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Con esto de la pandemia parecía que los creyentes en los chemtrails y los terraplanistas había desaparecido, eclipsados por el movimiento negacionista y antivacunas, pero era un espejismo: estaban hibernando.

Ha sido necesaria la mayor nevada que recuerda la Península desde 1904 para que los conspiranoicos se reencuentren con las cualidades físicas de un viejo conocido: la nieve. ¿O deberíamos decir el plástico? Dentro vídeo:


En una serie de vídeos meticulosamente recopilados por Doña Merkel en Twitter aparecen una serie de mujeres (sí, todo indica que son mujeres) asegurando que lo que cae profusamente del cielo de Madrid y alrededores no es nieve sino plástico. Para llegar a esta conclusión, las suspicaces llevan a cabo la infalible “prueba del mechero de la Sole”: al quemar la bola de nieve, en lugar de derretirse se torna negra y desprende un sospechoso olor… a plástico quemado. ¡Jaque mate, Bill Gates!


Desdichada, o afortunadamente, existe una explicación mucho más pedrestre, aunque menos conspiranoica, al “peculiar” comportamiento de la nieve:

«Al aplicar una llama a la nieve, no se derrite, sublima, es decir, pasa directamente a estado gaseoso. Y se pone de color negro y huele a plástico porque el combustible del mechero no se quema al 100% y deja restos en la nieve. Caso cerrado», explica Salomé F1 en la respuesta al tuit de la Merkel.

¿Caso cerrado? No tan deprisa…

Visto en Twitter. Más información en Yorokobu.