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Cuando por fin salí del confinamiento y volví a encontrarme con mis amigos y vecinos de Ibiza tuve una extraña sensación: en apariencia, seguían siendo las mismas personas: alegres, interesantes, excéntricos, espirituales, luchadoras e independientes. Pero cuando hablaban –y lo hacían, inevitablemente, del coronavirus– sentía que algo había cambiado en ellos. Era como si se hubieran apoderado de ellos aquellas vainas del espacio exterior que reemplazaban a los humanos mientras dormían en ‘La invasión de los ultracuerpos’.

De pronto, aquellas personas, muchas de las cuales consideraba sagaces e inteligentes, me aseguraban que el covid-19 era un bulo (por más que supieran que mi propio padre murió por el virus a finales de marzo), que Donald Trump (que era el bueno) estaba sosteniendo un feroz pulso con Bill Gates, George Soros y la OMS (obviamente, los malos), que el despliegue del 5G estaba relacionado con el covid (que dejaba de ser un bulo, para convertirse en un arma letal) y, para rematar, que George Floyd estaba vivo y los disturbios originados por su (falso) crimen son una cortina de humo para ocultar la implicación de Hillary Clinton en el ‘Pizzagate’.

Si no has oído hablar hasta ahora del ‘Pizzagate’, valga decir que es una de las teorías de la conspiración más delirantes y mezquinas que de vez en cuando agitan la política norteamericana y que, internet mediante, ha acabado recalando en Ibiza, en España y en el resto del mundo. A grandes rasgos, acusa a prominentes miembros del Partido Demócrata, de Hollywood y del establishment empresarial de EE.UU. de estar detrás de una oscura red de pederastia.

Al igual que yo, mis amigos y vecinos de Ibiza han estado varios meses encerrados en sus casas. Han tenido mucho tiempo para pensar y para informarse (y desinformarse) por internet. Lo “bueno” de internet es que no importa cuál sea tu creencia, fobia o paranoia, que vas a encontrar alguna “fuente” que confirme lo que tú piensas (el famoso “sesgo de confirmación”). Si, pongamos por caso, sospechas que el mundo está dirigido por una raza de lagartos que se hacen pasar por humanos (como en la serie ‘V’), no tardarás en dar con los vídeos de David Icke, un gañán inglés, antiguo jugador de fútbol, que ha amasado no poca fama y fortuna gracias a sus descabelladas teorías sobre los “reptilianos” y otras delirios.

Foto: Tobias Schwarz/Getty/Big Think.

Si, por el contrario, estás convencido de que el covid-19 forma parte de un plan urdido por Bill Gates para controlarnos a todos con una “biovacuna” con un chip, estás a un clic de toparte con el vociferante Alex Jones, un siniestro personaje tóxico como el ántrax.

Que un indocumentado como Alex Jones pueda ser considerado en el bando de los “buenos”, mientras el filántropo Bill Gates, que lleva 15 años y miles de millones de dólares luchando contra la malaria y otras enfermedades, esté adscrito para mucha gente en el bando de los “malos” denota la miopía de los conspiranoicos y sus cándidos palmeros, los “conspirituales”. Como cantaba Gardel en el tango ‘Cambalache’ (compuesto por Enrique Santos Discépolo en 1934):

 

«Hoy resulta que es lo mismo
Ser derecho que traidor
Ignorante, sabio, chorro
Generoso o estafador (…)

¡Qué falta de respeto
Qué atropello a la razón!
Cualquiera es un señor
Cualquiera es un ladrón»

¿Buenos y malos?

No, Bill Gates no es un santo. Es evidente que tiene su propia agenda política y sus actos filantrópicos exigen el escrutinio público y la crítica fundada. Su notorio perfil público, igual que le sucede a George Soros, le convierte en blanco fácil para los conspiranoicos, que quieren (necesitan) ver una mano oscura en cualquier acontecimiento, sea una pandemia, sea un repugnante crimen racial, como el de George Floyd.

El maniqueísmo es uno de los rasgos más notables y pueriles de la mentalidad conspiranoica. Creer que el mundo se divide entre “buenos” (que suelen ser los nuestros) y “malos”, inevitablemente el rival. Para bien o para mal, el mundo es mucho más complejo y se mueve por una enrevesada trama de fuerzas e intereses, y no son cuatro o cinco actores, sino cientos de miles, millones, amén de un actor esencial: el azar. Para desconsuelo de maniqueos y conspiranoicos, no hay nadie al mando, simplemente no existe ningún plan, y cuando lo hay, suele terminar en fracaso.

¿Por qué mucha gente que se considera a sí misma “espiritual” acaba cayendo en la visión conspiranoica del mundo? La respuesta a esta pregunta la ofrece Charlotte Ward en un artículo publicado en el ‘Journal of Contemporary Religion’, en 2011 titulado ‘The Emergence of Conspirituality’, de donde he tomado prestado el concepto. Ward define la “conspiritualidad” como:

«Un creciente movimiento que expresa una ideología propulsada por la desilusión política y la popularidad de cosmovisiones alternativas. Tiene sus propias celebridades internacionales, bestsellers, y estaciones de radio y TV. Ofrece una amplia filosofía político-espiritual basada en dos convicciones centrales, la primera entronca con la teoría de la conspiración, la segunda tiene sus raíces en la Nueva Era: 1) un grupo secreto controla, o trata de controlar, el orden social y político, y 2) la humanidad está atravesaño un “cambio de paradigma” en la conciencia.

Sus seguidores creen que la mejor estrategia para bregar contra la amenaza de un “nuevo orden mundial” totalitario es actuar en sintonía con el concienciado “nuevo paradigma”».

Imagen: Justin Setterfield/Getty/Big Think.

La “conspiritualidad” que desgrana Jules Evans en este interesante artículo de Medium, es equivalente a “la izquierda feng-shui”, bautizada por el periodista científico Mauricio-José Schwarz un libro de 2017. Esta “izquierda feng-shui” empezó a hacerse notar en la arena política a raíz del 15-M y tiene un fuerte arraigo en Podemos, Izquierda Unida y, en menor medida, el PSOE, según Schwarz. El pensamiento mágico y la desconfianza hacia la ciencia tan presente entre la “izquierda feng-shui” pasó de ser marginal a convertirse en ‘mainstream’, según me contó el propio autor en una entrevista.

El 11-Bush lo hizo “Ese”

Hace casi 20 años que llevo siguiendo muy de cerca el “despertar” de esta “nueva conciencia”. Tuve el dudoso honor de presenciar la mutación del ahora famoso Rafapal de un periodista cabal y algo excéntrico en un Godzilla de la conspiranoia, nuestro Alex Jones nacional. La mutación sucedió a raíz del 11-S, el primer ‘shock’ global que despertó en muchos (en mí mismo también) la sombra de la sospecha.

El 11-S como “inside job” y ataque de “falsa bandera”, alimentados por esa obra maestra de la contrainformación (paranoide) que fue ‘Zeitgeist’, creó el caldo de cultivo para que la mentalidad conspiranoica.

En estos últimos 20 años, la máquina de desinformación se ha sofisticado muchísimo. Las ‘fake news’ se han mostrado armas eficaces para derribar gobiernos o ganar elecciones. También son un lucrativo negocio. Como sombríamente dice un buen conocedor de los métodos de propaganda (y propagandista él mismo) Noam Chomsky, «a la gente no le importan ya los hechos».

Aquellos conspiranoicos embrionarios procedían de la izquierda o, más bien, de la ultraizquierda. Poco a poco, su mensaje “antisistema” (aunque, en ocasiones, profundamente reaccionario) fue calando en los círculos de la Nueva Era. Yo he tenido que morderme más de una vez la lengua al escuchar a amigos “espirituales” asegurar sin rubor que el Holocausto lo urdieron los propios judíos como parte de un plan para fundar el estado de Israel. ¿Cómo respondes a eso sin perder el oremus?

[No es casualidad que los mismos que apuntan al estado de Israel y, en general, a los judíos como “culpables” de todos los males de este mundo, estén detrás de la campaña de descrédito contra George Soros, un judío: el antisemitismo de la izquierda europea le emparenta vergonzosamente con la ultraderecha, conspiranoica o no].

Muchos de ellos aquellos “izquierdistas” apoyan hoy a Trump porque, alegan, es un “antisistema” frente al establishment empresarial y político de EE.UU., exactamente el falaz mensaje con el que persuadió a millones de votantes para llegar a la Casa Blanca. En estos cuatro años, Trump ha demostrado ser un presidente inepto, autoritario, racista y ultra, y, por algún motivo que se me escapa, es la “gran esperanza blanca” de muchos “conspirituales”.

El coronavirus ha pasado de puntillas por Ibiza y las Baleares. En todo el archipiélago (1,2 millones de habitantes) únicamente se han registrado 2.118 casos y han muerto 209 personas. Sin embargo, el impacto en la economía y el empleo de las islas ha resultado devastador, lo que explica la desconfianza y el escepticismo hacia las medidas de control de la pandemia dictadas desde Madrid.

Por desgracia, este más que justificado cabreo puede convertirse en el caldo de cultivo de una mentalidad conspiranoica, el sustrato idóneo para que arraigue el fascismo.

Dicho esto, creo que es muy peligroso tachar de “conspiranoico” todo lo que no esté en la línea de la “versión oficial” de la historia, porque entonces estamos cerrando la puerta al debate y a el disenso, tan necesarias para la democracia. Es lícito plantearse los potenciales peligros del 5G o sopesar los beneficios y riesgos que presenta la futura vacuna del coronavirus. Eso sí, no tiene el mismo valor la opinión de un burro que la de un profesor. Ya lo dijo Gardel.

No te pierdas: ‘Conspirituality’, the overlap between the New Age and conspiacy beliefs, de Jules Evans.

‘The Emergence of Conspirituality’, de Charlotte Ward.