad, los germanos son una exaltación de la libertad, de la salud, de la valentía, que es también el ideal de los héroes homéricos.

¿A qué te refieres con los “hitos del sentido” que dan título al libro?

Los hitos del sentido serían aciertos extraordinarios en el análisis, algo así como las cosas que se pueden patentar. Entre los hitos que analizo en el libro están, por ejemplo, la distinción entre aire y vacío que hizo Anaxágoras o la igualdad antes la ley (“isonomía”), decretada por Clístenes en 508 a.C. y que sentaría las bases de la democracia ateniense.

Tal y como el autor explica anteriormente, la génesis de ‘Hitos del sentido’ se produce en plena elaboración del tomo II de ‘Los enemigos del comercio’. Inevitablemente, algunas ideas que aparecen en su obra magna se deslizan también en el nuevo libro de Escohotado, por ejemplo, a lo largo de su análisis sobre el auge y la caída de Atenas, motivada por el uso –y el abuso- del trabajo esclavo:

«Aunque los atenienses fueron pioneros a la hora de invertir en innovación y maestría, la supuesta bicoca de usar al esclavo no solo en funciones de criado sino como profesional, tras formarle en distintos oficios, sólo podía fomentar paro y recesión» [Capítulo 8, ‘El envés de la gloria’].

En determinado momento, Atenas se topa con una contradicción: no puede existir la democracia allí donde el esclavismo es la norma.

Al darse cuenta de su éxito, Atenas se pone a comprar cada vez más esclavos. Aquello que les había hecho grandes lo delegaron en personas que no tenían estímulo y, como resultado, todo tenía mucha menos calidad, y acabó teniendo también menos cantidad. Como resultado, una sociedad pujante y expansiva como la de Pericles, a partir de la terrible epidemia que mató al propio Pericles, se empieza a deshinchar, pero al mismo tiempo que se deshincha materialmente, va creciendo en madurez. El búho de Atenea levanta las alas cuando cae el día. Nunca está más alta una cosa que cuando empieza a perecer, y eso le pasó a los griegos.

En las páginas de ‘Hitos del sentido’, Escohotado no esconde su admiración por Aristóteles, por Heráclito o por el vitalista Epicuro. Sin embargo, es con Sócrates con quien asegura sentirse más afín: «He salido socrático de esta aventura», me cuenta don Antonio.

En el capítulo ‘El absoluto ético’, Escohotado traza un curioso paralelismo entre las vidas de Sócrates y de Jesucristo, ambos «ágrafos inmolados por desafiar a la autoridad». Sin embargo, al contrario que el rey de los judíos, Sócrates siempre fue refractario a cualquier tipo de verdad revelada: «Soy un guerrero pacífico, que llama a librar las batallas puertas adentro», dicen que dijo el ateniense, que, como bien es sabido, no dejó nada escrito.

La magnética personalidad de Sócrates queda retratada en estas palabras que Jenofonte dedicó al sabio: «Tan útil era Sócrates en todos los sentidos que para cualquier persona de mediana sensibilidad no había nada tan provechoso como unirse a él, y pasar el tiempo con él, en cualquier parte y en cualesquiera circunstancias».

Las últimas 70 páginas del libro están dedicadas al cristianismo, con los elocuentes títulos capitulares de ‘El retorno de la magia’ y ‘¡Oh, cuerpo inmundo!’.

El cristianismo es, en palabras de Antonio Escohotado, «la primera religión llamada a monopolizar una verdad no ceñida a su propio culto, que pontificará tanto sobre modelos éticos, políticos y económicos, como sobre astronomía».

Por si fuera poco semejante ambición malsana para dinamitar el legado de los sabios griegos, la versión del cristianismo que triunfa, la paulista, impuesta por el tesón de San Pablo, renuncia a ser una «ontología impecable» para convertirse en la «primera policía del pensamiento».

Entre las obsesiones de este cristianismo moralista y totalizador estaban (y siguen estando) la carne y el comercio:

«Hoy, cuando en la parte civilizada del planta el erotismo ha pasado a segundo plano, resulta más sencillo percibir que esta secuencia argumental prescinde del hilo lógico, pasando de discurrir sobre el sentido de lo existente a los confines de un sermón, donde la hembra humana sería un factor capaz de trastornar «todo», y el goce del sexo la quintaesencia de lo desastroso».

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