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A finales de 2018, el estadounidense Colin O’Brady se convirtió en la primera persona en cruzar la Antártida en solitario y sin asistencia. Casi 1.600 kilómetros en 54 días, atravesando el continente helado de norte a sur arrastrando un trineo. Para ahorrar espacio y peso para lo esencial, completó su viaje usando solo un juego de ropa interior. Ahora en las memorias sobre el viaje, O’Brady describe cómo una noche de atracón impulsivo de sus raciones de comida se convirtió en una muy mala idea.

El diario The New York Times describió el esfuerzo de O’Brady como uno de los “hechos más notables de la historia polar”, a la altura de la “carrera por conquistar el Polo Sur” entre el noruego Roald Amundsen y el inglés Robert Scott en 1911. Era algo que nadie en 100 años había logrado nunca sin ayuda externa; y todos los que lo habían intentado antes se habían dado la vuelta o habían muerto en el intento (aunque el noruego Borge Ousland hizo la travesía en 1996, pero ayudado por una cometa de kite). Saldría desde la barrera de hielo Ronne y llegaría hasta la barrera de hielo Ross, pasando por el Polo Sur, comenzando y terminando su travesía donde se supone que termina el hielo continental y comienza el hielo marino.

Para añadir una pizca más de épica, Colin O’Brady sufrió quemaduras graves en casi el 25% de su cuerpo en un accidente en Tailandia en 2008 y los médicos le dijeron que nunca volvería a caminar normalmente. Además de su hazaña antártica, O’Brady también ha remado a través del temible Paso de Drake desde la Antártida hasta Chile, rompió el récord de escalar los picos más altos de EE. UU. (en 21 días alucinantes) y subió las montañas más altas de los siete continentes en un tiempo récord. Ninguna de esos logros hubiera tenido lugar si O’Brady no se hubiera quemado las piernas en aquel accidente, al saltar una cuerda en llamas en una fiesta playera en Tailandia.

Pero todo se engrandece aún más al saber que de los 54 días de travesía antártica, Colin O’Brady se tiró casi las tres cuartas partes caminando con unos calzocillos sucios, cuyo roce constante ponen bien claro la diferencia entre una simple aventura y una auténtica hazaña digna de quedar en los anales.

La principal dificultad para llevar a cabo recorridos de este tipo sin asistencia ni ayuda externa radica, precisamente, en lo colosal de la distancia a recorrer. Una distancia que, sin la ayuda del viento o algún sistema mecánico, se considera imposible de salvar en los aproximadamente tres meses que dura el verano antártico. Cualquier tentativa que se saliera de esa ventana de tiempo, sería prácticamente un suicidio.

Y todo ocurrió a solo 15 días de empezar a tirar de su trineo de casi 180 kg. a través de una Antártida traicioneramente ventosa. Colin O’Brady tenía hambre, su fuerza de voluntad se había agotado. «Me desperté durante la noche sintiéndome abrumado y con las defensas bajas», escribe O’Brady en sus memorias sobre la expedición, ‘The Impossible First: From Fire to Ice’.

Empaquetadas en la tienda tenía sus «Colin Bars», una barras alimenticias especiales de 1.180 calorías cada una, creadas específicamente por su patrocinador para su viaje, el fabricante de suplementos nutricionales Standard Process. Las raciones de comida de O’Brady eran una parte crítica de su estrategia para lograr el éxito.

O’Brady comería cuatro barras cada día, lo que representaba la mayor parte de las calorías (casi 5.000) para cada jornada de caminata de 12 horas. De hecho, había dividido cuidadosamente la cantidad de barritas que podría comer cada día. Pero esa fatídica noche en su tienda, las cosas no salieron según lo planeado.

La mezcla rica en grasa de aceite de coco, nueces, arándanos secos y cacao en polvo de las barras energéticas fue diseñada para alimentar los días de esquí de O’Brady en el hielo azotado por el viento. Pero no fueron pensadas para darse un atracón después de la medianoche. Y esa noche O’Brady probablemente comió alrededor de 2.000 calorías a eso de las 3 am de la madrugada.

Comer demasiado, comer demasiado rápido, comer alimentos ricos en grasas y comer cuando está estresado conducen hacía la diarrea o el estreñimiento. Y al día siguiente, Colin se despertó sintiéndose enfermo y sabiendo que tendría que racionar lo que comería ese día para compensar el atracón. Su estómago comenzó a gorgotear incluso antes de que terminara de recoger el campamento y se preparaba para otro día de travesía.

O’Brady decidió que sería mejor esperar hasta la noche para volver a montar la tienda, quitarse la chaqueta, el mono y las capas de ropa base, desvestirse por completo y hacer de vientre en condiciones. Pero su cuerpo tenía otros planes. Así, después de seis horas de caminata, con temperaturas cercanas a – 30º C, O’Brady sintió de repente lo que llamó una «ola», una que no se detendría.

«Pensé que me aliviaría si pudiera dejar salir un poco de aire de mis intestinos, así que lo intenté», escribió. «Desafortunadamente, salió más que aire. Me sentí aliviado y asqueado al mismo tiempo», describe el desafortunado accidente (que calificó como «muy humillante») en su libro.

O’Brady tuvo que caminar seis horas más a través de la nieve antes de poder detenerse, establecer el campamento para resguardarse y evacuar adecuadamente sus tripas, mientras limpiaba el interior de sus pantalones. «Cada paso ahora estaría acompañado de roces pegajosos», escribió.

Y para empeorar las cosas, había llevado solo unos calzoncillos para la expedición de 54 días. Fue un movimiento calculado, diseñado para priorizar las raciones de comida y el equipo por encima de la comodidad. «¡Llegaré algo sucio al final!» dijo antes de partir. En ese momento, no tenía idea de cuán verdaderas serían esas palabras.

Treinta y ocho días después, un Colin O’Brady mucho más delgado llegó al otro lado de la Antártida, terminando el viaje con una etapa final digna de ultramaratón, donde recorrió los 125 últimos kilómetros en 32 horas y media del tirón, hasta el borde de la plataforma de hielo Ross. Y lo primero que hizo no fue ir en busca de unos calzoncillos limpios. En cambio, celebró el éxito con lágrimas, una sonrisa radiante y una llamada a casa de su esposa para decirle «lo hicimos».

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