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La pandemia de coronavirus, el larguísimo confinamiento de primavera y la amenaza de un nuevo encierro en cualquier momento está haciendo que cada vez más gente se plantee abandonar la ciudad -foco del virus, pero también de la ultravigilancia y la insalubridad- y empezar una nueva vida en un pueblo, lejos del mundanal ruido, como suele decirse.

Es el caso de Fernando, un enfermero de 51 años a quien la crisis de la Covid le ha llevado a replantearse su vida. «Las personas que hemos estudiado temas relacionados con la salud lo hacemos por vocación, pero, durante la crisis del coronavirus, nos han utilizado para que muera más gente de la que muere por una gripe estacional, todo por la motivación económica de las farmacéuticas», me cuenta por teléfono desde San Lorenzo de El Escorial (Madrid), a pocos kilómetros de hospital de El Escorial, donde trabajaba hasta hace pocos meses.

Desilusionado de su profesión y quemado tras la lucha contra la Covid-19, Fernando abandonó su trabajo y ahora se plantea «una nueva forma de vivir, más saludable, a nivel físico y espiritual», y «lo más independiente posible de un sistema que se está resquebrajando».

Cambiar de vida implica, en ocasiones, no sólo cambiar de sitio sino cambiar tu forma de vivir, empezando por tu casa… por la forma de tu casa: «Ahora vivo en un piso alquilado, cuadriculado como la mayoría de la gente, y al final te cuadricula a ti también. Sin embargo, vivir en una esfera además de ser más saludable, más eficiente y más ecológico, te armoniza a nivel energético».

Last, but not least, el domo te lo puedes hacer con tus propias manos, siempre que:

  1. Seas un manitas.
  2. Hagas como Fernado y acudas a uno de los cursos de construcción de Midomo, el exitoso proyecto de Mario Turégano. O
  3. Te compres el libro ‘Domos geodésicos’, del mismo autor, que acaba de publicar la segunda edición.

«Tuvimos que hacer una pausa durante el confinamiento, pero en el momento en que se levantaron las restricciones no hemos parado de hacer cursos por toda España: Jaén, Guipúzcoa, Guadalajara… incluso en la Fundación Telefónica, en pleno centro de Madrid, como parte de la exposición de Fuller», explica Turégano, quien ya ha impartido más de 60 cursos de construcción de domos en los últimos ocho años, en España y América. «Por cada curso calculo que se construirán otros dos domos, así que podemos estar hablando de 150 domos como mínimo», según el polifacético artista madrileño.


¿Y qué es un domo?, preguntas mientras clavas en mi pupila tu pupila azul. Utilizaré la precisa descripción que hace la también artista Ana M. Gallinal en el prólogo a la segunda edición del libro ‘Domos geodésicos. Manual completo de construcción’: «Morfológicamente, el domo es la piel cóncavo-convexa generada a partir del icosaedro hueco, circunscrito por una esfera externa que toca todos los vértices, y una esfera interna tangencial a todas las caras del poliedro regular».

¿No te ha quedado claro? Valga esta otra descripción, más evocadora, surgida de la pluma de la misma Gallinal: «El sujeto conforma la imago mundi, la particular percepción del entorno, la imagen condensadora del pensamiento mítico y cósmico del mundo. De vuelta al origen, si volviéramos a la madre, la imagen percibida dentro del útero tendría forma de domo».

¿Realmente se está produciendo un pequeño éxodo de la ciudad hacia otras formas de vida más conectadas con la naturaleza? «Yo creo que sí, si bien es un fenómeno minoritario, indetectable al radar de los medios. Por mis cursos han pasado más de mil personas y es habitual escuchar historias de transformaciones radicales de vida. En uno de los últimos cursos vino un economista que llevaba años trabajando en establecer el precio de los combustibles de las gasolineras de España. Lo había dejado todo y se estaba construyendo un domo en Navarra», explica Turégano.

Más información sobre cursos en Midomo. Puedes comprar el libro, aquí.