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En pleno centro de Oviedo, a escasos metros de la catedral y del Museo de Bellas Artes se alza su némesis, el Museo de Feas Artes (MUFA), aunque llamarlo museo quizá sea un poco pretencioso: se trata de una exposición temporal que ocupa un edificio entero de cinco plantas, y en el cual habitan los dos artistas detrás de MUFA, Israel Sastre, el artista propiamente dicho (aunque abomine de esta etiqueta) y su pareja, Inés Álvarez, a la sazón, crítica de arte.

«Todo empezó el pasado mes de octubre», me cuenta Israel por teléfono entre visita y visita. «Nos vinimos a vivir a esta casa. El resto del edificio estaba esperando una reforma, se quedó a medio rehabilitar, así que le propusimos a la propiedad (que está en nuestra onda) esta exposición». La idea de llamarlo Museo de Feas Artes vino tras un ‘brainstorming’ de cerveza y porros en la terraza del edificio: «Nos hacía gracia que el Museo de Bellas Artes esté a la vuelta de la esquina, pero, claro, lo que yo hago es todo lo contrario».

El museo abrió sus puertas el pasado 15 de diciembre y está teniendo una acogida espectacular en “Vetusta”, como se refiere irónicamente a Oviedo el artista: hoy mismo colgó en las redes sociales un cartel de «no hay (casi) billetes». En menos de un mes han pasado por el Museo de Feas Artes 530 personas, en estrictos grupos de seis personas y siguiendo un protocolo que ya forma parte del día a día de Inés e Israel: «Los recibimos en el portal de casa, les damos unas pequeñas pinceladas sobre la exposición y les acompañamos hasta la quinta planta. Ahí los dejamos que bajen a su bola, que es lo que nos gustaría que hicieran con nosotros. Cuando se van, nos tocan a la puerta, nos cuentan su experiencia y entonces subimos a ventilar y a desinfectar, pues seguimos a rajatabla las normas del Covid. En total, subimos cien pisos cada día», explica Sastre.

En su periplo por el singular museo, los visitantes se topan con el extraño y fascinante mundo de Israel Sastre: un esqueleto en la peluquería, una sala de estar de cómic propia de Alicia en el País de las Maravillas, maderas talladas, muñecos de guiñol… todo elaborado con materiales de aquí y de acá, no tanto por una labor de reciclaje sino «más bien de Diógenes», apunta Sastre, a quien le gusta ir recogiendo todo lo que encuentra por las calles de la ciudad.

Todas las obras están a la venta pero no durante la exposición (que termina el 31 de enero), sino después, cuando publiquen el catálogo: «No queríamos mezclar la visita con la venta de las obras. Lo segundo vendrá más adelante, cuando cierre el Museo».

 Sastre se muestra sorprendido del éxito, también mediático, que está teniendo su propuesta: «Esto es algo que está normalizado en cualquier ciudad civilizada de Europa, pero aquí en España (más aún en Asturias) sigue siendo una rareza. Estamos muy atrasados».

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