¡Comparte este artículo!

Epicuro, que ha pasado a la posteridad, como el filósofo del placer no necesitaba mucho para ser feliz, al menos nada (casi nada) material. Epicuro prefería el agua al vino y contentaba con una comida a base de pan, verduras y olivas. «Mándame del queso envasado para que, cuando guste, pueda darme un lujo», pidió un amigo. Tales eran los gustos qe un hombre que había señalado el placer como objetivo vital.

No pretendía engañar. Su devoción por el placer era harto mayor de lo que hubiesen acertado a imaginar quienes le acusaban de celebrar orgías. Lo único que sucedía era que, tras el examen racional, había llegado a conclusiones sorprendentes sobre las auténticas fuentes de la vida placentera. Y, por fortuna para quienes careciesen de cuantiosos ingresos, todo apuntaba a que los ingredientes esenciales del placer, por muy escurridizos que fueran, no eran absoluto caros.

Esta es la concisa lista de ingredientes necesarios para ser feliz para Epicuro, según el resumen que hace Alain de Botton en su clásico ‘Las consolaciones de la filosofía’ (2001):

1. Amistad

A su regreso a Atenas en 306 a.C., cuando contaba treinta y cinco años, se decidió por una curiosa solución doméstica. Localizó una casa grande a unos cuantos kilómetros del centro de Atenas, en el distrito de Melite, entre el mercado y el puerto del Pireo, y se instaló allí con un grupo de amigos. Se le unieron Metrodoro y su hermana, el matemático Poliano, Hermarco, Leonteo y su esposa Temista, y un comerciante llamado Idomene, que no tardó en casarse con la hermana de Metrodoro. Había sitio en la casa para que cada uno de los amigos tuviera sus propios aposentos y estancias comunes para las comidas y las conversaciones.

Epicuro observaba que:

«De todos los medios de los que se arma la sabiduría para alcanzar la dicha en la vida, el más importante con mucho es el tesoro de la amistad».

Hasta tal punto era Epicuro partidario de la buena compañía, que recomendaba hacer lo posible por no comer nunca en soledad:

«Debes examinar con quiénes comes y bebes antes de conocer qué vas a comer y beber, porque llenarse de carne sin un amigo es vivir la vida del león o del lobo».

La casa de Epicuro semejaba una gran familia en la que, al parecer, no había lugar para la tristeza ni para la sensación de confinamiento, sino tan sólo para la simpatía y la amabilidad (…)

2. Libertad

Epicuro y sus amigos llevaron a cabo una segunda innovación radical. Con el fin de no verse obligados a trabajar para gente que no era de su agrado ni a satisfacer eventualmente caprichos humillantes se apartaron de las ocupaciones en los negocios del mundo ateniense («hay que liberaerse de la cárcel de la rutina y de la política») e instauraron lo que bien podría describirse como una comuna, aceptando un estilo de vida más simple a cambio de la independencia. Tendráin menos dinero pero jamás se verían obligados a cumplir las órdenes de odiosos superiores.

Así pues, compraron un jardín próximo a su casa, un poco más allá de la vieja puerta de Dypilon, y cultivaron diversos vegetales para la cocina, probablemente bliton (col), krommyon (cebolla) y kinara (de la familia de la moderna alcachofa). Su dieta no era lujosa ni abundante, pero sí sabrosa y nutritiva– Como explicaba Epicuro a su amigo Meneceo, «el sabio de la comida no prefiere en absoluto la más abundante sino la más agradable».

La simplicidad no afectaba a la percepción que los amigos tenían de su categoría. Al distanciarse de los parámetros atenidenses, habían dejado de juzgarse a sí mismos por un rasero material. No había por qué avergonzarse de la desnudez de las paredes y ningún beneficio reportaría hacer alarde del oro. Dentro de un grupo de amgios que vivían ajenos al meollo político y económico de la ciudad, nada había que demostrar en lo referido a las finanzas.

3. Reflexión

Existen pocos remedios para la ansiedad mejores que la reflexión. Al plasmar un problema por escrito o al airearlo en una conversación, dejamos que afloren sus aspectos esenciales. Y así, al conocer su naturaleza, eliminamos, si no el problema mismo, al menos las características secundarias que lo agravan: confusión, desubicación, sorpresa.

En el Jardín, conforme se iba haciendo conocida la comunidad de Epicuro, se estimulaba intensamente la reflexión. Muchos de sus amigos fueron escritores. Según Diógenes Laercio, Metrodoro escribió al menos doce libros, entre los que figurarían los desaparecidos Aparato para la sabiduría y De la enfemedad de Epicuro. En las estancias comunes de la casa de Melite y en el huerto debieron de contar con continuas oportunidades de someter asuntos a examen con personas tan inteligentes como comprensivas.

A Epicuro le preocupaba en especial que tanto sus amigos como él aprendieran a analizar sus ansiedades concernientes al dinero la muerte y lo sobrenatural. Epicuro defendía que, si pensáramos racionalmente en la mortalidad, nos daríamos cuenta de que nada hay sino olvido tras la muerte, que «lo que con su presencia no molesta sin razón alguna hace sufrir cuando se espera». Resulta absurdo alarmarse por anticipado a causa de un estado que nunca experimentaremos:

«Pues no hay nada terrible en el hecho de vivir para quien ha comprendido auténticamente que no acontece nada temible en el hecho de no vivir».

Extraído de ‘Las consolaciones de la filosofía’ (Taurus, 2001).