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La oposición a las vacunas es tan vieja como las mismas vacunas. Los montajes que circulan ahora en las redes sociales mostrando a un sádico Bill Gates a punto de inyectar su malvada vacuna contra el covid (o la malaria) a un indefenso niño negro son una broma si las comparamos con las caricaturas que circulaban en el siglo XIX en Gran Bretaña advirtiendo de los “peligros” de las vacunas.

Vean ésta, sin  ir más lejos. Es una delirante representación de los supuestos “efectos” de la vacuna en los seres humanos: a los vacunados les empiezan a salir pequeñas vacas por el cuerpo, la boca o las narices. Todo un ejemplo de demagogia anticientífica:

Hagamos flash-back hasta 1796, siete años después de la Revolución Francesa. La viruela era una enfermedad que hacía estragos en Europa, matando a 400.000 personas cada año. La población había aumentado copiosamente durante el siglo XVII y el virus se extendía con velocidad, matando o desfigurando a millones.

Un médico rural inglés, Edward Jenner, tuvo la intuición de inyectar viruela humana en personas sanas para inmunizarlas. El primer ensayo lo realizó el 14 de mayo de 1796. Aquel día, «inyecté al niño a través de dos cortes superficiales en el brazo, cada uno de los cuales tenía la anchura de un  pulgar». El niño sobrevivió y no contrajo la enfermedad. Es decir, su sistema inmune fue capaz de fabricar los anticuerpos capaces de combatir la viruela y, de este modo, volverse inmune*.

Aquella primera proto-vacuna (ni siquiera se inyectaba, sino que se aplicaba a través de un corte) no tardó con toparse con el primer opositor, el papa León XIII, que la prohibió en los Estados Pontificios. Fiel a su tradición, una vez más la Iglesia católica ponía el dogma por encima de la ciencia y condenaba a la enfermedad –una manifestación del deseo de Dios- a quienes podían haberse ahorrado el sufrimiento con ayuda del hombre y de la ciencia.

Entre tanto, en Inglaterra empezó a propagarse el bulo de que a los vacunados les crecerían “cuernos bovinos en la frente”, tal y como amenazaba el cartel que vimos anteriormente.

Por suerte, la cerrazón del Santo Pontífice no fue compartida por otros gobernantes de la época. Tal y como relata Diario Sanitario, «Thomas Jefferson, envió una carta de agradecimiento a este médico; en Francia, Napoleón obligó a vacunar a sus tropas; en Inglaterra, el Duque de York hizo lo propio y en Rusia, la emperatriz ordenó que el primer vacunado del país se llamase Vacinoff y tuviese una renta vitalicia a cuenta del gobierno».

En aquel proto-movimiento contra las vacunas había una combinación de moralismo, superstición y desconfianza hacia la ciencia, es decir, hacia el cambio, una inclinación que forma parte de la naturaleza humana.

Desde la religión, se criticaba el hecho de que se utilizara material obtenido de una «criatura inferior», como la vaca, lo que podía resultar «insalubre y poco cristiano», según la historiadora médica Kristin Hussey.

Caricatura francesa de 1800: Cuidado con la vacuna. Fuente: Vaccinews.

También había quien se oponía a la vacuna al negar la propia naturaleza de la enfermedad. Algunos escépticos alegaban que la viruela era el resultado de material en descomposición de la atmósfera. Por último, cuando el gobierno inglés inició campañas de vacunación obligatoria, mucha gente sintió que se atentaba contra su libertad personal, un argumento que sigue vigente entre el creciente movimiento antivacunas actual: «Mi sistema inmunitario es mío y me lo follo cuando quiero».

Evidentemente, aquellas primeras vacunas eran bastante inseguras. Mucha gente se infectaba y, sí, también morían en el intento. La vacuna –o el medicamento- completamente inocuo aún no ha sido inventado, pero eso no descalifica a la vacuna en sí, sino que exige más y mejor investigación. Ojalá la nueva generación de vacunas que basadas en ARN consigan su efecto –inmunizar a la persona- sin los efectos secundarios de las vacunas actuales.

*En realidad, los ensayos con pus de viruela de las vacas los había iniciado en 1765  el fraile chileno Pedro Manuel Chaparro con gran éxito en Sudamérica. Se cuenta que inoculó a cinco mil personas y ninguna falleció por la terrible enfermedad. Medio siglo antes, en 1718, Lady Montagnu observó en Turquía que las mujeres que ordeñaban vacas no contraían la viruela. Inoculó el virus a sus hijos.

Con información de Wikipedia, History of Vaccines, XL Semanal, BBC y Diario Sanitario.