Van a por nosotros. Psicólogos positivos, entrenadores personales, coachs, escritores de autoayuda. Quieren que seamos felices. Nos obligan a ser felices. Van a por nosotros. Pensábamos que eran solo un puñado smileys y frases motivacionales en las tazas de Mr Wonderful, pero es mucho más: se trata de una gigantesca industria con intereses en el mundo empresarial y político, el brazo armado (con sonrisas) del neoliberalismo. Entrevistamos a Edgar Cabanas, co autor, junto a Eva Illouz, de ‘Happycracia’ (Planeta de Libros, 2019). Van a por nosotros.

¿Podemos elegir ser felices?

Eso es lo que se pretende que pensemos. Es uno de los mensajes más poderosos que tiene la industria de la felicidad: la idea de darnos la sensación de que estamos en completo control de nuestra vida y únicamente depende de nosotros el ser felices, de modo que cualquiera puede serlo independientemente de sus circunstancias.

¿Acaso no es así?

Este mensaje es infantil y fantasioso, porque la mayoría de las cosas que queremos poner en marcha no dependen únicamente de nuestra voluntad o de nuestras intenciones. Por otro lado, con estos mensajes estamos perdiendo la ocasión de hablar de las condiciones de la felicidad, no es solo la idea de que “si tú puedes, quieres”, sino en qué condiciones. Todo el mundo quiere sentirse bien y tener una vida buena. La cuestión es si estamos hablando de esas condiciones y si le estamos transmitiendo a la gente que, incluso en las circunstancias más adversas y vulnerables, no solo tienen la posibilidad sino incluso la obligación de ser felices. Eso supone ponerles una responsabilidad y, en última instancia, fomentar en ellos un sentimiento de culpa por no sentirse todo lo bien que deberían sentirse.

¿Fomenta el conformismo la llamada “industria de la felicidad”?

Sí. Entendemos que cuando se hacen estas distinciones, gruesas y falaces, entre lo que es positivo y negativo, se cae en un error: las emociones son solo emociones, no son positivas o negativas. Ponemos el ejemplo de la ira o del enfado: cuando uno se enfada puede tener consecuencias terribles, pero el enfado a veces también es necesario para la indignación, para combatir la injusticia o para reparar un mal. Cuando crees que algo es injusto, el enfado es necesario para ponerse en marcha, tanto a nivel individual como colectivo. Decir que el enfado siempre es negativo es una forma de neutralizar emociones que son inherentemente políticas.

Edgar Cabanas. Imagen: Future For Work.

¿Esto mismo es aplicable a la alegría?

También. De hecho, la alegría tiene unos efectos que son buenos, porque te hacen sentir bien, pero también tienen un elemento muy conformista: las cosas están bien, así que no hace falta repararlas. En ese sentido, tiene un componente de aquiescencia.

¿Cómo se benefician las empresas de esta filosofía de la felicidad?

No se debe a que la felicidad se relacione con la productividad, algo que no está ni mucho menos demostrado, sino a que neutraliza la negatividad y la queja dentro de las empresas, fomentando culturas aquiescentes, sumisas, no tanto en el sentido de control sino en el sentido de convertir al que se queja es una persona tóxica, poco exitosa, que viene mal al resto de la gente… es una cultura que neutraliza cualquier aspecto de cambio y de rebelión.

La “industria de la felicidad” puede parecer algo naif, con sus smileys y sus libros de autoayuda. Sin embargo, en el libro desveláis los fuertes intereses políticos y empresariales que la impulsa.

Esto viene de una larga tradición americana. Los norteamericanos empezaron a tomarse todas estas cosas a risa, de forma irónica, porque veían la felicidad como una cosa inocua, una enorme tontería. No obstante, acabaron siendo los mayores estandartes de toda esa cultura del pensamiento positivo. Se les coló por no tomarse en serio todo este discurso.

Mr. Wonderful, epítome de la industria en España.

¿Nos la están colando también en España?

En España somos muy buenos en la ironía y el sarcasmo, pero corremos el peligro de que estas cosas se nos cuelen por la puerta de atrás, por no darles la importancia que tienen, y ahí están los datos: la industria de la felicidad es una de las más poderosas y lucrativas del mundo. Está valorada en 4.300.000.000.000 dólares, de modo que, si fuera un país, sería la cuarta economía del mundo.

¿Por qué deberíamos tomárnosla en serio?

Esta industria genera un enorme negocio para mucha gente. De hecho, ya ha recibido un nombre; se llama “la economía del bienestar”. En este sentido, es algo serio porque no solo se introduce en las instituciones y las empresas, sino también en la educación, en los hospitales, en la política y, por supuesto, en el mercado.

Yo creía que los españoles veníamos felices de serie…

España es un grandísimo consumidor, concretamente de literatura de autoayuda, coaching y mindfulness. Como te comentaba, podemos convivir con la ironía y, al mismo tiempo, asimilar poco a poco la “happycracia”. Quien más y quien menos ha recibido cursos de motivación, de inteligencia emocional o ha visto charlas de este tipo. También se consumen mucho aplicaciones que te prometen aumentar tu bienestar, tus emociones positivas a través de juegos… Mr. Wonderful es española, si bien se ha internacionalizado ahora. Tratar este fenómeno con humor puede ser una forma de no tomarse en serio un discurso que pretende serlo y que, además, tiene intención de influir.

¿Cómo se explica que el mismo sistema capitalista, que se sostiene en generar insatisfacción en el consumidor, promueva la industria de la felicidad?

El producto viene a satisfacer una necesidad, pero como bien saben los especialistas de marketing, la necesidad tiene que ser creada en primer lugar y, además, no puede ser cubierta de una vez por todas. Por un lado, te están diciendo que tienen las claves de la felicidad y por otra, tienen a consumidores completamente enganchados a ello. Uno podría preguntarse “si ya tienes las claves, con un libro o un curso, bastaba para ser feliz”. Sin embargo, tienes a muchos consumidores que están continuamente probando todo tipo de productos, se compran el nuevo libro, siguen el nuevo método o van al gurú que dice cosas mejores que las que decía mi antiguo gurú… Si analizas la industria de la felicidad como un producto, encontramos que lo que promueve es un sujeto completamente deficiente, al que siempre le falta algo. Ese mismo discurso que promete satisfacción al final siempre asume que te va a faltar algo, una técnica mejor para controlar tus emociones, un truco nuevo para ser más productivo y organizar mejor tu tiempo… siempre hay algo que hacer y algo que perseguir. La felicidad es un camino que nunca se sabe cuándo termina. En eso reside el negocio, en estar siempre en su búsqueda, en acabar siempre frustrado.

De hecho, habláis en el libro de los “hipocondríacos emocionales”. ¿Podríamos hablar también de “bulímicos de la autoayuda” como los que estás describiendo?

Sí, está bien visto. Igual habría que matizarlo, porque no lo vomitan, no se arrepienten. También hablamos de esta idea de la “vigorexia emocional”, de necesitar más y más, y no se ve a sí mismo suficientemente musculado. Este concepto encierra esa idea de insaciabilidad, que es una de las claves para convertir la felicidad en un producto magnífico.

Otro hallazgo, también paradójico, de esta industria es que el dinero, efectivamente, no da la felicidad.

Sí. Y además dicen que no importa el dinero que tengas sino cómo percibas tú ese dinero, que no es más que darle otra vuelta a la idea de que todo depende de ti. Esta reflexión es una barbaridad, empezando por que el dinero no es solo dinero, el dinero es lo que te permite vivir en un lugar más cómodo, acceder a mejores servicios, tienes menos problemas familiares… el dinero te dan una serie de circunstancias que no son puramente monetarias pero que lo implica.

Sin embargo, al mismo tiempo se considera exitoso a quien triunfa en el terreno material.

Es un juego retórico muy perverso, porque luego está muy asociada la idea de la felicidad al éxito. La felicidad al final también es éxito, por eso la persona que no se ve feliz es un fracasado. En la cultura americana hace tiempo que viene asociándose esta idea de la felicidad al éxito económico, y nosotros la hemos asumido, de modo que nos resulta difícil pensar una forma de felicidad que no sea esta. Es una idea que ha penetrado lentamente, no es una cosa abstracta, sino que se implementa en discursos concretos en ámbitos como la salud… cómo las emociones afectan nuestra salud y estas cosas, y al final determinan las políticas.

No parece casualidad que esta filosofía de la felicidad haya explotado en tiempos de crisis, de desigualdad creciente y finalmente colapsistas como los actuales.

Así es. Una de las cuestiones que se ven es que, si bien este discurso se va fraguando a lo largo de la década de los 2000, existe un boom a raíz de la crisis de 2008. Como decías, en estos tiempos colapsistas, en los que cada vez resulta más difícil influir en lo que nos pasa alrededor, lo que se pretende es insistir en la idea de que ese exterior no importa, que las claves están en nuestro interior. La idea de resiliencia y del mindfulness, por ejemplo, son dos conceptos que empiezan a multiplicarse a partir de 2008. Son el equivalente a la nueva autoestima de los 80 y los 90. Lo que viene a decir el mindfulness es “mira en ti, no mires a tu alrededor”, no hay nada que puedas hacer y, aunque pudieras, sería poco, y esa resiliencia es, ya que vives en ese entorno, lo mejor que puedes hacer es renacer más fuerte y tomar riesgos. Si te fijas, esto tiene mucho que ver también con el discurso del emprendimiento. Por eso te dicen que el fracaso es bueno, la idea es que tú generes actividad económica corriendo con todos los gastos y las consecuencias. Tírate al monte y si no sale bien, es tu culpa.

Cuanto más se insiste en el discurso de la felicidad es porque hay menos razones para serlo.

Buthan fue el primer país que popularizó el concepto de Felicidad Interior Bruta. ¿Crees que los buthaneses, aunque pobres, son más felices que nosotros?

Lo de Buthan fue una burda excusa. Se trata de un país pequeñísimo y muy peculiar, que no tiene prácticamente nada que ver con ningún país occidental y ni siquiera oriental. Desde luego no es un país que quisiéramos tomar como modelo de nada. A aquello se le dio mucho bombo, y yo creo que se estaba preparando el terreno, porque había necesidad de preparar precedentes, de legitimar la idea de que la felicidad se puede medir… y es que no se puede, y si no puedes medirla, no puedes estudiarla científicamente.

¿Es el PIB un concepto obsoleto para medir la satisfacción de la gente?

Claro que lo es, pero es que hay muchos indicadores que se llevan utilizando décadas: el índice Gini, de igualdad, de derechos humanos, de salud democrática… esto ya existía y se llamaba “estado del bienestar”. Lo que pasa es que cuando se han dado cuenta de que era muy difícil de mantenerlo, decidieron introducir el concepto de “bienestar” a secas: al fin y al cabo, dicen, no estamos tan mal.

¿Acaso es malo intentar que los ciudadanos sean felices?

Hay gente bien intencionada, eso no lo negamos, pero hay que ver cómo se ponen en práctica esas políticas. La puesta en práctica es perversa. Analizamos el caso de Emiratos Árabes Unidos o la India, con la puesta en práctica de “ministerios de la felicidad”, que muchas veces sirven para encubrir que las cosas no van bien. Buthan ahora mismo nadie le hace caso, ni siquiera sale en los rankings de felicidad. Tendríamos que pararnos a pensar qué es la felicidad para un buthanense y si la respuesta es extrapolable a un español o un belga. Es delirante.

En este caso la discusión técnica es menos importante que el uso político, que es algo que queremos poner de manifiesto en el libro. Incluso en el caso de que existiera la mejor de las ciencias de la felicidad posible –que no es el caso-, habría que ver cómo se usa esa ciencia. Lo que nos encontramos son políticas cuestionables.

Como es cuestionable la afirmación de ciertos economistas, que citáis en el libro, de que las sociedades desiguales son más felices.

Es curioso: al principio, muchos economistas y psicólogos positivos estaban de acuerdo que eran necesaria cierta igualdad para la felicidad, pero ha empezado a haber un movimiento que le ha dado la vuelta al asunto y que está justificando que la desigualdad no es tan mala. El razonamiento es que la desigualdad pone a la gente a funcionar, en su intento por subir en la escala social. Este es el discurso neoliberal por antonomasia, la quintaesencia del liberalismo. La envidia, que era un componente esencial para Adam Smith, se genera en condiciones de desigualdad: yo quiero tener lo que ese tiene. Teóricamente, esa desigualdad es una espoleta para el ‘homo economicus’, buscar el ascenso social y el propio beneficio.

Un discurso neoliberal a la par que falaz, porque el famoso ascensor social lleva tiempo estropeado en EE.UU. No importa lo que te esfuerces porque el mejor predictor de tu éxito social es tu apellido.

Por supuesto, y es que ese ascensor no funcionó mucho o más bien funcionó durante un tiempo, pero para todos: no es que se hicieran más ricos los pobres sino también los ricos. La estratificación se mantenía pero subió el nivel de vida de todos. Eso se empezó a vender como el Sueño Americano. Pero el ascensor social no funcionó nunca. Los datos sociológicos son demoledores: si naces en un estrato social, las probabilidades de quedarte ahí son casi todas.

¿Y qué pasa con esos triunfadores que salen en las películas de Hollywood?

Siempre hay casos, claro que sí, pero son la excepción, no la norma. Si no existieran casos no habría gasolina para alimentar este discurso. A los americanos les encantan las historias de éxito y de superación, pero una golondrina no hace verano, como decía Aristóteles. Precisamente es el caso anecdótico o excepcional el que sirve para fomentar la norma. Por eso es tan peligrosa esta idea. Defender esto es ideología pura.

Si ser feliz es cuestión de voluntad, ¿sufrir también es una elección?

Igual que te haces cargo de tu felicidad, también te debes hacer cargo de tu malestar porque se asume que si la felicidad es una elección, la angustia también, así que si sufres es porque quieres. Esto grava doblemente al que sufre, por los problemas a los que sufre y por la culpa derivada de sentirse responsable de su situación, porque se supone que no quiere salir.

¿Qué efectos colaterales tiene la búsqueda obsesiva de la felicidad?

La idea de que estemos constantemente escrutando nuestras emociones, nuestros pensamientos, vigilándonos y tasándonos constantemente, no es bueno en términos psicológicos. La hipervigilancia es contraproducente a nivel psicológico porque genera mucho más malestar. Hay problemas que se autogeneran por darles demasiadas vueltas.

Finalmente, ¿crees que la industria de la felicidad genera infelicidad?

De hecho, debe generarla. Si no, no funcionaría. Si la industria de la felicidad realmente tuviera las claves de la felicidad y nos las diera, se acabaría la industria.

‘Happycracia’, ya en su librería habitual.