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Erase una vez un supermercado del País Vasco en que la sección de verduras tenía carteles donde se mostraba unos tomates dentro de unas manos manchadas de tierra junto a un texto que decía “comprometidos con los productores locales” o “directamente de las huertas de nuestros caseríos”. Habían puesto también un símbolo con la ikurriña.
Estos mensajes hacían que la gente comprásemos tomates pensando que con ello ayudábamos a las personas productoras del entorno; un entorno donde predomina una agricultura de tipo familiar con pequeñas producciones. Además, esta procedencia local y de pequeña escala nos hacía pensar que eran de mejor calidad y nos daba más confianza.

El tiempo pasaba y todos éramos muy felices. Los de Eroski, porque cada día ganaban más dinero. Las personas productoras porque vendían más tomates. Recuerdo que en el cartel aparecía un señor muy contento al lado de los tomates y con la huerta al fondo. La clientela también éramos felices porque con nuestra compra estábamos ayudando a una agricultura local que hace productos de huerta con más mimo.

Pero un día me encontré con una productora que estaba triste, y esto me extrañó. La pregunté porque no estaba feliz con lo bien que se vendían los tomates. Me respondió que Eroski apenas vende tomates producidos en las huertas y que la mayoría de los tomates venían de muy lejos. Yo no me lo podía creer porque había visto los carteles hablando de los productores locales, de las huertas de nuestros caseríos, y hasta una ikurriña.

Al día siguiente, volví al supermercado, miré con desconfianza los carteles, y me fijé en las etiquetas de los tomates que había en las estanterías. Encontré marcas como Hispalus que trae los tomates desde Almería, a más de 850 kms de distancia, o la marca del propio supermercado, Natur, que también los trae de Andalucía e incluso desde Portugal. Como a mi siempre me ha gustado hacer cálculos, al cabo de un rato llegué a la conclusión de que en torno al 80% de los tomates que estaban a la venta habían recorrido…. ¡ más de 850 kms !. Vaya concepto mas curioso tienen de lo que es local, pensé.

Regresé a casa y consulté en internet las marcas de tomates que había visto en el supermercado. Me di cuenta que tampoco son cultivados en huertas sino en invernaderos hidropónicos. En un vídeo de youtube pude ver que en estos invernaderos la raíz de cada planta está en un saco sin contacto con la tierra y un goteo aporta los nutrientes a la planta. Entonces, me pregunté, ¿en la imagen del agricultor feliz por qué ponen una huerta ?, y ¿ por qué hay unas manos manchadas de tierra sosteniendo los tomates si esos tomates no han tocado la tierra ? Y para colmo, todo esto estaba ocurriendo en septiembre, un mes en que… ¡ todas las huertas están en plena producción de tomate !.
He de confesar que soy de quienes no les gusta los invernaderos hidropónicos. Supone ver la tierra como un lugar para fabricar verduras y no como parte de la naturaleza. Y yo creo que si la producción agraria sigue luchando contra la naturaleza en vez de imitarla, el calentamiento global aumentará. Si el tomate es producto de verano, ¿ por qué gastar tantos recursos en producir tomates fuera de temporada ?
Y si lo anterior fuera poco, resulta que estos invernaderos cada vez son más grandes y ya no pueden ser atendidos por una agricultura familiar. Estos tomates se cultivan contratando a gente que trabaja por un sueldo muy bajo.
También miré la pagina web de Eroski. Allí estaban las mismas imágenes y mensajes diciendo que “traemos nuestras hortalizas de las huertas más cercanas”, que “es bueno que sea de aquí”. Si tan bueno es lo local, ¿ por qué permiten que vayan desapareciendo los hortelanos de aquí ?.
Ya no sentía decepción, ahora sentía enfado porque aquello me parecía un engaño. Sólo hizo mejorar mi ánimo tomar una decisión: a partir de ahora sólo compraría tomates cuando fuera su temporada.

Al día siguiente, en la pequeña tienda del barrio, vi unos tomates. Eran de un productor local y se habían cultivado al aire libre. ¡ Por fin !. Además, eran más baratos que en Eroski. Esto me llamó la atención. Pero es cierto, los tomates de los supermercados son más caros que los que se venden en el pequeño comercio. También me sorprendió que tuvieran un poco de tierra. En realidad, he de confesar que me alegró. Estaban muy ricos, y yo creo que este encuentro ha sido el inicio de una larga amistad con esta tienda.

MORALEJA: si quieres conocer la verdad de los alimentos habla con las personas productoras y no te fíes de los cuentos de los supermercados.

NOTA: este cuento está basado en hechos reales, y cualquier parecido con la realidad no es pura coincidencia.

José Ramón Mauleón es profesor de la Universidad del País Vasco y creador de Sociología del Sistema Alimentario