«gilipollas. ‘Tonto o idiota’: “Nuestro Raúl se ha convertido en un auténtico gilipollas” (Mendiábal Cumpleaños [Esp. 1992]. Esta Palabra vulgar, usada solo en España, así como otras voces de la misma familia, como gilí y gilipollez, y el sustituto eufemístico gilipuertas, se escriben siempre con –g».

 

Esto dice el Diccionario panhispánico de dudas, de la Real Academia Española, sobre el término «gilipollas». Por si quedaba alguna duda. Aunque Léon Bloy habría dicho que un gilipollas es, sencillamente, un Burgués, y se habría ahorrado tanta palabrería. Y si dicho gilipollas exterioriza su gilipollez, es doblemente gilipollas. En cualquier caso, no es lo mismo ser gilipollas que tener pinta de gilipollas. O, al menos, no siempre.

De lo que sí que hay ciertas dudas es de la pinta que debe tener un gilipollas. ¿Qué aspecto tenía ayer? ¿Y qué aspecto tiene hoy? ¿Qué se pone? ¿Qué se quita? ¿Cómo detectarlo? ¿Cómo catalogarlo? Contestaremos a estas y otras preguntas en un giliartículo coleccionable, que demuestra que esto de tener memoria histórica no es ninguna gilipollez. O sí.

 

Siglo XVII: el pisaverde

La aparición del gilipollas en el mundo se remonta, aproximadamente, a la Edad Moderna. Anteriormente, de la Edad Media pabajo, el hombre estaba demasiado ocupado con otros asuntos como para hacer el anormal. Pero en 1611, ya disecciona Cobarrubias la figura del pisaverde diciendo que es un joven que anda de puntillas como el que ha de atravesar los cuadros de verde y flores de un jardín sin estropearlos, porque teme pisar los lazos de sus zapatos y «reventar el escaso seso que reside en sus calcañares». La voz es empleada por Cervantes y Gracián y ya antes aparece en ‘La pícara Justina’. Se define así al joven presumido y amanerado, holgazán y de pocas luces que se dedica a banalidades y galanteos.

 

Siglo XVIII: los currutacos

La figura del pisaverde se radicaliza con la ominosa Ilustración, especialmente en las cortes. No hay más que ver la pinta de Luis XVI o María Antonieta para hacerse una idea del grado de memez y ostentación: señoras y señores maquillados como puertas, con pelucón blanco, abrigos de pieles con oros y colorines, aderezados con complementos que no se atrevería a ponerse ni Paco Clavel en el carnaval de Tenerife. En un libro de moda «escrito por un filósofo currutaco y comentado por un señorito pirracas» en el año 1799, se define al gilipollas (que ellos llaman «currutaco») como un señor que usa una máquina y dos criados para ajustarse los calzones, que lleva patilla barbuda de hacha, que se pone pomadas y coloretes y que usa adornos como relojes, sortijas, lazos y hasta corsé. Cosas veredes…

 

 

 

Primera mitad del siglo XX: el petimetre

Fue esta una época de buen vestir, pero también había petimetres, esto es, señores que se preocupaban excesivamente por su aspecto. No en vano, hubo incluso quien montó un partido para tal cosa, concretamente el británico Partido por la Reforma del Vestir Masculino, cuyos miembros iniciaron una auténtica revuelta contra la elegancia, ataviándose por la calle de la manera más estrambótica. Renunciando a la ropa interior larga y al señorial traje con corbata, lucían pantalones cortos, camisas oversized abiertas por el pecho, chaquetas varias tallas más pequeñas, pijamas y hasta blusas femeninas, que combinaban con zapatos lustrosos y bastones les daban un aspecto realmente estrafalario.

 

Años setenta: El chuloputas

Este tipo de gilipollas tiene su origen en los años 70, cuando los proxenetas y los traficantes negros (y, por mimetismo, los blancos) se hicieron más o menos ricos y empezaron a vestir como monarcas de la calle. A saber: pantalón de campana, camisa chillona abierta exhibiendo medallón con símbolo de dólar o similar, chandal de mercadillo, abrigo de pieles, sombrero ladeado con pluma y bastón para andar cojo aposta… Todo ello aderezado con mucha chatarra dorada: anillos, pendientes, pulseras, sortijas, cadenote con símbolo de dólar o Cristo y mucha pedrería: esta joyería de caballero se vino a llamar bling bling. Tonta era la pinta, y tonto era vestirse como un pavo real para trapichear veneno y prostituir mujeres, cosa que facilitaba sobremanera el trabajo de la policía. Aún así, el gilipollas es el único animal que tropieza mil veces en la misma piedra, así que en la actualidad, la pinta de chuloputas se sigue llevando, ya no solo entre camellos, sino también entre raperos, reguetoneros y demás fauna que, por si no podían ir peor, se han apuntado además a la más nefasta plaga estética del presente siglo: el tatuaje.

 

Años ochenta: el hombre-mullet

En los ochenta se simplifica la cosa. Para parecer un gilipollas bastaba con llevar mullet. Un tipo de peinado, corto por la parte superior del cráneo y largo en la zona de la nuca, que explotó en los setenta gracias a –o por culpa de– Bowie y otros adefesios glammies, pero se volvió gilipollesco en los ochenta al popularizarse entre un nuevo tipo humano que era a la vez hortera, rebelde y conservador: el mejor ejemplo quizá sea Richard Dean Ardenson, protagonista de la serie MacGyver. Y es que era el mullet un peinado horrendo, hoy casi superado, que solo se atreven a lucir mujeres modelnas y okupas atolondrados.

 

 

Años ochenta en adelante: El adefesio gay

Antiguamente, el homosexual se limitaba a practicar la homosexualidad. En algunos casos, como el de Oscar Wilde o Marcel Proust, también practicaban el dandismo o el refinamiento amanerado en el vestir. Inclouso en los años setenta, con el llamado ‘gay power’, cuando muchos homosexuales empezaron a vestirse de forma descarada de cuero, o con prendas y complementos femeninos, tenían un pase. Fue en los ochenta cuando la cosa se torció definitivamente. Y a partir de los noventa, con la consolidación del lobby gay, como un colectivo liberal e integrado en el establishment, emergió la figura del adefesio gay, que viste a diario como si estuviera en una perpetua cabalgata del Orgullo. Colores chillones, pelucones, zapatones de plataforma, chándal con tacones, maquillaje, lentejuelas, shorts ajustados, falda-pantalón…. Mención especial merece Aless Gibaja, que se define a sí mismo como «el Paris Hilton español».

 

 

 

 

 

 

 

 

Años ochenta en adelante: El pijo

No hay más que ver la –por otra parte infumable– película ‘Las increíbles aventuras de Borjamari y Pocholo’ para darse cuenta que los pijos, que tanta envidia provocaron al principio –o sea, antes de que Mario Conde diera con sus huesos en la cárcel– no eran más que ‘tontos muy tontos’. La del pijo, que mayormente pululaba –pulula– por las zonas nobles de Madrid –aunque también se encontraba –se encuentra– en capitales de provincia como A Coruña, Marbella, San Sebastián o Barcelona, era, en el fondo, una pinta de gilipollas de toda la vida, pero con aderezo capitalista: es decir, ahora basaba su personalidad no en el tipo de ropa que llevaba, sino en lucir las marcas que demostraban que esa ropa era cara y le distinguía de la plebe. La pinta de pijo no ha evolucionado mucho, y pasa por la melenita, la camisa de marca azul, pulseritas varias entre las que no puede faltar una con la bandera de España, un ‘fachaleco’ –esto es, un plumas sin mangas– o un tabardito de caza, un polo Lacoste o de Ralph Lauren, unos zapatitos náuticos y unos esquís.

 

Años noventa en adelante: El alternativo

No había más que ver las pintas del indie para darse cuenta que no era más que un pijo disfrazado. Y el disfraz venía a ser mezclar trapos retro con una actitud de tonto del pueblo. A saber: pelo tazón , camisa de cuadros abotonada has arriba, gafas de culo de botella y expresión bobalicona. Algunos, hasta remataban la faena calzándose una boina, cosa que los hacía parecer primos hermanos de Barragán. Y las chicas popys pues igual , pero con la falda que usaba su madre de joven. En el siglo XXI, el alternativo, haciendo un retruécano turbocapitalista, se mezcló con el pijo y con el hippie y mutó en hipster, que no deja de ser el último bastión de la pinta infame: esas barbas, esa pinta como de mendigo pero con carísima ropa de marca, los sombreritos… Tanto esfuerzo, para seguir pareciendo un gilipollas.

 

Siglo XXI: el normcore

En el año 2014, los ricos también bostezaban: ya se había inventado todo y de todo se habían cansado. Los setenta y los noventa habían vuelto varias veces, y los ochenta nunca se habían ido. Y todo el mundo había sido indie, pijo, metrosexual, hipster y gafapasta. Así que se convirtió en tendencia entre los ricos llevar pinta de persona humana anodina, vulgar y corriente y hasta un poco gilipollas. Y eso se llamó ‘normcore’ que, según la agencia de tendencias neoyorquina K-Hole, «se aleja de lo cool basado en la diferencia para acercarse hacia una post-autenticidad dentro de la igualdad». ¿Representantes máximos del normcore? Multimillonarios como Bill Gates, cómicos como Larry David, gurús de la tecnología como Steve Jobs –que en gloria esté– o acaudalados políticos como Pablo Iglesias.

 

Últimos cuarenta años: el nuevo rico

La riqueza solo sirve al hombre moderno para aumentar su vulgaridad. Si en el siglo XXI el pobre viste mal, el rico viste aún peor. Y no digamos el nuevo rico. Y no hay más que ver a los ricos y famosos de última o penúltima hornada. Pensemos en cualquier futbolista de paisano, un tuercebotas que desertó de la favela y ahora gana millones por dar patadas a una pelota, solo puede gastar la pasta en cuatro cosas: coches, droga, presciputas y, cómo no, ropa fea. Pantalones rotos lavados al láser de dos mil euros, camisas blancas abiertas, joyería, gorras… En fin, que ganarán mucha pasta, follarán mucho y serán muy famosos. Pero visten como gilipollas integrales. Y, si no, echen un vistazo a cualquier foto reciente de Cristiano Ronaldo, Sergio Ramos, Messi y similares.