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El prolongado confinamiento que vivimos desde el decreto de alarma del 15-M está provocando una «montaña rusa emocional que no deja indiferente a nadie», según nos cuenta la psicóloga Elena Berazaluce. Esta terapeuta madrileña llevaba años ofreciendo consulta vía Skype a pacientes en España, Europa y América.

En esta entrevista, Berazaluce desgrana el impacto emocional que la pandemia y el encierro tiene sobre nosotros y cómo la terapia, necesariamente online en este momento, puede ayudar a mitigarlo.

 ¿Qué efectos psicológicos está teniendo el confinamiento en la gente?

En general resuena el eco de vivir una constante inestabilidad afectiva, algo así como una montaña rusa emocional que no deja indiferente a nadie.  El espectro de experiencias entre mis pacientes es bastante amplio, pero sin duda las creencias, las circunstancias particulares de confinamiento y las repercusiones en cada casa de la pandemia son los que están definiendo el termómetro emocional.

Depende de dónde se coloque en la mente (lo que conocemos como mentalización) se hará su transición con procesos psíquicos particulares. Los resultados difieren si partimos de un miedo saludable y preventivo a una lucha interna con el pánico, la melancolía o la frustración.

En cualquier caso las defensas psíquicas que funcionaron hace unas semanas, la racionalización, la negación o la sublimación entre otras, dejan de hacerlo poco a poco para dar paso a emociones absolutamente normales como son el miedo, la indefensión, la tristeza o la rabia. Que aparezcan cuadros clínicos será cuestión de otros factores, el confinamiento sería en todo caso su desencadenante y no tanto su causa.

¿Podemos aguantar indefinidamente el aislamiento sin que pase factura?

Rotundamente no. Podemos sostener el encierro y reprimir los deseos individuales mientras podamos priorizar el bien común, es decir, mientras sea gratificante renunciar al yo por el nosotros. Cuando esta gratificación desaparezca porque el coste personal sea excesivo, entonces será difícilmente sostenible.

Aún con todo la capacidad de soportar dificultades en el ser humano cuando no queda remedio es en general considerable, casi mejor que no tengamos ocasión de ponernos a prueba. Eso sí, lo de que las cosas salgan gratis ya sería cosa de poner en práctica el pensamiento mágico de aquellos que son alérgicos a la realidad: “y vivieron felices y comieron perdices” (seguro que sí, no lo dudo, pero después de un sinfín de elaboraciones psíquicas que no entienden de atajos).

¿Cómo afrontan las parejas y las familias tanto tiempo juntos sin escapatoria?

El confinamiento es el escenario de un encuentro 24/7, tal cual, sin escape de relacionarse con quien convivas, sin intimidad, sin poder introducir a ningún otro externo y sin traer novedades. Un aquí y ahora en estado puro que pone a prueba los vínculos que unen a las parejas y a las familias. Fricciones que entre cuatro paredes pueden ser el espejo de todo aquello que nos une o que nos separa. Los problemas de pareja y de convivencia en las familias también son parte de las demandas actuales en el ámbito terapéutico.

¿Cuál es el límite razonable para aguanta esta situación?

No tengo claro que exista un límite razonable, sabemos que el ser humano soporta mucho más dolor que el que pudiese jamás imaginar, pero no a cualquier precio. Que se pagará un peaje es un hecho en muchos casos si no se toman medidas al respecto.

Por supuesto que habrá personas que sublimen la angustia y la represión creando y aprendiendo sin que esto deje traumas. Sin embargo, no todo mundo posee las mismas herramientas ni se encuentra en semejante momento vital, ni mucho menos va a tener que enfrentarse a similares consecuencias. Los habrá (y los hay) que generen síntomas y desequilibrios allá donde quiebren sus defensas.

Imagino que nuestra experiencia de confinamiento estará condicionada por si estamos solos o acompañados y si vivimos en un bajo interior o en un chalet de tres plantas y gimnasio…

Quizá un estado de confinamiento no nos deja otra que convivir con aquello que tenemos sin opción a evadirlo. Un piso interior puede compensarse con un sábado en la naturaleza, un matrimonio poco satisfactorio con la vida social; la soledad, con el encuentro con los otros ahí fuera; las carencias económicas, con posibles oportunidades cuando el mundo está en movimiento; los desencuentros entre padres e hijos, con la ventilación emocional cuando salimos de casa y así un largo etcétera.

¿En el confinamiento también hay clases?

Clases siempre habrá, sin duda, pero el que nos tiene confinados en nuestras casas parece ser bastante democrático y no entiende de clases ni de fronteras ni de razas, despertando el mayor de los temores del ser humano: descubrir su vulnerabilidad.

La omnipotencia cae rendida ante un noticiario, una llamada de teléfono a deshora y cualquier contacto con la realidad que se ha impuesto en el exterior de nuestras paredes. Solo queda rendirse a la evidencia y aceptar que todos podemos ser conquistados al margen de las comodidades que harán que este tránsito sea más o menos amable. A mi parecer, la riqueza en este caso tiene que ver con los recursos psíquicos más que con cualquier otro.

¿Cómo puede ayudar una terapia a distancia para sobrellevar el confinamiento?

La verdad que el confinamiento no es fácil, no es elegido, no parte del deseo sino del miedo, por lo que cada cual lo transitará desde su propia naturaleza y forma de relacionarse con la realidad.

No se hace terapia por el confinamiento en sí, sino por lo que el confinamiento despierta en cada uno. Quien estaba ya en un proceso terapéutico o en una crisis vital ahora necesita más soporte, quien nunca lo necesitó tal vez de pronto se encuentre con aquello que desencadena su malestar y, en algunos otros es el propio confinamiento el que desata síntomas en la convivencia que despiertan la necesidad de pedir ayuda profesional.

A sobrellevar el confinamiento seguramente ayuden los instagramers, las plataformas audiovisuales, las redes sociales, las ya instauradas videollamadas, los libros, el cine o el interés por el desarrollo personal.

La terapia está en otro orden de necesidades que atienden a ese «yo» en una circunstancia en que está limitado por el «nosotros».

¿Qué ventajas e inconvenientes dirías que tiene la terapia online frente a la presencial?

Hace unos años me resistía como profesional a perder el contacto físico, cara a cara con el paciente. Sin embargo, en determinado momento me resultó un instrumento necesario por las circunstancias de algunos pacientes y entendí que solo cambiaba la forma, no el fondo.

Obviamente en las relaciones preferimos el contacto con los otros, eso empezamos a verbalizarlo en las videollamadas que ya empiezan a pesar en sus dos dimensiones. Aun así, me parece que poder elegir en manos de qué profesional te pones al margen del lugar del mundo en que vivas es una ventaja inigualable. Ya no elegimos por cercanía física sino por preferencia y eso lo hace muy potente.

¿Crees que existe resistencia por parte de los pacientes a la terapia no presencial?

En estos momentos no queda otra y las resistencias a la terapia online van rebajándose con el paso de los días. Sí, no queda otra, pero que gran opción tenemos. De hecho he observado que en la distancia de la pantalla se esfuerza uno por escuchar y llegar donde no llega el cuerpo, dándole más valor a cada palabra.

Así es como compensamos las carencias del contacto virtual: la escucha en mayúsculas permite que  las palabras curen.

¿Sueles tener una sesión convencional con tus pacientes previa al Skype?

No es imprescindible. Los pacientes son los que me encuentran en internet, ellos encuentran en mi presentación alguna razón para trabajar conmigo. Sencillamente nos conectamos, y empezamos a trabajar, eligieron la vía online por algún motivo, ese tema en las generaciones actuales está resuelto.

Puedes contactar a Elena Berazaluce en su página web y en Doctoralia.