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David Bizarro, autor del capítulo sobre la agonía de Franco en el libro ‘España salvaje’ (La Felguera, 2019), describió el “cruel ejercicio de encarnizamiento médico” que llevaron a cabo los galenos sobre el maltrecho cuerpo de Franco.

Comandados por el yerno de Franco, el temible Cristóbal Martínez-Bordiú, el equipo médico prolongó hasta el ensañamiento la vida del Generalísimo. En palabras de Bizarro, “se decía que el doctor Bordiú había matado más inocentes en La Paz que su suegro en la guerra”. El propio Bizarro cuenta en el libro uno de los estrambóticos métodos utilizados por el “yernísimo” para mantener con vida a Franco:

«Con motivo del ingreso en planta del dictador, el doctor Martínez-Bordiú tuvo la ocurrencia de intentar utilizar con su suegro una máquina de circulación extracorpórea inspirada en el autojector patentado en 1925 por Sergi S. Bryukhonenko, un científico soviético de la era estalinista cuyo trabajo fue fundamental para el desarrollo de las operaciones de corazón abierto en Rusia, y más adelante en el resto del mundo. Fue la primera máquina corazón-pulmón completamente funcional de la que se tiene constancia, un dispositivo revolucionario capaz de proporcionar al cuerpo sangre oxigenada para mantener con vida al paciente mientras se le realizaba una cirugía cardíaca invasiva.

Para minimizar los riesgos que entrañaba su funcionamiento, Bryukhonenko emprendió una serie de experimentos en los que dio rienda suelta a todo tipo de siniestros avances en el campo de la reanimación asistida, sirviéndose de cadáveres de animales disecados. De entre las numerosas atrocidades perpetradas sorprende por su extrema crueldad la resurrección de la cabeza de un perro».

Pero Bordiú no llegó a aplicar el autojector en el agonizante cuerpo de su suegro. “Se libró porque el mamotreto soviético no cabía por la puerta de la habitación de La Paz”, explicó David Bizarro ante el atónito público de la librería. Franco murió -o se le dejó morir- el 20 de noviembre de 1975, cerrando el círculo que se había abierto 39 años atrás, cuando José Antonio Primo de Rivera fue ejecutado -o se le dejó morir- en el calentamiento de la Guerra Civil. Finalmente, todo quedaba atado y bien atado.

El marqués de Villaverde tuvo, al menos, una ocasión más para resucitar a su amado suegro: trasplantar su maltrecho cerebro al cuerpo de un voluntario gallego. Por suerte (o por desgracia), semejante operación no se llevó nunca a cabo.

Foto tomada por Cristóbal Martínez-Bordiú y publicada por ‘La Revista’ en 1984. El Confidencial.

Con información de Wikipedia, El Confidencial y Strambotic. Puedes comprar ‘España salvaje’, en La Felguera y tu librería habitual.