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Llueve sobre mojado. La manifestación negacionista del coronavirus del 16 de agosto en Madrid es un eco lejano del movimiento que sacudió San Francisco y otras ciudades estadounidenses hace poco más de un siglo, en 1918, en pleno fragor de la, mal llamada, “gripe española”.

Como es bien sabido, la mortífera enfermedad mató a 50 millones de personas durante y al final de la I Guerra Mundial. Al igual que hoy, si bien el coronavirus es un orden de magnitud menos mortífero, las autoridades sanitarias recomendaron el uso de mascarillas para detener la propagación de la enfermedad y, al igual que hoy, un número nada desdeñable de “irreductibles luchadores por la verdad” decidieron hacer caso omiso de estas recomendaciones y sobreponer su libertad individual a la salud colectiva.

El historiador J. Alex Navarro, quien participó con el Centro de Control y Prevención de las Enfermedades (CDC) en los esfuerzos de preparación contra epidemias que se hicieron durante el gobierno de George W. Bush, es también codirector —con Howard Markel— de la Influenza Encyclopedia, una enciclopedia en línea sobre la gripe de 1918-1919, y habló con Mother Jones sobre «la tendencia humana a rebelarse contra la autoridad, aun si significa poner en peligro la salud».

En aquel momento, todavía impactado el planeta por la Primera Guerra Mundial en curso, había un sentido de patriotismo que se fusionó con el combate de la pandemia: «Por ejemplo, en lugares donde se aprobaron ordenanzas sobre el uso de mascarillas, la Cruz Roja imprimió un anuncio en los periódicos que básicamente decía ‘Salve una vida, use mascarilla. Cumpla con su parte’. De hecho utilizó la palabra ‘zángano’, que se había empleado para hablar de personas que no hacían lo que les tocaba en el esfuerzo de la guerra».

El aviso decía: “El hombre, la mujer o el niño que no lleve mascarilla será ahora un zángano peligroso«.

No obstante, hubo «actos notables de resistencia, desde desafíos legales hasta desobediencia abierta», afirma Navarro. «Por ejemplo, a tres semanas de desatarse la epidemia en Atlanta, un grupo de comerciantes habló con el alcalde, Asa Candler, y le dijo: ‘Necesitamos reabrir’. Él era un político pro-comercio, y decidió de manera unilateral, contra la objeción de la junta sanitaria, que se reabriría Atlanta cuando la epidemia no había terminado. De hecho no sabemos cómo fue realmente el curso de la epidemia en Atlanta, porque la ciudad dejó de reportar los casos como hacía antes».

Existen registros de las órdenes de usar mascarilla en Denver, Seattle y Oakland, entre otras ciudades del oeste de los Estados Unidos, y «en todas las odiaron», explica Navarro en la entrevista. Pero en una sola ciudad hubo una rebelión: San Francisco. Cuando se emitió la primera ordenanza que las imponía, «hubo cientos de personas arrestadas por no usarlas», recordó Navarro. No se puede establecer las razones: puede ser por desafío a la autoridad, porque creían que el gobierno no podía indicarlo como una orden sin violar la Constitución, porque creían que no las necesitaban, porque creían que no eran efectivas, porque pensaron que podían ahorrarse la incomodidad sin ser detectados o porque se olvidaron de salir con una, especuló.

“¡No me diga! Joven, consígase una mascarilla o vaya a la cárcel»: no había argumentos posibles contra la policía de San Francisco en 1918. (Biblioteca Estatal de California).

Sólo el 27 de octubre de 1918, según la Enciclopedia de la Gripe, la policía arrestó a 110 personas en San Francisco por no tener mascarilla o por usarla de manera inapropiada. «Cada una fue acusada de ‘perturbación de la paz’ y la mayoría recibió una multa de 5 dólares, dinero que se destinó a la Cruz Roja. Nueve almas desafortunadas fueron acusadas ante un juez en particular, quien decidió sentencias con breves periodos en la cárcel». El 28 de octubre hubo otros 50 arrestos —cinco personas terminaron encarceladas y otras siete recibieron multas de USD 10—, y la resistencia siguió en los días siguientes. «La cárcel de la ciudad se llenó de gente y los jueces de contravenciones se vieron obligados a trabajar hasta bien entrada la noche y los domingos para resolver los casos».

«Eso llevó a una segunda orden de uso de mascarillas, en enero de 1919, cuando hubo un resurgimiento de casos, y esa vez sin dudas hubo desacato», agregó Navarro. «A la gente no le gustaba usar los barbijos. Y hasta hubo oposición de médicos prominentes. Un miembro de la Junta de Supervisores de California fue miembro de la Liga Anti Mascarillas».

La gripe española tuvo tres olas en los Estados Unidos: una primavera y un verano relativamente suaves, un otoño devastador, por fin una ola final de noviembre a febrero de 1919 provocada por la relajación de las medidas de seguridad luego del fin de la Primera Guerra Mundial. «Todo el mundo salió a la calle y se besó con completos desconocidos», dijo al periódico Sandra Opdycke, autora de The Flu Epidemic of 1918.

Visto en Mother Jones, vía Infobae. Con información de Strambotic y The Conversation.