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Todo español tiene en su interior a un entrenador de fútbol. Lo que no se comenta tanto es que todo conductor de nuestro país lleva también consigo a todo un director general de Tráfico (mezclado con un intrépido piloto de Fórmula 1). Solo así se explican algunas actitudes temerarias al volante o las quejas por las numerosas multas al ir a 160 kilómetros por hora en autovía.

Porque, qué le vamos a hacer, para algunos las normas de tráfico son injustas y deberían ser bien distintas. O, en casos más radicales, no existir. Pero claro, con el mastodóntico parque móvil que tenemos en España en la actualidad, ¿quién no pone un poco de orden para controlar lo que podría ser un ‘sindiós’? Ya hace 100 años, los periódicos de la época se preocupaban por el caos y abogaban por la creación de una serie de normas de circulación y multas que penalizaran su incumplimiento. Si alguien llega a proponer el carné por puntos por entonces, habría quien hubiese aplaudido a rabiar.

Allá por 1914, cuando los tranvías aún circulaban por muchas ciudades españolas y los coches todavía no expulsaban el suficiente dióxido de carbono como para poner en peligro la capa de ozono, en España algunos se mostraron preocupados por el desorden que se vivía sin normas de tráfico. Así lo recogía un artículo de ‘La Vanguardia’ [.pdf] del 20 de mayo de aquel año, firmado por un tal JOB.

 

Barcelona, 1929.

Con volante y a lo loco

El artículo ya informaba de toda esa gente que fallecía cada día a causa de atropellos y choques y de aquellos que, afortunadamente, solo habían tenido un pequeño susto. Ha pasado poco más de un siglo y, obviamente, entonces había menos tráfico en las ciudades, pero el tono apocalíptico asusta: “que se cuenten por millones las personas asesinadas a mansalva, con premeditación, temeridad, alevosía y abuso de velocidad”. Para la persona que escribía el artículo, “cuanto se diga o se escriba sobre este particular es completamente inútil”, ya que nadie parecía estar por la labor de hacerle caso y aplicar algo de sentido común al volante.

Parece que por aquel entonces hacía falta un buen código de circulación, ya que los coches invadían a menudo los paseos para transeúntes, matando a alguno de ellos, o se metían “en las aceras, rompiendo los cristales y escaparates de las tiendas”, un caso pretérito del tan actual alunizaje. Por si esto fuera poco, por aquella época los coches iban a tal velocidad por donde no debían que echaban abajo “árboles, faroles, kioscos y cuantos estorbos hallen a su paso”.

Los peatones, si no querían fallecer de una manera rápida y a la vez dolorosa, tenían que pararse “una legua antes [unos 4,4 kilómetros] si los ven o los oyen venir, para no ser aniquilados”. Y por si esto fuera poco, estaba la suciedad en forma de agua, barro o polvo que dejaba a su paso y el “deliciosísimo perfume extracto de petróleo o bencina”. El demonio hecho vehículo.

JOB creía que el problema de los conductores de estos coches es que se parecen demasiado a los niños cuando empiezan a caminar:

“Entusiasmados con la novedad de poder ir tan fácilmente de aquí para allá, no cesan un momento de correr de un lado a otro como locos, sin más afán que ejercitarse en su marcha, cada vez más ligera y asombrar a quien los mira con su agilidad e intrepidez”.

Las bocinas no servían para nada con esa velocidad, ya que los transeúntes no tenían tiempo para resguardarse de un posible atropello, ni los conductores de frenar o desviarse. Sin embargo, para el periodista la broma había durado ya bastante y el automóvil tenía los suficientes años (de 1885 es el primero con motor de combustión interna) como para considerarlo ya un vehículo maduro al que ponerle normas, con el fin de acabar con “tan peligrosas niñerías”.

Lo que sí existía por aquel entonces, al menos en la ciudad de Barcelona, era una prima para los guardias municipales y para los vecinos por cada delito que denunciasen. Sin embargo, se juntaban el hambre con las ganas de comer: había pocos guardias municipales y estos no contaban con las herramientas para averiguar la velocidad de aquellos supuestos bólidos. Y claro si los “auteros” (como se llamaba a los chóferes para evitar el galicismo, según contaba JOB) no veían el peligro inmediato de una denuncia, a por ello: “Vuelan como alma en pena que lleva el diablo”.

Ahora, no puedes circular a más de 50 kilómetros por hora dentro de una ciudad, siempre y cuando no haya otra señal que lo limite aún más. Por aquel entonces no existían esas limitaciones y algunos iban a velocidades “imprudentes y peligrosas” que para el iracundo escritor “debían ser prohibidas por modo terminante en todo el radio de la urbe y no tolerar, como marcha máxima, más que la de un caballo al trote”. Por suerte o por desgracia, alguien pensó que tampoco era plan de emular a Joselito llevando un carromato y con el tiempo se limitó a la velocidad actual, para desesperación de canis y demás fauna a la que le gusta pisar el acelerador.

http://www.youtube.com/watch?v=zZU2GaL_vcs

Además, la legislación debía ir acompañada de multas. Entendemos que por aquel entonces no existirían, así que, sin pretenderlo, JOB estaba abriendo una caja de los truenos que todavía hoy irrita a muchos (sobre todo si tienen que pagar, claro). Él sugería “una fuerte multa y que a cada reincidencia la multa sea doblada”. Sin lugar a dudas alguien le hizo caso, y de aquellos polvos vienen estos lodos.

Oda a los tranvías

El odio hacia esos coches sin normas se aplacaba con los tranvías, que todavía no habían desaparecido. Estos vehículos eran muchos más respetuosos con el peatón, “porque, circulando sobre rieles y sabiendo por las calles que pasan, solo hay que poner atención en el momento preciso de atravesar las vías”. Vamos, que si uno te atropellaba eras un poco panoli. Aquí parece que no había necesidad de códigos de circulación. Solo el sentido común.

En definitiva, el quejica de JOB opinaba que el automóvil se reiría de “cuantos se propongan meterle en cintura”. Por ello, pedía que, mirando al futuro,

“el gran incremento que va tomando de día en día el automovilismo, hace [que] sea indispensable mirar también hacia el mañana, pues, si se le va dejando como hasta ahora, llegará tiempo en que los que vamos a pie por necesidad, que somos la inmensa mayoría de los mortales, nos veremos obligados a quedarnos en casa, ante la imposibilidad material de poder salir a la calle sin peligro de muerte”.

Sin embargo, nuestro amigo JOB lo veía difícil, porque muchos de los que legislaban eran también “personas pudientes” con automóvil, y probablemente entre ellas pocos tendrían un sentimiento altruista hacia el pobre peatón. Hace cien años también existía esa idea de que el político no se preocupaba por el ciudadano de a pie y solo por sí mismo: “Esto explicaría el por qué no se hace nada sobre el particular. ¡A nadie le gusta tirar piedras a su tejado!”. Nada nuevo bajo el sol.

Afortunadamente, en el mismo siglo, consiguieron meter el tráfico en cintura con radares, alcoholímetros, bandas sonoras o agentes de movilidad. No intentes pasarte de listo, que cualquiera de estos elementos te puede arruinar el día, a menos que provengas de un loco 1914 sin normas de tráfico.

Con información de La Vanguardia, Proyecto Aracne y Wikipedia.