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«Amicus Plato sed magis amica veritas» dijo alguna vez Aristóteles si hemos de creernos lo que nos cuenta el historiador Ammonio en su obra «La vida de Aristóteles». Lo que en una traducción más o menos literal viene a significar: «Platón es mi amigo, pero soy más amigo de la verdad». Y es que, aunque Platón y Aristóteles fueron maestro y alumno, es bien sabido que en cierto momento sus filosofías tomaron derroteros diferentes y entre ambos hubo no pocas dispuestas dentro de la Academia. Motivo por el que el estagirita habría dicho aquellas agridulces palabras sobre su mentor. Esto es, que más allá de cualquier amistad estaba su filosofía y que no miraría amistades en sus disputas. Y eso es justo lo que debieron pensar, veinticinco siglos después dos profesores y reconocidos filósofos de la ciencia cuando poco a poco fueron calentándose hasta increparse y, posteriormente, según las versiones, uno de los dos tuvo que salir corriendo de la sala.

Sucedió en el año 1946, con motivo de la celebración anual del Club de Ciencia Moral de la Universidad de Cambridge. Karl Popper, quien había publicado recientemente su famosa obra «La sociedad abierta y sus enemigos», se disponía a dar una conferencia intitulada «¿Hay problemas filosóficos?«, mientras que Ludwig Wittgenstein y Bertrand Russell figuraban entre los asistentes. La charla empezó y el discurso fue desenvolviéndose cómo se esperaba, la necesidad de que la filosofía y la ciencia vuelvan su interés a lo social. Viniendo de un filósofo de la ciencia podría causar sorpresa, máxime en un simposio analítico dónde suele primar una apuesta más cientificista, si bien, estando cómo estaban presentes los dos grandes genios que hicieron posible la construcción de un lenguaje lógico matemático para conocer el mundo, aquella conferencia tomó tintes de desafío.

Cómo decía Stendhal (y repitió Nietzsche), «Para darse a conocer en sociedad lo mejor es un duelo».  Y eso es lo que debió pensar el bueno de Popper. Aunque no le acabo saliendo bien del todo cuando dio con e l’enfant terrible de la filosofía. O eso se cuenta, cómo contaba en su día Diógenes Laercio las polémicas y peripecias de los filósofos antiguos. Al fin y al cabo, la historia se repite

Pero continuemos. En un principio todo parecía dentro de los cauces del más estricto reto intelectual. En Russell los ataques no parecían hacer mella y Wittgenstein, el más peligroso y temperamental de los dos, tampoco pareció tomárselo demasiado mal. Pero la diatriba continuaba, y aunque Wittgenstein permanecía indiferente (quizá ya en proceso de convertirse en el segundo Wittgenstein), poco a poco los numerosos seguidores (y acólitos) de este singular y carismático pensador (que eran legión) comenzaron a enfurecerse.

Y la cosa terminó de torcerse cuando Popper, en clara alusión al libro de su amigo-enemigo, empezó a citar lo que para él eran «claros ejemplos de problemas filosóficos», Ludwig entró al trapo. Si tenemos en cuenta que en su ‘Tractacus logico-philosophicus’, Wittgenstein reducía la filosofía a la mera función de desmontar los errores que ella misma creaba: para el primer Wittgenstein, la filosofía no era más que la filosofía analítica y lo demás, estupideces (con ésta frase acaba el Tractatus: De lo que no se puede hablar, se ha de callar). Y que Popper, a través de autores cómo Platón, Hegel o Marx, tenía una opinión radicalmente distinta: esto es, que la filosofía sí tiene que tratar de los problemas sociales. La cosa estaba cantada.

Wittgenstein empezó a desmontar todos los ejemplos que iba dando Popper, reduciéndolos bien a lógica o bien a la matemática. Hasta que Popper acudió a los problemas éticos. Entonces, Wittgenstein cogió un atizador de la chimenea que tenía enfrente y blandiéndolo como una cimitarra exclamó: «¡De usted un ejemplo de regla moral!». La respuesta de Popper no se hizo esperar: «No se debe amenazar con un atizador a los conferenciantes». Furioso, Wittgenstein empezó a golpear el suelo y tuvieron que cancelar la conferencia y llevarse a los dos enemistados colegas cada uno por su lado. Hay hasta quien llegó a afirmar que Wittgenstein comenzó a perseguir a por la habitación a Popper y este tuvo que salir huyendo. Aunque no es menos cierto que también hubo otros testigos que afirmaron que el seminario pudo terminarse sin problemas, pues fue Wittgenstein quien se marchó humillado tras de semejante rejonazo dialéctico.

Las versiones que se han dado son muchas cómo se ha dicho, aunque quién mejor lo ha desmigajado han sido los periodistas David Edmonds y John Eidinow en su obra ‘Wittgenstein’s Poker: the Story of a Ten-Minute Argument Between Two Great Philosophers’ (‘El atizador de Wittgenstein: relato de una discusión de diez minutos entre dos grandes filósofos’), de la editorial británica Faber. Aunque sin duda dónde se te hará más divertido es en la saga ‘Existencial Comic´s’, recientemente traducido por la editorial Stirner.

Pero sea cómo fuere, el único que no se debió alterar fue Bertrand Russell, ya más maduro y más sabio. Quien curiosamente tampoco quiso dejar constancia de semejante y morrocotuda disputa entre dos grandísimos filósofos del siglo XX. Quizá una de las peleas más tensas que se recuerden de la historia de la filosofía, más incluso que las que tuvieron Aristóteles y su maestro (y amigo-enemigo) Platón. Aunque quién sabe… los filósofos son siempre muy polémicos y muy suyos.

* La obra citada, ‘Wittgenstein’s Poker: the Story of a Ten-Minute Argument Between Two Great Philosophers’ la puedes adquirir en Amazon.