Si preguntas por ahí el nombre de un gran benefactor de la Humanidad puede que salgan citados Alexander Fleming, Albert Einstein, Paracelso o Mathama Ghandi. Casi nadie responderá con el nombre de Fritz Haber, a quien por derecho propio se le puede atribuir que más de la mitad de los 7.000 millones de habitantes que poblamos hoy el planeta podamos alimentarnos cada día.

Haber fue el inventor del proceso de síntesis del amoníaco, la base para los fertilizantes basados en nitrógeno, sin los cuales la agricultura intensiva sería hoy una entelequia. En otras palabras, sin la aportación del amoníaco a la agricultura la población mundial sería hoy como mucho el doble de los 1.800 millones que poblaban el planeta en 1908, cuando Haber patentó su fundamental hallazgo. Ahora bien, de no ser por el amoníaco tampoco se hubieran producido los 150 millones de muertos que se atribuyen a la invención del NH3, compuesto también esencial en explosivos como el TNT o la nitroglicerina.

Durante ocho milenios –entre el 6.000 a.C. y finales del siglo XIX- los agricultores aportaban nitrógeno como abono a sus sembrados mediante dos métodos: alternando cosechas de legumbres en los campos de cereales y abonando los campos con abono animal, incluyendo las deposiciones de los pájaros, una excelente fuente natural de nitrógeno. A principios del siglo XX Europa importaba anualmente 2,5 millones de toneladas de guano (excrementos de aves solidificados) de Perú y Chile, un recurso limitado y claramente insuficiente para suplir a los campos del resto del mundo.

Y en esto llegó el amoníaco, un compuesto que sintetiza el hidrógeno y el nitrógeno (el gas que constituye el 78% del aire de la atmósfera) a través del llamado Proceso de Haber-Bosch. En la actualidad, el ingenio humano fabrica una cantidad de amoníaco similar a la de la naturaleza. El 80% de este amoníaco es utilizado como fertilizante agrícola y su aportación a la productividad del agro es ineludible: un estudio [.pdf] llevado a cabo en 2008 calculó que cada hectárea de terreno cultivable había pasado de alimentar 1,9 personas en 1908 a 4,3 en 2008. A finales del siglo XX, el 48% de la población mundial dependía de los fertilizantes para producir su alimento.

La primera fábrica de amoníaco que utilizó el método Haber-Bosch se abrió hace un siglo en Ludwigshafen (Alemania) y apenas producía diez toneladas de amoníaco al día, según recuerda Elizabeth Kolbert en New Yorker. Desde el final de la Segunda Guerra Mundial –período en el que el amoníaco se utilizó más como base de explosivos que como fertilizante- la producción de NH3 se ha multiplicado por 20. Sólo en España se producen medio millón de toneladas de amoníaco cada año.

Pero la exuberancia poblacional tiene un precio. Enorme. Únicamente el 17% del amoníaco utilizado como fertilizante es consumido por los humanos a través de la comida. El resto acaba en la tierra o en el aire, lo que provoca al menos dos graves problemas: por un lado, la eutrofización (enriquecimiento de nutrientes) de las aguas, un proceso que multiplica el crecimiento de las algas en ríos, lagos y mares y acaba consumiendo el oxígeno del agua, aniquilando a los peces que en ellas habitaban. El segundo es la alteración del balance atmosférico, reduciendo el ozono de la estratosfera, según el estudio publicado en Geoscience.

Fritz Haber recibió el Premio Nobel de Química en 1918 por su fundamental invento, que propulsó a la Humanidad hasta los 7.000 millones de habitantes actuales y, según las proyecciones de la ONU, hacia los 11.000 millones en  2100. En su discurso de aceptación, el gran benefactor de la Humanidad “obvió el papel del amoníaco en la guerra y su papel en la aparición de la guerra química”. No hay rosa sin espinas.

Más información en Wikipedia. Visto en New Yorker, con información ‘Cómo un siglo de síntesis de amoníaco cambió el mundo’ [.pdf]. Imagen: Wiki Commons.