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La nonegenaria Araceli se ha convertido en el icono de la campaña de vacunación del Covid-19 en España. A estas horas ya son miles las personas que se han vacunado de la enfermedad, y millones más los que quedamos hasta alcanzar la llamada «inmunidad de rebaño», cuando la vacuna alcance a dos tercios de la población.

No va a resultar fácil. Tras la primera ola de la pandemia, ha llegado una nueva epidemia, en forma de nuevos adeptos al movimiento anti-vacunas, es decir, quienes cuestionan la eficacia de las vacunas o incluso acusan a éstas de causar más perjuicios que beneficios.

España es uno de los países europeos que más confía en las vacunas (o al menos lo hacía antes de la irrupción del coronavirus). A pesar de las mediáticas salidas de tono de Miguel Bosé o Enrique Bunbury, un 91,6% de los españoles consideran que las vacunas son seguras, el tercer porcentaje más alto de Europa, detrás de Portugal (95,1%) y Dinamarca (94%), según una encuesta de la UE en 2018.

Bulgaria y Francia estarían en el extremo opuesto de la escala de confianza, con porcentajes del 64 y 66%, respectivamente.

Una encuesta del mismo año realizada por Gallup en todo el mundo ofrece resultados similares. En este caso, Francia es el país que MENOS confía en la seguridad de las vacunas, con un 33,3%, seguido de dos países africanos –Gabón y Togo-, Rusia y Suiza. De nuevo, Europa vuelve a ser el continente más reticente a las vacunas, muy por delante de Asia, América y África.

¿Quiénes y por qué se oponen a las vacunas? Una aproximación a la respuesta nos la ofrece Sergio Parra en este artículo en Xataka Ciencia. Según este divulgador científico, los antivacunas son –en general– personas más rica, más educada y más leída que la mayoría de la gente, y adoptan esta postura por una desconfianza cerval hacia la ciencia que les hace ser extremadamente suspicaces, incluso hasta el punto de ignorar las pruebas de la evidencia.

Con información de El Independiente, ‘State of vacinne confidence in the EU 2018’ [.pdf], AFP y Xataka Ciencia.