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En la impactante y aterradora serie francesa ‘El colapso’ (Filmin), la sociedad de consumo se va a pique en cuestión de días, a un ritmo frenético, desde que se quiebra la cadena de suministros hasta que, apenas una semana más tarde, los millonarios se refugian en una “isla del fin del mundo” esperando el naufragio del resto de la humanidad para quedarse con los restos.

Es un colapso de película de zombis (pero sin zombis), espectacular pero bastante irreal. Porque el colapso al que estamos abocados no va a suceder en un plano secuencia, sino más bien a cámara lenta: un día te quedas sin trabajo, unos meses después de acaban tus ahorros y pierdes tu casa, con suerte has podido conservar una autocaravana que te sirve de hogar móvil y provisional, te conviertes en un nómada buscando ‘macjobs‘ para pagarte la gasolina con la que conducir a climas cálidos en los que atravesar el crudo invierno.

Esa es el colapso que vive la protagonista de ‘Nomadland’, fantástica Frances McDormand, un colapso que no es individual sino social: una parte importante de una generación que se ha descolgado del ‘sueño americano’ y que vaga de campamento en campamento tratando de sobrevivir un año más, un invierno más.

Porque lo que cuenta ‘Nomandland’, la tierra de los nómadas, no es ficción sino un auténtico documental con el hilo condcutor de la historia de su protatonista, la única actriz del reparto. El resto de los personajes que aparecen no están interpretando otro papel que el de su propia vida: hombres y mujeres de la generación del ‘boom’ que han sido expulsados a los márgenes de un sistema que prima el éxito individual como prácticamente la única receta para salir adelante.

La película de Chloé Zhao está impregnada de melancolía y tristeza, pero también de esperanza. Los ancianos caravanistas se reúnen cada invierno en el campamento de Bob Wells en el desierto de Arizona. Bob actúa como un bondadoso Santa Claus, alimentando y dando cobijo humano a los miles de nómadas forzosos, que han tenido que echarse a la carretera ante la amenaza del hambre y la exclusión social: «El sistema que se hunde como el Titanic y yo intento rescatar a tantos como sea posible», dice el benefactor en una escena. Y no está actuando: Wells ni siquiera sabía que McDormand era una actriz que interpretaba un papel. La propia protagonista estuvo meses viviendo como campista en siete estados de EEUU para empaparse del frío, la soledad y el desolador aspecto que tiene una que vive como una ‘homeless’ o, más bien y en sus palabras, una houseless’.

El colapso adopta su propia forma en lugar. En Europa, los caravaneros son más bien franceses y alemanes con una holgada jubilación que se mueven en invierno buscando los climas cálidos. Nuestro colapso particular es compartir piso hasta edades absurdas, volver a casa de nuestros padres para vivir de su pensión o volver al pueblo de nuestros abuelos con la vana esperanza de “reencontrarnos con la naturaleza”, lo que viene a significar vivir de la huerta y pasar apreturas lejos de la ciudad, el epicentro del colapso.