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En las sociedades de hoy, tan avanzadas técnicamente, pero tan alejadas de su parte animal como de su parte espiritual, el asunto de la embriaguez es un tema controvertido. En la actualidad, este concepto está sujeto a una denotación altamente negativa, cuando no pecaminosa. Muchas veces demonizando por completo el concepto por sus extremos más perniciosos, y olvidando que, en su acepción originaria y plena, también el tabaco, el alcohol, el café, el chocolate o el té son elemento estupefacientes con principios activos: aunque no estén incluidos en las listas de sustancias prohibidas. Eso sin hablar de drogas de más o menos probada utilidad sanitaria y médica, véanse todos esos medicamentos, barbitúricos, analgésicos que han sustituido al atávico Opium. Que fue la panacea oficial de todas las farmacopeas orientales u occidentales hasta el siglo XX… e incluso después, en formatos destilados y sintéticos posteriores, cómo la morfina, la codeína, la heroica o la bicodina.

Primeramente, más allá de prejuicios terminológicos, cabría señalar que el concepto de droga, que proviene del árabe andalusí ḥaṭrúka (literalmente, ‘charlatanería’), es en realidad el menos moralista phármakon de los griegos, tiene un alcance que incluye no sólo el significado de adicción, sino más bien el de sustancia que es capaz de estimular, ya se para bien, o para mal, el cuerpo y el espíritu. Y es precisamente en ese sentido, y en el concepto del uso y del abuso, desde el que los antiguos establecieron su sentido esencial, pues un fármaco podía curar o dar la muerte, servir de solaz esparcimiento o provocar una terrible adicción, en función del empleo hecho por el médico o el usuario.

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Salvo honrososísimas excepciones, cómo la «Historia general de las drogas» del filósofo español Antonio Escohotado, quien nos ha legado una verdadera labor arquitectónica y arqueológica del asunto (que podría parecer una aplicación foucaultiana en el campo de lo que él llamó la«farmacracia», sino fuera por una muy superior puesta en práctica del mismo intento de desmontar los sistemas o epistemes de saber-poder sobre determinados campos humanos), la cuestión acerca de los narcóticos y la ebriedad parece superada por dictámenes médicos en particular, y anatemizada cómo cosa delictiva por la sociedad en general.

Si bien, lo cierto es que las drogas han estado presentes siempre entre los hombres y sus sociedades. Tal cómo nos recuerda la monumental obra de Escohotado, «Salvo comunidades que viven en zonas que viven en zonas aisladas, desprovistas por completo de vegetación, no hay un sólo grupo humano donde no se haya detectado el uso de varios psico-fármacos, y si algo salta a la vista en este terreno es que constituye un fenómeno plural en sí, que se manifiesta en una diversidad de tiempos, cubre una amplia variedad de lugares y obedece a multitud de usos».

Ya sea en sus servicios recreativos, curativos, religiosos, espirituales o comerciales (sí, sí, comerciales), las drogas han tenido un espacio ininterrumpido en la humanidad. En las palabras del mismo pensador, al que algún día se le tendrá entre los autores de cabecera de la nación con los Santayana, Unamuno, Ortega y Compañía, «el empleo de las drogas descubiertas por las diversas culturas constituye un capítulo tan relevante como olvidado en la historia». Casi como una constante antropológica han existido desde que el hombre es hombre. O quizás, según la propia ciencia etológica demuestra hogaño, desde un antes evolutivo.

Y es que, no ha pasado desapercibido para la ciencia que buena parte de nuestros parientes estudiados«desde caracoles a muchas familias de insectos, vertebrados ovíparos y mamíferos» (ídem)- siguen de una manera accidental o premeditada (aunque generalmente mesurada) los credos de la psiconaútica que Timothy Leary, Rober Anton Wilson y compañía promovieron allá por los años setenta del siglo pasado. Algunos animales que gustan de drogarse son…

-Los renos: único animal, junto con el ser humano, que ha descubierto las maravillosas propiedades alucinógenas de los hongos siberianos Amanita muscaria, los cuales utilizan siempre que están a su alcance.

-Los córvidos: según el ornitólogo Horace Groskin, las urracas, las abubillas o los cuervos negros, se sirven del ácido fórmico de las hormigas para entrar en extraños trances donde, además de tener aparentes sensaciones de placer, estas aves desarrollan extraños comportamientos, como un peculiar bailoteo con el pico abierto y las alas extendidas.

-Los gatos: que siempre que gustan de una menta que conocerán bien los propietarios de estos pequeños felinos, la llamada Nepeta cataria (Catnip), que les produce alucinaciones y estados alterados.

-Elefantes: que tienden a reunirse alrededor de los árboles de marula (Sclerocarya birrea), comer sus frutos fermentados así como su corteza, la cual tiende a tener pupas de escarabajo, que se usan para envenenar las puntas de las flechas por su elevada toxicidad, y que produce extraños y anómalos comportamientos en los paquidermos.

-Delfines: cómo mostró el reportaje «Dolphins: Spy in the Pod» de la BBC, los delfines provocan a los peces globo para provocar que estos suelten su veneno e intoxicarse moderadamente con ellos.

-Los ualabíes: unos marsupiales australianos que consumen las flores de las amapolas de la región y experimentan efectos narcóticos. Llegando a ser un problema para los productores farmacéuticos locales.

-Los monos: por ejemplo, los monos capuchinos han desarrollado una extraña relación con unos ciempiés africanos, insectos que secretan compuestos venenosos de cianuro, que los primates utilizan como ungüentos narcóticos y anti-picaduras.

-Las moscas: sienten una gran afición por succionar un ácido presente en las caperuzas de algunas setas y sapos venenosos, lo cual las produce un aturdimiento por el que son presa fácil de los batracios… que a su vez también suelen entrar en estados alterados de su conciencia.

-Los canguros: estos animales parecen conocer las propiedades del opio, pues suelen pasear por los campos de adormideras y comer sus flores, lo cual llega a causarles un «subidón» tal que pueden correr durante horas frenéticamente hasta caer sin sentido.

– Las hormigas: no sólo consumen esporádicamente plantas que puedan intoxicarlas, sino que parecen buscar y almacenar distintas sustancias, bien en plantas, bien de coleópteros venenosos, que después pasan a consumir comunalmente para alterarse.

-Los pulpos: aunque no sabemos si lo hacen en estado de naturaleza, desarrollaron interés y hábito por el MDMA cuando un grupo de científicos trató de ver sus efectos en los animales. Y lejos de ser para mal, estos animales independientes y agresivos hasta con sus congéneres, se volvieron menos antisociales a un nivel sólo comparado con los estados reproductivos propios.

-Los coyotes: Lisa Bloch, directora de comunicaciones de la Sociedad Humanitaria del Condado de Marin, llegó a la hipótesis de que los coyotes (tan comúnmente asociados a los viajes chamánicos) consumen hongos alucinógenos silvestres.

-Pumas y Jaguares: estos felinos también muy conocidas en las leyendas mesoamericanas, tal cómo sus congéneres caseros, gustan de vez en cuando de aislarse y entonarse con ayahuasca.

– Los murciélagos: se ha podido constatar que estos mamíferos voladores no están ciegos, aunque sí se ponen «ciegos» con frutas fermentadas que les proporcionan momentos de embriaguez muy característica para los etólogos africanos.

-Vacas, caballos y ovejas: los granjeros estadounidenses saben bien hasta que punto estas reses llegan a «ponerse como motos» (literalmente) cuando comen algunas hierbas que crecen en América del Norte llamadas locoweed.

– Las cabras: finalmente, unos animales tan asociadas a lo demoníaco y los ritos del sabbath de las brujas como son los pertenecientes a la familia Caprinae. Las cuales, podrían haber estado detrás del consumo por parte del hombre de algunos psicotrópicos, como el mescal o la cafeína. Ya que se ha teorizado que los primeros humanos que los consumieron lo habrían hecho al atestiguar como las cabras «flipaban» y entraban en éxtasis eufórico después de consumir dichas sustancias.

Por tanto, como sostiene el etnobotánico italiano Giorgio Samorini en su libro ‘Animales que se drogan’, no sólo los humanos parecen «colocarse», también se dedican a la hacerlo muchas especies animales que tienen la desgracia o la ventura de tener acceso a ellas. Algo que siendo tan natural, en buena medida desacredita cualquier examen moral al respecto, o al menos, según otro conocido autor (en este caso norteamericano, Peter Laurie en su «Drugs: Medical, Psychological and Social Facts»), debería proponer una nueva «base para una discusión racional acerca del problema de las drogas».