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En el año 1999, Boris Becker era un treintañero multimillonario, a punto de retirarse del tenis tras una breve y exitosa carrera, que protagonizaba los sueños húmedos de millones de mujeres y algún que otro señor. Al bueno de Becker -apodado “Bum-Bum” por la potencia con que golpeaba la pelota, pero no sólo por eso, como veremos- también le iba la marcha.

En febrero de aquel año, entre partido y partido de WinbledonBoris acudió a un reservado del restaurante londinense Nobus en compañía de la modelo rusa Angela Ermakova. Lo que no sabía el ex tenista era que lo que parecía una infidelidad más en el rosario de cuernos que jalonaba su relación con su mujer Barbara era en realidad una trampa, un chantaje urdido por la mafia rusa para robar el esperma de Becker.

La encargada de extraer el valioso código genético fue Ermakova, una princesa de ébano propietaria de unos espectaculares labios succionadores. A los postres, Angela le practicó una felación a su acompañante y se guardó el semen en el moflete, estilo hamster. A continuación, y según la reconstrucción de los expertos en la materia consultados en su día por el tabloide Bild, la felona “escupió el semen en un recipiente, lo llevó a un ginecólogo y allí fue lavado con una sustancia especial para luego ser inyectado a la mujer en uno de sus días fértiles”.

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¿Prueba de paternidad? No puedes negarlo, Boris.

Dicho y hecho: en 2001, Angela Ermakova anunció al mundo que había tenido una hija, la pequeña Anna, de su relación con Boris. Paralelamente, la mafia rusa extorsionó al estupefacto deportista, exigiéndole 2 millones de dólares para silenciar el escándalo, que estallaba en pleno proceso de divorcio de Boris y Barbara.

Becker no daba crédito: ¿cómo era posible que Ermakova se hubiera quedado embarazada de un blowjob? El bueno de Boris negó la mayor: aquella niña no podía ser su hija. Sin embargo, la prueba de paternidad fue contingente: la pequeña Anna era un clon de su padre, una mulata pelirroja, fea como un pecado pero graciosa como su propia concepción.

Técnicamente, Boris no había inseminado a su pareja pero era indiscutible que su ADN estaba depositado en el código genético de la pequeña Anna. Como determinó cierto juez norteamericano, “tu semen no es tuyo sino “un regalo” a la mujer”.

Quince años después de aquella “velada inolvidable” con Ernakova, Boris dice estar “orgulloso” de su hija, por más que el episodio de Londres fuera “humillante”. Por su parte, el patito feo ha mutado en cisne y pasea su flamígera cabellera y sus 1,76 metros por las pasarelas de Europa.

Con información de Wikipedia, Mirror, El Mundo, Old Strambotic y ABC.