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Al final de su brillante y atormentada vida, el famoso físico, ingeniero e inventor Nikola Tesla no tenía dinero y vivía en una pequeña habitación de hotel de Nueva York. En ese momento de su vida se había convertido en vegetariano y sólo se alimentaba de leche, pan, miel y zumos vegetales. Tesla pasaba los días en un parque rodeado de las criaturas que más le importaban -palomas- y las noches sin dormir trabajando en su cabeza sobre ecuaciones matemáticas y problemas científicos.

El 7 de enero de 1943, a la edad de 86 años, Tesla murió solo en la habitación 3327 del Hotel New Yorker. Su cuerpo fue encontrado más tarde por la empleada Alice Monaghan, que había entrado en la habitación de Tesla ignorando el cartel de ‘No molestar’ que Tesla había colocado en su puerta dos días antes.

El médico forense adjunto H.W. Wembly examinó el cuerpo y dictaminó que la causa de la muerte había sido una trombosis coronaria. Los restos de Tesla fueron trasladados a la funeraria Frank E. Campbell. Un viejo amigo y partidario de Tesla, Hugo Gernsback, encargó a un escultor la creación de una máscara mortuoria, que ahora se exhibe en el Museo Nikola Tesla de Belgrado.

La última imagen de Tesla en vida, es la de un hombre mayor que -aunque cansado- mantiene el mismo rostro curioso y extraño que le llevó a descubrir algunos de los principios que rigen el mundo. Inmediatamente después de su muerte, el gobierno de los Estados Unidos intervino su habitación y sus oficinas personales, incautando todo tipo de notas, máquinas de luz y planos de construcción. El profesor del Instituto Tecnológico de Massachusetts, John G. Trump, examinó durante tres días cada uno de los objetos del científico y al comprobar la falta de planos, afirmó que se trataba de innovaciones especulativas y filosóficas.

Tesla odiaba escribir planos e instrucciones, incluso para montar las máquinas que salían de su cabeza. En su lugar, solía plasmar en papel el aspecto final de sus diseños, sin ningún detalle del funcionamiento. De ahí que la mayoría de sus ideas se conserven, pero sean indescifrables hoy en día.

Tres días después de su muerte, dos mil personas se reunieron en la catedral de San Juan el Divino y luego siguieron el cuerpo hasta su destino final, el cementerio de Ferncliff en Ardsely, Nueva York, siendo el primero de una multitud de reconocimientos, todos ellos post-mortem para el científico.

Con información de Steemit y Wikipedia.Gracias a Carmen Edoko por el chivatazo.