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Es posible que este artículo te haya llegado por Twitter, Facebook o WhatsApp y muy probablemente a través del teléfono móvil. Si ese es el caso y has podido leer hasta aquí sin mirar de nuevo la pantalla de tu smartphone, consultar el correo o, quizás, echar un vistazo a Instagram, enhorabuena: has conseguido romper la barrera de los 9 segundos que el ‘homo digitalis’ es capaz de mantener su atención antes de saltar a la próxima distracción.

9 segundos es sólo un segundo más de los 8 segundos de memoria que tiene el pez que nada en una pecera, digamos un pez cirujano como Dory, la simpática a la par que amnésica coprotagonista de ‘Buscando a Nemo’. 9 segundos. A eso ha quedado reducida nuestra capacidad de atención, según los datos que maneja Google a partir de nuestros hábitos de navegación. (Google, huelga decirlo, tiene bastante que ver con nuestra merma de atención digital).

Esos 9 segundos de atención son el gancho que utiliza el periodista y escritor francés Bruno Patino para mostrarnos las entretelas de la llamada “economía de la atención” en su nuevo libro ‘La civilización de la memoria de pez’ (Alianza Editorial 2020). Patino es una víctima más de esta atención fragmentada: confiesa que consulta su teléfono móvil 523 veces al día.

En realidad, la “economía de la atención” ha existido desde que existen (existimos) los medios de comunicación, como ya estudió profusamente Tim Wu en su ensayo ‘The Attention Merchants’ (2018). La radio, la TV, los periódicos y las revistas llevan décadas (o siglos) tentándonos con sus portadas, sus carátulas o sus melodías para que les hagamos caso, para “capturar” nuestra atención durante unos minutos o, con suerte, unas horas al día. ¿Y por qué buscan nuestra atención? Porque vale dinero, mucho dinero.

Pero en el mundo digital la lucha por nuestra atención es feroz. Ahora estamos sometidos a miles de páginas web, cuentas de Twitter, podcast, vídeos de YouTube, Instagram, memes e infinidad de aplicaciones que disparan afanosamente sus alarmas para distraernos a cada momento para captar nuestra atención.

«Nuestro infierno cotidiano somos nosotros mismos. Sin posibilidad de descansar, atiborrados de dopamina, no relajamos nunca la vigilancia. La alerta permanente, la explotación de nuestra pasividad, el halago de nuestro narcisismo y el anuncio inmediato de lo que vendrá son el ritmo que acompasa nuestra existencia digital. Queríamos elegir, el vértigo que da el control de la información y de las señales, pero lo que nos acecha es la realidad de la dependencia (…) «No pretendíamos llegar a eso», proclaman algunos de sus directivos. Los hechos demuestran lo contrario», escribe Patino.

El autor francés –recientemente nombrado director de la cadena Arte, un excepcional ejemplo de medio audiovisual “a la antigua”- recuerda la utopía virtual que pretendía ser la web primigenia durante los 90, y en qué momento perdimos aquel camino. ¿Cuándo fue?

Según Patino, llegó con la expansión de la banda ancha, allá por 2003-04:

«Cuando pasamos a la banda ancha, todo cambia. Entramos en la era de la conexión permanente. Éste es el primer instante clave. La oferta se dispara porque la competencia pasa a ser feroz. Y Google empieza a adquirir una importancia considerable. La segunda fecha que marca una inflexión es la llegada del smartphone. Desde entonces, la conexión permanente está en nuestro bolsillo, y de forma individualizada. La tercera etapa fue el hecho de que estas empresas, Google o Facebook, se convirtieron en máquinas de guerra publicitarias. Ya no se trataba de un universo de intercambio neutral, sino de una organización real, de optimización del espacio, por motivos de facturación publicitaria», explicaba el autor en una entrevista con Paris Match con motivo del lanzamiento del libro en Francia.

Dopamina

La clave está en la dopamina. Cada vez que recibimos una alerta en nuestro teléfono móvil, nuestro cerebro segrega una pequeña cantidad de dopamina, el neurotransmisor de la felicidad, un “fallo en Matrix” que la periodista e investigadora Marta Peirano también ha señalado reiteradamente.

Patino nos cuenta en ‘La civilización de la memoria de pez’ cómo el diseño de interfaz de aplicaciones y páginas web busca intencionadamente “secuestrar nuestra atención”:

«En su versión más agresiva, que atenta contra el libro albedrío, el diseño de las interfaces que tiene como objetivo producir dependencia recibe el nombre, casi cinematográfico de dark design, el diseño oscuro. Persigue una forma de pirateo. del cerebro, el brain hacking».

El autor cita a un “arrepentido de la tecnología”, Bill Davidow para explicar este sombrío dilema al que se enfrentan las empresas tecnológicas para retener nuestra atención:

«Estas grandes empresas digitales se enfrenta a un disyuntiva interesante, pero moralmente cuestionable: o bien consiguen piratear las neurociencias para ampliar su cuota de mercado y obtener inmensos beneficios, o bien dejan que lo haga la competencia y se quede con su mercado».

[Enhorabuena. Si has llegado hasta aquí te has ganado una pausa para echar un vistazo a Facebook].

Con información de Paris Match. Mañana, 14 de julio, puedes seguir la presentación del libro ‘La civilización de la memoria de pez’ en Fundación Telefónica.