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El 30 de enero de 1962 tres niñas, alumnas una residencia femenina de Kashasha, en la costa del Lago Victoria, en el país que entonces se conocía como Tanganika, empezaron a bromear en clase. Sus risas cantarinas contagiaron a sus compañeras, que se pusieron a reír, al principio, divertidas; a las horas, histéricamente. 95 de las 159 alumnas de la escuela cayeron contagiadas por el ataque, que duraba entre 8 horas y 16 días en los casos más graves. Los profesores no se vieron afectados pero no podían concentrarse, de modo que el colegio tuvo que cerrar sus puertas el 18 de marzo.

Lo peor estaba por llegar: una vez cerrada la escuela, las niñas fueron enviadas a sus respectivos hogares, dispersando la epidemia de risas. Diez días después del cierre, el 28 de marzo, llegó al asentamiento de Nshamba, 80 kilómetros al oeste, donde vivían varias de las niñas. Durante los meses siguientes, 217 personas de los 10.000 habitantes sufrían continuos ataques de risa, sumando adultos de ambos sexos y las mismas niñas que llevaron la risa.

Entre tanto, la epidemia de risa llegó a otra escuela secundaria en las afueras de Bukoba, en las proximidades de la primera. En esta ocasión fueron 48 las niñas afectadas de un total de 154. Una vez más, la escuela se vio obligada a cerrar y las alumnas enviadas a sus respectivos hogares, con el consiguiente contagio de los habitantes de las localidades de Kanyangereka, Ramashenye y otros pueblos del área. El ataque de risa traspasó las fronteras de lo que hoy es Tanzania para penetrar en Uganda.

Mapa con la extensión del ataque de risa.

Si, llegados a este punto, crees que los afectados se lo estaban pasando bucanero con sus risas, estás muy equivocado. Los síntomas de los ataques -según el prolijo relato de los hechos realizado por dos médicos que analizaron los hechos- consistían en «ataques de risa y llanto durante unos minutos o unas horas, seguidos por períodos de descanso y vuelta a empezar». Algunos de los afectados empezaron a pensar que alguien les perseguía. Unas cuantas alumnas no pudieron acabar el curso, por los efectos secundarios del ataque.

¿Qué causó la risa? ¿Un virus, una histeria colectiva o un chiste extraordinariamente gracioso? «No lo sabemos», dice el psiquiatra Kroeber Rugenetinu, que tuvo ocasión de investigar los acontecimientos en directo, en el documental Laughology’, que se interesó por el caso. Los médicos tomaron muestras de sangre de los afectos y los enviaron a Europa para analizar.

Risueñas niñas ugandesas.

El diagnóstico, según Rugenetinu: «N.A.D.: Nada Anormal Detectado». El estudio original de los doctores Philip y Rankin, apunta una posible histeria colectiva en la que «el contagio se produce simplemente por ver reír a otra persona, independientemente de si el motivo original de la risa ha desaparecido».

Los habitantes de Bukoba sospecharon que la harina de maíz había sido envenenada (existían precedentes, aunque entonces no se sabía: el envenenamiento con LSD de los habitantes de Point-Saint-Esprit que provocó secretamente la CIA en 1951), o incluso que la atmósfera había sido contaminada por las explosiones nucleares que se estaban llevado a cabo en el mundo.

Con información de “Epidemia de risas en el distrito de Bukoba en Tanganyika”. La epidemia, en la Wikipedia.