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Cuenta la leyenda que los hombres de las tribus pre incaicas fueron los primeros en surfear gracias a los llamados ‘caballitos de Totora’, unas embarcaciones no mucho más grandes que las actuales tablas de surf que fueron remodeladas para su uso lúdico. Aquellos proto-surfers desafiaban el mar transformándose en un solo ser con las olas.

La leyenda cuenta también que una vez existió una ola eterna, tan larga que podría llevarte hasta el final de la tierra. Pero su localización precisa se perdió en la bruma de los tiempos, cuando los habitantes de la costa sucumbieron ante el poder del imperio Inca.

No fue hasta 1965, cuando el surfista hawaiano Chuck Shipman observó una ola desde el avión, quedándose prendado al instante. No conocía la localización exacta y su única referencia era ese lejano avistamiento mientras sobrevolaba el desierto del norte de Perú. Aun así, encargó a un grupo de surfistas peruanos la ardua misión de encontrarla. Durante dos años recorrieron el desierto peruano en su búsqueda hasta que llegaron al Puerto de Chicama. Fue allí donde encontraron un lugar privilegiado por la naturaleza: la playa con la ola más larga del mundo.

La ola de Chicama es la ola izquierda más larga del mundo. Se prolonga durante dos kilómetros y 2,5 metros de altura cuando el viento sopla del sur en este remoto punto de la costa norte del Perú. Los surferos más avezados son capaces de cabalgar Chicama durante tres minutos, siempre que sus piernas aguanten.

Con estos mimbres, el pequeño pueblo de Puerto Chicama se ha convertido en un lugar de peregrinación de los surferos de todo el mundo. La célebre ola se observa incluso en las fotos de satélite de Google Maps:

La ley de protección de la ola

En 2006, los aficionados al surf de todo el mundo empezaron a movilizarse. Al parecer, unos empresarios chilenos y coreanos estaban proyectando la construcción de un muelle espigón de dos kilómetros para proteger los buques del nada pacífico Océano Pacífico. Aquella obra, aseguraban los surfers, cortaría el flujo de arena que lleva y trae el mar y la legendaria ola quedaría arruinada para siempre, convirtiéndose en «una más del montón».

En 2016, y tras más de una década de movilizaciones y protestas, surferos y ecologistas lograron detener el proyecto y conseguir que el gobierno peruano inscribiera la ola de Chicama en el Registro Nacional de Rompientes (SENARO), prohibiendo la construcción de ningún tipo de estructura a menos de un kilómetro de la ola.

La campaña HAZla por tu ola sirvió también para que la protección de Chicama se extendiera progresivamente a las playas anejas, y toda la costa norte del Perú se convirtiera en un santuario mundial del surf.

La legendaria ola de Chicama, que siglos atrás cabalgaron los preíncas en sus caballitos de Totora, quedaba así protegida para posteridad.

Visto en Surf Spot. Con información de Olas Perú y Sal y Roca.