¡Comparte este artículo!

Efectivamente, cómo a pocos se les escapa, la filosofía es una disciplina de raras avis: de gente compleja, independiente y, a veces, con malas pulgas (no hay más que recordar al tío Schopenhauer). Y no ha faltado quien aprecie que además de excéntricos y geniales, buena parte de las vacas sagradas de la filosofía han sido célibes o, al menos, se han apartado del matrimonio hasta el fin de sus días. Cómo dedo, recuérdese la historia de Kant (otro solitario empedernido), quién, en cierta ocasión, siendo preguntado sobre el asunto aseveró «cuando necesité una pareja no la soportaba, y ahora que podría soportarla no la necesito»

Los pensadores y sabios han sido eminentemente solteros, cosa de la que se habrán dado cuenta los estudiosos de la filosofía, o, mejor aún, los estudiosos de la personalidad de los filósofos (expertos en las «historias de la historia»). A los que puede haberles llamado la atención que no solamente han sido «castos y puros» los sacerdotes y profetas, sino que también lo han sido los filósofos y anacoretas.  Por ejemplo, se destacan la soltería de Platón, y el matrimonio no muy armonioso de Sócrates, la eterna libertad de Diotima, Kierkegaard, Heráclito, Hipatia, Descartes, Pascal, Hume, Da Vinci, Huygens Leibniz, Malebranche, Spinoza, Schopenhauer, Nietzsche, Wittgenstein o Bertrand Russell (quien abogaba por el amor libre). Amén de otros filósofos más como Plotino, Pascal, Newton o Kant que murieron solteros y vírgenes… según ellos, desarrollando enormemente sus cualidades intelectuales.

Por supuesto algunos sí se casaron, e incluso animaron a hacerlo, como el ya citado padre de la Dialéctica, Sócrates. Quien dijera aquello de «Por supuesto que debes casarte. Si consigues una buena esposa, te convertirás en alguien feliz. Si consigues una mala, te convertirás en filósofo». Pero de quien se cuenta igualmente que tuvo un matrimonio tortuoso, con curiosas anécdotas sobre su relación marital. Y no muy buenas. Cómo que Jantipa (al caso su mujer) le perseguía y criticaba por el Ágora más que él a los sofistas, o que el mismo día de su muerte no la dejó asistir para descansar en paz. De hecho, Nietzsche, en su animadversión socrática, afirmaría de él que además de feo, sólo se casó para representar mejor su papel de anti-filósofo

Pero en general, sin contar todos los frailes y filósofos medievales, una parte enorme de los filósofos acabó «solateras» o tuvo complicaciones extrañas con el sexo opuesto.  Caso del casamiento tardío de Hegel, a los 40 años de edad, con una mujer 20 años menor que él. O de Augusto Comte, aceptado como fundador de la sociología, quien contrajo matrimonio con una prostituta, y cuando se separó de ella no volvió a casarse (también las historias de amor y matrimonio de Nietzsche y Kierkegaard fueron sonadas). Por no hablar de doctrinas filosóficas como la de los gnosticos y Pitagóricos que apostaban por el celibato, de la desordenada relación de Sartre y Beauvoir, o de los trágicos finales de Pedro Abelardo y Eloísa o de Althusser y su mujer. 

Unamuno sí se casó, aunque dudaba de ello (cómo de todo), y pregunta en sus libros a sus lectores sobre el amor y el casamiento. Pues también advertía, cómo hablaban en uno de los capítulos finales de ese maravilloso libro que es «Niebla», que el arte de la filosofía suele ser cultivado por personas que prefieren estar sin demasiado compromiso. Pero, ¿por qué?, ¿acaso son una mala compañía?, ¿acaso existe un requisito de plena disposición?, ¿acaso la misma traducción del termino ya nos da algunas indicaciones?, ¿o acaso cómo decía Nietzsche (más conocido cómo Friendzone Nietzsche, en su capítulo tercero de la «Genealogía de la Moral»), los ascetas y los filósofo necesitan renunciar a todo: los primeros para acallar el mundo y los segundos para poder estudiarlo?.

Las razones no están claras, pero la casuística parece reflejar que tanto hombres cómo mujeres en el mundo del pensar prefieren dedicar su tiempo y dedicación a su verdadero amorla sabiduría.