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Errata Naturae acaba de publicar su nuevo libro ‘Medicina sagrada’, de Cody Johnson, una esmeradísima edición a la altura de su contenido. ‘Medicina sagrada’ es un libro notable entre otros muchos motivos por romper con una falsa dicotomía demasiado frecuente entre los círculos vegetalistas y la Nueva Era: la distinción entre lo “químico”, es decir, lo artificial, y lo “natural”, como sinónimo de genuino y, ojo, inocuo.

Bien, en el tema de las sustancias psicodélicas, como en el resto de las medicinas, el verdadero peligro reside en la dosis, como bien dejó dicho Paracelso: el veneno o el remedio está en la dosis, y esto vale igual para el cactus San Pedro que para el 2CB, la maravillosa molécula creada por Sasha Shulgin que tanta dicha ha traído a este bendito planeta.

El 2CB es precisamente la primera “medicina” con la que se abre este primoroso volumen de Errata Naturae. Se trata de un enteógeno creado por el ilustre químico Shulgin en su laboratorio y que contiene en sí lo mejor del LSD, alucinógeno, y de la MDMA, un empatógeno. Es decir, no tiene pegas porque es genial… siempre y cuando no te pases con la dosis, claro.

El libro relata una curiosa anécdota que sintetiza la falsa dicotomía entre “químico” y “natural”. Parece ser que los ‘sangonas’ (sanadores) de la etnia Xhosa de Sudáfrica descubrieron en los años 90 que el 2CB era un excelente sustituto de una bebida visionaria (‘ubulawu nomathotholo’), utilizada tradicionalmente para hacer sus rituales, elaborada a partir de plantas locales, cada vez más escasas. ¿Sustituto? Qué demonios, aquel mágico polvillo era mucho mejor porque no sólo conseguía el mismo efecto que el brebaje ancestral sino que, además, su dosificación era precisa y, por tanto, su efecto previsible.

Por desdicha, la prohibición del 2CB en Sudáfrica también dejó como víctimas colaterales a los chamanes xhosas y sus pacientes. Según refiere Johnson en el libro, «el nuevo ubulawu fue prohibido en 1998 y los chamanes xhosas han tenido que apañárselas desde entonces con plantas más tóxicas y difíciles de encontrar». Un éxito más de la infame guerra contra las drogas.

Y es precisamente en este aspecto -no en otros, como veremos- donde la química -la “química humana” para ser más precisos- gana por goleada a las plantas: 10 mg de LSD siempre serán 10 mg de LSD y su efecto será el mismo para la misma persona y en las mismas circunstancias. Sin embargo, 50 ml de ayahuasca pueden contener x dosis de sus principios activos (harmina, harmalina y DMT, entre otros) o x10. Y no exagero: los análisis científicos muestran disparidades aún más grandes.

Eso explica que los viajes con plantas sagradas (la “medicina del indio”, como la denomina, algo peyorativamente, el maestro Escohotado) conlleven inevitablemente una dosis de imprevisibilidad e incertidumbre; puede que el “espíritu” de la planta esté presente esa noche o le haya dado por no aparecer. En realidad, y dejando de lado el trabajo chamánico, cuando hablamos de “espíritu” muchas veces estamos hablando de principio activo. Pura química.

Otro bueno ejemplo de lo que hablo es bien conocido y también aparece en el libro de Cody Johnson. En su segundo o tercer viaje a tierras mazatecas para tomar hongos mágicos (psilocibes) con María Sabina, Robert Gordon Wasson y su esposa Valentina Pavlonova se encontraron con una mala noticia; la mujer medicina les informó apenada de que ese año no había llovido lo suficiente y que, por tanto, no habían aparecido los “niños santos”. Entonces, Wasson hizo su magia y entregó a María Sabina unas cápsulas de psilocibina, que había sido sintetizada por Albert Hoffman, padre del LSD, a partir de unos hongos recogidos por el propio Wasson en un viaje anterior. Escéptica al principio, María Sabina accedió a realizar el ritual con las pastillas del hombre blanco y no pudo por menos que reconocer que contenían el “espíritu” del hongo.

¿Significa esto que la química del hombre es netamente superior a la de las plantas, en lo que se refiere a su uso medicinal? Ni mucho menos, y una vez más, defender esa postura sería muy corto de miras. Las plantas son increíbles laboratorios químicos con millones de generaciones de experiencia. Una planta medicinal es mucho más que la suma de sus componentes activos. Pretender que un medicamento basado en el extracto de un principio activo -como el Sativex, que utiliza el THC del cannabis- puede reemplazar a la planta y sus cientos de cannabionoides es, cuando menos, reduccionista, tal y como expusieron José Carlos Bouso y Genís Oña en el reciente curso ‘Drogas psiquedélicas’, organizado por La Térmica de Málaga. Según explicó el psicólogo y farmacólogo Genís Oña, las nuevas tendencias en el campo de la farmacología exploran los llamados “medicamentos sucios”, es decir, medicinas con diversos principios activos que apuntan, no a una, sino a múltiples dianas en la enfermedad. Estas “drogas sucias” no son otra cosa que las originadas en los complejos laboratorios vegetales durante cientos de millones de años, nuestras “medicinas sagradas”.

Ya estás tardando en hacerte con tu ejemplar de ‘Medicina sagrada’ en Errata Nature o en tu librería más cercana.

Con información de Plantaforma y Strambotic.