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Antes de que existieran las figuritas de Lladró o los muñecos articulados de Batman las personas tenían la peregrina costumbre de decorar sus salones con cadáveres disecados de animales. Cabezas de jabalí, comadrejas en posición de ataque o búhos de mirada perpleja inmortalizados convivían en las viviendas “rústicas” con sofás de eskai, cuadros de escenas de caza y enciclopedias forradas en piel con el plástico puesto.

La profesión de taxidermista –que así se llaman los perpetradores de estas hieráticas naturalezas muertas- era considerada un arte, casi a la altura de la tauromaquia, pues si el torero acorta violentamente la vida de un animal, el taxidermista detiene su agonía en un instante de pavor. Ambas profesiones están hoy de capote caído, lo que provoca inauditas sinergias: en una tienda de Madrid los guiris pueden retratarse con tres toros de lidia disecados, talmente como si estuvieran en los sanfermines.

A continuación, una colección de animales disecados con la sensibilidad de un Ortega Cano sumergido en J&B que no hubieran desentonado en el Bestiario de Borges.

In this photo made Aug. 14, 2009, taxidermist Roger Hamel, right, of Northwest Taxidermy Training, employee Kathy Whaley, second right, Erik Bergren, center, and client Paul Wieser, left, lift Wieser’s nearly 20 ft. tall giraffe trophy on Bridgeport Way in Lakewood, Wash. (AP Photo/The News Tribune., Dean J. Koepfler )

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