El ‘via crucis’ judicial y mediático que está penando Willy Toledo por un quítame allá un “me cago en Dios” es una reedición de un episodio del tardofranquismo que acabó con los huesos de Antonio el Bailarín en la cárcel por una blasfemia en caliente (“¡me cago en los muertos de Cristo!”, exclamó durante un rodaje) y que no llegó a mayores gracias a que el popular artista fue indultado por Franco.

La escena de la blasfemia de Antonio el Bailarín sucedió en 1972 y fue narrada por el periodista Amilibia, cronista de la anécdota en un librito sobre la brevísima estancia de Antonio en prisión, ‘Antonio, mi diario en la cárcel’, escrito a la carrera para aprovechar el gran impacto mediático de aquel “me cago en Cristo”:

El improperio de Antonio tuvo lugar durante el rodaje en Arcos de la Frontera (Cádiz) de una versión de ‘El sombrero de tres picos’ para TVE bajo la dirección de Valerio Lazarov. El rodaje se fue complicando por la deserción de varios de los bailarines profesionales contratados para una escena, lo que obligó a recurrir a vecinos del pueblo, con el chapucero resultado esperable.

En un momento de agobio máximo, la estrella de la función estalla: “¡Me cago en los muertos de Cristo!”, y se armó el belén. El grito lo escucha medio pueblo, incluyendo las fuerzas vivas: el cura de la iglesia de Arcos y el cabo de la policía municipal, que da parte y procede a encerrar en el calabozo de las dependencias municipales al blasfemo, según relató años después el propio agente, ya jubilado, a las cámaras de TVE.

La enorme popularidad de Antonio el Bailarín en aquella época hizo que se formara un circo mediático mayor incluso que el que rodea al controvertido Willy Toledo. En un fallido intento por buscar la clemencia (de Dios y de España), el abogado urdió en el juicio posterior la “inverosímil excusa de que el chófer del artista, que se llamaba Cristóbal, era conocido en su casa como Cristo, de ahí que se refiriese a los difuntos de aquel Cristo, y no del Altísimo, es decir, una lamentable confusión”. Buen intento, pero no coló: Antonio fue condenado a dos meses de arresto y a una multa de 10.000 pesetas.

Dios aprieta, pero no ahoga, y, a falta de pruebas concluyentes de su existencia, fue uno de sus embajadores en la Tierra –Francisco Franco, dictador por la gracia de Dios- quien indultó a Antonio dos semanas después de entrar en la cárcel. Como ejercicio de expiación, el artista (que ya por entonces estaba señalado como rojeras), tuvo que pedir perdón a la Virgen y a los españoles, TVE mediante.

Han transcurrido casi 50 años desde aquel folklórico episodio y, contra todo pronóstico, el Código Penal español sigue contemplando el delito de blasfemia, más propio del siglo XV que del XXI. Todo indica que, efectivamente, Franco dejó también este asunto atado y bien atado.

Con información de RTVE, La Razón, Huffington Post y Nuevo Diario.