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En la Historia de la filosofía ha habido grandes errores de interpretación (muchas veces mal intencionados), perdidas de obras magnas (especialmente de clásicos, pero no sólo), enormes deformidades de las corrientes al ser llevadas a la arena colectiva no exclusivamente filosófica (cómo por ejemplo la clásica atribución de hedonista a Epicuro), y, por supuesto, grandes autores extraviados, obviados u olvidados. Bien sea por que sus obras se han traspapelado aunque su vida se recuerde, caso de algunos socráticos como Aristipo, estoicos como Crisipo u epicureos como su fundador. Bien sea porque se conserven sus obras pero se desconozca toda su trayectoria, e incluso su verdadero nombre: entre los que destaca el Pseudo-Dionisio. O claro, todos aquellos que debieran estar pero no estarán porque ni ellos ni sus obras jamás llegaron hasta nosotros.

Un caso particular dentro de innumerables más es el del desconocido Lucrecio. Un caso que además atestigua la enemistad que puede derivarse del desconocimiento de alguien, o, más allá inclusive, manifiesta las no desdeñables posibilidades de los tentáculos de la historia para poder confundir, menospreciar y enterrar tanto autores como corrientes inactuales en determinadas coyunturas.

Tito Lucrecio Caro, poeta y filósofo romano, autor de un largo poema didáctico, De rerum natura (Sobre la naturaleza de las cosas), poema se divulgan la filosofía y la física atomistas que había tomado Epicuro de Demócrito. Quizás esto sea todo lo que a ciencia cierta se pueda saber de él.

No obstante, Tito Lucrecio Caro (c. 99 a. C – c. 55 a. C) arrastra una mala reputación tanto más infundada cuanto que nada se sabe de su existencia. Nadie parece respetar más que él el principio epicúreo que invita a ocultar la vida privada. Así, estoicos y cristianos aprovechan para inventarle una existencia desquiciada. San Jerónimo es el principal responsable de estas calumnias: le debemos el paquete de informaciones detestables sobre el poeta filósofo, redactadas en anexo a las Crónicas de Eusebio de Cesarea. Jerónimo reprocha a Lucrecio lo que denomina su «materialismo encantado»; encantado como las cosas envueltas en sortilegios y magias. Lucrecio es objeto de condenación sin paliativos: hechizado por un filtro de amor que lo ha enloquecido, el filósofo aprovecha los escasos momentos de lucidez para escribir su poema, antes de suicidarse a los cuarenta y cuatro años.

El materialismo radical, el odio a la religión y sus sacerdotes y la deconstrucción de los mundos del más allá que se encuentran en De rerum natura, sitúan la obra y a su autor en la lista maldita para los cristianos desde tiempos inmemoriales, y así fue, si no olvidado (quizás por su interés como diana), sí tergiversado enormemente, ridiculizado y demonizado muy por encima de lo que su crítica hacia cierta religiosidad podría inferir.