En 1995, un sujeto robusto que respondía al nombre de McArthur Wheeler decidió robar un par de bancos en Pittsburgh, Pensilvania (EE.UU.). Lo hizo con la cara descubierta, permitiendo que las cámaras del banco le grabaran con la luz de la mañana, dejando para la posteridad una estampa, esta:

McArthur fue detenido a las pocas horas. Al ser apresado no podía entender cómo le habían podido pillar: «¡Pero si me puse zumo de limón!», dicen que protestó ante los estupefactos agentes. El hombre había leído en algún sitio que el zumo de limón te hacía invisible a las cámaras y, ni corto ni perezoso, planeó su atraco basado en esa falsa premisa. Wheeler, huelga decirlo, era un cuñado de libro.

Un año después, David Dunning, profesor de psicología social de la Universidad de Cornell (Nueva York, EE.UU.), leyó incrédulo aquella noticia. Intrigado ante esta muestra de credulidad o de incompetencia, decidió estudiar el caso partiendo de la siguiente premisa: ¿Es posible que mi propia incompetencia me pueda hacer inconsciente de esta misma incompetencia?

Para averiguarlo, embarcó a su estudiante Justin Kruger en una investigación que dio lugar al síndrome que acabó llevando su nombre: efecto Dunning-Kruger, según el cual algunos individuos con escasa habilidad o conocimientos sufren de un sentimiento de superioridad ilusorio, considerándose más inteligentes que personas preparadas. Véase, por ejemplo, la legión de cuñados que cada día enmiendan la plana a Fernando Simón y al gobierno sobre cómo gestionar la actual crisis sanitaria del coronavirus.

No me voy a extender mucho, así que valga esta portada de ‘Cuñado en la tercera fase’ (by Fran Delgado) para ilustrar este punto:

Los psicólogos se dieron cuenta de que «mientras la gente desinformada cree tener soluciones absolutas y rápidas al mismo (¿alguien dijo «Twitter»?). O cuando los clientes de especialistas en disciplinas como medicina, diseño o programación, les hacen perder la paciencia al intentar guiar su trabajo basados en incorrecta noción de que ellos también saben de lo que están hablando», según resume Álvaro López en El Definido.

Pero lo más curioso del efecto Dunning-Kruger no es solo que los cuñados profanos crean saber mucho más de lo que realmente saben, sino que, al mismo tiempo, los expertos suelen dudar muchas veces de su propia competencia en asuntos que dominan sobradamente. Esta paradoja viene a ser un corolario de la frase socrática «Sólo sé que no se nada»: un licenciado en físicas habrá leído lo suficiente como para saber que le quedan varias vidas para entender la física cuántica, en tanto el lector medio de Deepak Chopra no tendrá reparo en darte una conferencia sobre el particular.

Este gráfico muestra bastante bien esta disonancia cognitiva entre lo que uno sabe (barra horizontal) y lo que uno cree saber (barra vertical):

Es en la barra horizontal (la de los bares, cuando vuelvan a abrir) donde puedes escuchar las opiniones más categóricas y los argumentos más vehementes de los cuñados, ignorantes víctimas del síndrome de Dunning-Kruger.

Con información de Wikipedia, El País y El Definido. Gráfica de Juanma PRZ.