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Schopenhauer ha pasado a la historia de la filosofía como el epítome del pesimismo. Sus libros y reflexiones suelen venir envueltas en un aura de fatalismo que deja al lector sin asideros, convencido de que vivimos en el peor de los mundos posibles.

Su madre, Johanna, era todo lo contrario: una mujer vital y optimista. Fue novelista y pintora y se granjeó una rica vida social en la Weimar de finales del XVIII y principios del XIX.

En una carta que escribió a su hijo el 13 de diciembre de 1807 queda patente el choque de personalidades entre madre e hijo, y se intuye que el joven Arthur, que entonces tenía 19 años, debía de ser lo que se dice un pelma.

Escribe Johanna:

“Durante los días que tengan lugar mis reuniones puedes quedarte a cenar conmigo, con tal de que te abstengas de tus penosas disputas, que se me hacen molestas, así como todas tus quejas sobre este estúpido mundo y la miseria humana, porque todo ello me hace pasar mala noche o tener malos sueños, y a mí me gusta dormir bien”.

En otra carta, por si no le había quedado claro al joven cenizo, Johanna le insiste sobre sus participaciones en el salón del té entre los amigos de su madre, a los que aleccionaba sobre la verdadera situación del mundo: «Nadie está dispuesto a soportar un comportamiento como el tuyo y debes cambiar o te hundirás. Te hundirás y te pisotearán en el suelo», franca y directa, cruel y exagerada. No soportaba que los invitados acabaran enfrentándose a él.

Lejos de aplacar su irascible personalidad, el carácter de Tío Schompi se fue agriando con la edad, al menos según la correspondencia de su madre. En 1814, le escribe la siguiente carta, que supone prácticamente una ruptura con su hijo:

La puerta que con tanto estrépito cerraste ayer tras comportarte tan indignamente con tu madre se ha sellado para siempre entre tú y yo. Estoy cansada de soportar tus malas maneras, me voy al campo y no regresaré hasta saber que te has marchado; se lo debo a mi salud, pues una segunda escena como la de ayer podría provocarme un ataque de apoplejía que quizá resultaría mortal. Tú no sabes nada del corazón de una madre: cuanto más amó, más dolorosamente siente cada golpe que le infiere la mano antes amada. 

No es Müller, esto te lo juro ante Dios en quien creo, quien te separa de mí, sino tú mismo, tu desconfianza, la censura que ejerces sobre mi vida y sobre la elección de mis amigos, tu desdeñoso comportamiento para conmigo, el desprecio que muestras hacia mi sexo, tu negativa manifiesta a contribuir a mi felicidad, tu codicia, tu mal humor al que das libre curso en mi presencia sin la menor consideración hacía mí (…)
Y eso es lo que nos separa, si bien no para siempre, sí hasta que retornes a mí en calma y buena disposición. En ese caso estaría dispuesta a acogerte con benevolencia. ¿Qué diría tu padre si viviera, él que pocas horas antes de morir te encomendó que me honrases y que no me dieses nunca disgustos? Si yo hubiese muerto y tuvieras que vértelas con tu padre, ¿te atreverías a sermonearle? ¿Tratarías de determinar su vida y sus amistades? ¿Acaso soy yo menos que él? (…)”
Deja aquí tu dirección pero no me escribas, a partir de ahora ni leeré ni contestaré a ninguna de tus cartas; llegados a este punto se separan nuestros caminos, escribo esto con profundo dolor pero no queda otro remedio si es que quiero vivir y proteger mi salud”.

Visto en ‘Epistolario de Weimar’ (Valdemar, 1999). Con información de La Esfera de Ababol.