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Cuatro hombretones se ponen a cuatro patas, se levantan los kimonos y lanzan otras tantas ventosidades sobre una casa. Los muros se derrumban por el maloliente huracán desatado y los desprevenidos habitantes salen volando, envueltos en la fétida nube. Se trata de una de las más llamativas ilustraciones del “pergamino de las batallas de pedos” (“he-gassen”), encontrado por un historiador durante su investigación sobre el período meiji en Japón.

El pergamino fue dibujado en torno a 1810 y representa un imaginativo muestrario de batallas y duelos en los que las flatulencias son el único arma utilizada: pedos de un jinete desde su caballo hacia un peatón, duelos de dos pedorros contra dos, cómo hacer levitar a un gato con un pedo o a un monje con sendos pedo-chorros femeninos, cómo almacenar pedos en sacos como armas de destrucción olfativa y así hasta agotar el catálogo de situaciones risibles del tercer capítulo del género universalmente divertido del “caca, culo, pedo, pis”, versión nipona.

Los seguidores del manga y los dibujos animados japoneses saben que puestos a exagerar, nadie les gana: si un luchador lanza un mandoble contra su rival, no le noqueará sino que le mandará al otro extremo de la galaxia, por lo menos. Y es que el pergamino de la batalla de pedos no es más que uno de los muchos bisabuelos del género manga, que se remonta a casi un milenio.