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«La mente es su propio lugar, y en sí misma puede hacer un cielo del infierno, un infierno de un cielo». John Milton, ‘El Paraíso Perdido’.

En 1506, el papa Julio II encargó a Miguel Ángel Buonarroti pintar la bóveda de la Capilla Sixtina, una de las grandes obras maestras del artista florentino. Miguel Ángel era reacio a embarcarse en un proyecto pictórico de semejante envergadura, en parte porque consideraba que la pintura era una arte menor frente a la escultura. Buonarroti se consideraba, ante todo, un escultor.

El artista desechó el plan inicial de Julio II de representar la figura de los doce apóstoles en la Capilla Sixtina. Miguel Ángel consideró “demasiado pobre” el proyecto papal y en lugar de ello pintó más de 300 figuras, convirtiendo el fresco en un “inmenso diálogo de escenas del Antiguo Testamento”.

De las nueve escenas bíblicas allí representadas, sin duda la más conocida es ‘La creación de Adán’: Dios, rodeado por un coro de ángeles, roza con su dedo índice la mano del primer hombre, en una de las más bellas e icónicas representaciones de la creación, y en una metáfora –dicen- de la sinapsis entre las neuronas.

Ilustración de Tom Blackwell (Flickr).

Julio II quedó satisfecho del colosal trabajo de Miguel Ángel (si bien se quejó de la escasa presencia en la pintura de los colores papales, azul y dorado), pero al santo padre seguramente le pasara desapercibida el mensaje oculto que Buomarroti dejó para la posteridad: el conjunto divino es, en realidad, la representación del corte de un cerebro humano, una forma que Miguel Ángel conocía con precisión, pues había pasado su juventud diseccionando cadáveres en Bolonia.

El hallazgo lo hizo el médico Frank Lynn Meshberger, quien publicó en 1990 un breve ‘paper’ [.pdf] publicado en el Journal of  the American Medical Association (JAMA) en el que llamaba la atención sobre la nada casual similitud entre ambas estructuras, “la parte divina” del fresco y el cerebro humano. Aquel trabajo llamó la atención del New York Times que le dedicó un artículo en su edición del 10 octubre de 1990.

«El fresco ‘La creación de Adán’ muestra a Dios y Adán alcanzándose mutualmente con los brazos estirados, y los dedos casi tocándose. Uno puede imaginar la chispa de la vida saltando de Dios a Adán a través de una sinapsis entre las yemas de sus dedos. Sin embargo, Adán ya está despierto, sus ojos abiertos y está completamente formado (…) Yo creo que hay un tercer “personaje principal” que no ha sido previamente reconocido», escribe el doctor Meshberger en su artículo.

El ‘paper’ va acompañado de las siluetas de un cerebro humano, que encajan casi a la perfección con la “nube” voladora de Dios:

El presunto “mensaje oculto” de Michelangelo hael personaje Robert Ford (interpretado por Anthony Hopkins) explica el auténtico significado de la obra: «El regalo divino no viene de un poder superior, sino de nuestras propias mentes»:

¿Casualidad o intención? No lo podemos saber. Lo cierto es que Meshberger no es el único que ha encontrado analogías anatómicas en los cuadros de Miguel Ángel. Un reciente estudio publicado en el International Journal of Morphology, encuentra otras estructuras morfológicas del cuerpo humano en otras obras de Buomarroti, desde un riñón en el fresco ‘La separación de las aguas y la tierra’ hasta un hígado en ‘La embriaguez de Noé’, también en la bóveda de la Capilla Sixtina.

Con información de Eje Central, La Vanguardia, Wikipedia y JAMA.