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«Algunas personas vinculan el consumo de drogas en la Comunidad Valenciana a la denominada Ruta Destroy, más conocida como Ruta del bakalao. Sin embargo el uso de las drogas en la cultura popular valenciana se remonta a las primeras décadas del siglo XX», se lee en la contraportada de ‘Arroz, horchata & cocaína. La incoporación de las drogas en la cultura popular valenciana (1914-1939)’ [Ediciones Matrioska], de Juan Carlos Usó, por derecho propio el más destacado historiador de las drogas en España, después de su incunable ‘Spanish Trip’ (que vuelve a reeditarse de la mano de Universo Ulises) y el controvertido ‘¿Nos matan con heroína?’

Charlamos con Usó de cocaína, morfina, heroína y héroes de guerra. Puedes escuchar la conversación completa aquí:

Esto de las drogarse no es tan nuevo como podríamos pensar. Nuestros abuelos se drogaban hace más de un siglo.

Ahora tenemos en la cabeza que hay una cosa que son los medicamentos, que los dispensan los médicos y son buenos, y otra cosa que son las drogas, que las controlan criminales y policías, y son malas. Pero esto no siempre ha sido así. Hasta 1918 esa diferencia no existía: existían medicamentos y todos ellos, psicoactivos y no, los controlaban médicos y los dispensaban farmacéuticos. En España, hasta 1918 no se establece esa diferencia y es cuando empiezan a aparecer sus problemas asociados.

Es decir, que mucho antes de que Nixon declarase su ‘guerra contra las drogas’ en 1971, en España ya empieza el prohibicionismo.

Primero hay una etapa que yo llamo de ‘libertad farmacológica’ que se acaba en 1918 en España, en EE.UU. en 1914; en Francia, en 1916, y así sucesivamente. Entre los años 10 y 20 se quiebra la libertad farmacológica y se considera que hay una serie de medicamentos que, por su composición, deben estar sujetos a control y restricción. Esas son las ‘drogas’, que se siguen vendiendo en farmacias pero ahí se empieza a exigir la receta médica. Entramos entonces en una etapa de control y restricción que se convertirá en prohibición en los años 30, concretamente en 1932 en España, que es cuando se prohíbe la heroína. A partir de ahí no se puede comprar ni con receta, ni fabricar ni transportar. Entramos en esa tercera fase, en la cual seguimos insertos, que es la prohibición, y ya no se pueden conseguir.

Anuncio de Pastillas Font, elaboradas por un farmacéutico de Castellón.

Salvo en el mercado negro…

Bueno, el mercado negro ya existía en la segunda etapa, de control y restricción, porque en 1918 la sanidad no es pública. Todas las recetas te las extiende un médico al que le tienes que pagar. Una práctica habitual es que el médico te cobraba por la receta lo mismo que costaba el medicamento. Como resultando, un gramo de cocaína, que costaba 4 pesetas en la farmacia en 1917, pasó a costar el doble, 8 pesetas, a partir de 1918: 4 para el médico y 4 para la cocaína. Esa tontería implica duplicar el precio de la medicina.

¿4 pesetas el gramo de coca? ¡Menuda bicoca!

Sí, el gramo de heroína costaba 5 pesetas; la cocaína, 4; la morfina, 3, el opio en forma de láudanos a 0,5 pesetas el gramo…

¿En qué formato se vendía la cocaína y qué pureza tenía?

Pureza 100%. Estaba la Cocaína Merck, conocida como ‘La Insuperable’, pero había otras marcas no sólo del genérico -clorhidrato de cocaína-, sino especialidades que contenían cocaína, como pastillas para la garganta Bonald, las Huidobro y Amargós… cantidad de farmacéuticas españolas elaboraban sus medicamentos con cantidades variadas de cocaína: Torrens, Crespo, Caldeiro…

¿Cómo se administraba ‘La Insuperable’, por ejemplo?

En España y, hasta donde yo sé, esnifada. Raramente se inyectaba, si acaso algún morfinómano que simultaneaba morfina con cocaína. El 99% la consumía como ahora, esnifada, si bien no estaba aún de moda el ‘turulo’. Se usaba más bien pequeños adminículos, turulos de plata los más pudientes o la mayoría, en el dorso de la mano. Se ponían un montoncito de cocaína.

¿Había más vicio en Valencia que en el resto del país?

En el período de entreguerras hay tres grandes focos de consumo: Barcelona, Madrid y Valencia, las tres grandes capitales. Es un fenómeno urbano, así que también se da en Sevilla y Zaragoza en menor medida. Es un consumo asociado a la vida cosmopolita, el ocio nocturno, los cabarets, así que se da sobre todo en las grandes capitales.

¿Estaba muy extendido el consumo de cocaína?

Es imposible de saber porque en la época no existían estadísticas como las actuales. Lo que sí te puedo decir a título de curiosidad es que las mujeres consumían al menos tanto como los hombres. Tuve ocasión de revisar las noticias de sobredosis y el 50% eran mujeres, es un dato muy relativo, pero indicativo del consumo paritario entre sexos, algo que no sucede hoy, cuando se sabe que hay muchos más hombres consumidores que mujeres.

¿A nivel social, el consumo es más elitista o arrabalero?

Es un consumo bastante interclasista, igual que en la actualidad. Tradicionalmente se pensaba que durante la ‘belle epoque’ las drogas estaban circunscritas a la aristocracia, y no, efectivamente hay un consumo muy arrabalero. De hecho, el consumo de drogas y en particular de cocaína, se extiende a partir de la I Guerra Mundial y todo el mundo apunta a las prostitutas francesas que recalaron en Barcelona en masa cuando estalló la contienda. Esas prostitutas extendieron el consumo entre sus clientes y las españolas, para no ser menos, también empezaron a consumir.

¿Estaba aceptado socialmente el consumo de narcóticos?

La hipótesis que planteaba en mi libro anterior, ‘Drogas, neutralidad y pesión mediática’, es que es la presión mediática la que fuerza a las autoridades a tomar causas en el asunto. La primera campaña de prensa se produce en 1915 en el diario ‘Germinal’, de Barcelona. Es un diario de extrema izquierda, muy radical, pero tiene poca tirada y el periodista -Mateo Santos- quema la campaña en una semana. El título de la campaña es ‘Los envenenadores’ y se refiere, como es lógico, de los farmacéuticos. Este periodista forma parte de una corriente puritana que considera reprobable el uso de las drogas fuera de un ámbito medicinal, en el entorno recreativo. A partir de ahí se establece lo que se considera un uso “indecente” de la droga, porque está asociado a prácticas sexuales ‘desordenadas’, por decirlo de alguna manera.

En 1917 hay dos campañas que se solapan en el tiempo. Una de ellas la llevan a cabo todos los periódicos donostiarras a raíz de la muerte por sobredosis en un cabaret de un joven conde de 22 años. Esto provoca un escándalo porque San Sebastián era en aquel entonces la corte de verano y a pocos metros del fallecido dormían en aquel entonces el rey Alfonso XII y la reina Victoria Eugenia. Tras la destrucción por los cañones franceses, San Sebastián se había orientado en un sitio de veraneo de lujo para las élites, de modo que la prensa conservadora teme que aquel suceso acabe con la gallina de los huevos de oro.

Simultáneamente hay otra campaña de un periódico llamado ‘El Diluvio’, el antagonista de ‘La Vanguardia’ en Barcelona, con titulares como ‘Los envenenadores de la sociedad’, de nuevo contra los farmacéuticos. La campaña definitiva la emprende ‘El Sol’ con noticias del tipo ‘Madrid se envenena y el Gobierno se inhibe’, en febrero de 1918, en plena campaña electoral. El 1 de marzo es cuando el Gobierno saca una Real Orden metiéndole mano al asunto.

Nada que ver el ‘problema de las drogas’ de los años 10 con el de los años 80 de aquel siglo.

Una cosa es el impacto real de un problema y otra distinta, su percepción. Si comparamos el impacto de las drogas en el 18 con el que tiene en los 80 es de risa, pero a medida que se va endureciendo el problema, va apareciendo las sobredosis, las drogas empiezan a estar

descontroladas por policías y dispensadas por criminales, y el problema se hace mayor.

¿Qué sentido tiene fiscalizar un eficaz analgésico como el opio?

Ningún sentido. Un analgésico como la aspirina no se generaliza hasta los años 30. Hasta entonces, el único analgésico disponible era el opio y sus derivados, no había otra posibilidad. Pedir una fiscalización sobre el único analgésico que había era absurdo. Sobre todo cuando al mismo tiempo, el rey Alfonso XIII está animando a agricultores a producir adormidera y a los químicos a extraer morfina de ella. Eso fue porque una de las consecuencias que tuvo la I Guerra Mundial fue el desabastecimiento de opio, morfina y todo tipo de medicamentos, y España era deficitario en la producción de medicamentos. Por un lado se intenta controlar la sustancia y, por otro, se incentiva su producción porque no llegan a las farmacias.

¿Evoluciona de alguna forma el prohibicionismo de las drogas a lo largo de los distintos regímenes que atraviesa el libro?

Yo diría que no. Por ejemplo, en 1927, en plena dictadura de Primo de Rivera, se decreta que se realice un registro de toxicómanos. Ese registro nunca se llegó a hacer. En la misma época se crea la primera brigada para la represión del tráfico de drogas, que también se quedó en el tintero, pero que fue reactivada en la II República. Yo no veo que el cambio de régimen afecte al tema de las drogas.

No existe por tanto un prohibicionismo de derechas o un antiprohibicionismo de izquierdas.

No. Piensa que desde la izquierda, sin entrar en matices, la ebriedad siempre se ha visto como algo contrario a las exigencias de la razón crítica. Es evidente que detrás de la prohición de las drogas hay un componente legal.

¿Cómo es el consumo de estupefacientes durante la Guerra Civil?

Fuera del frente, en muchos lugares la vida sigue prácticamente igual. En Madrid desaparece la vida noctura cuando es cercada por los franquistas, pero Valencia, que ya era una ciudad muy golfa, la vida nocturna se intensificó mucho cuando se trasladó allí el gobierno. De hecho, hay noticias de aprehensiones de alijos, detenciones… En Barcelona siguió funcionando el barrio chino hasta 1938 y con el mismo consumo de drogas. En Sevilla se empieza a detectar un importante consumo de kifi y grifa, porque se convierte en un santuario de las tropas franquistas que vienen de Marruecos. El propio mando se encarga de garantizar el suministro de grifa para las tropas y los legionarios. Por si fuera poco, Queipo de Llano convierte en prisión la sala de fiestas Zapico, pero en diciembre del 36 el salón ya está ofreciendo dos orquestas diarias de baile y se dice que el propio Queipo de Llano explotaba un cabaret. Muchas procesiones y Te Deum, pero en la zona nacional había mucha vida golfa, quizá no en Burgos pero sí en Sevilla y en Salamanca.

Ya estás tardando en pillar cuarto y mitad de ‘Arroz, horchata & cocaína. La incoporación de las drogas en la cultura popular valenciana (1914-1939)’