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Hoy en día, formas de vivir y alimentarse, cómo el vegetarianismo o el veganismo, con todas sus variantes, cómo el crudiveganismo, el crudismo o el frugivorismo (o frutivorismo) están muy extendidas. Tanto que, cada vez, hay más adeptos de estas prácticas nutritivas y, según sus seguidores, deontológicas. Los cuales no dejan de crecer en número y refinamiento de su credo de conducta. Algo que, bien mirado, es reflejo y retroalimenta un interés también creciente por la vida y el consumo saludable. No en vano, buena parte de la población está muy lejos de abandonar la carne y el pescado, pero no hacen oídos sordos a la idea de alimentarse mejor y dedicar más tiempo al deporte y el bienestar. Optando por términos medios que dejan atrás la «buena vida» y «el buen comer», y se acercan a conceptos cómo la alimentación macrobiótica (promovida por el japonés George Ohsawa), la eubiótica (o correcta alimentación mediante la combinación «correcta» de los alimentos), el flexitarianismo (práctica que consiste en comer la menor cantidad de carne posible), el pescetarianismo (aquellos que no comen carne, leche o huevos de animales terrestres) o el steinerianismo (que se ocupa de la calidad y cantidad del producto agrícola). Tendencias todas que, según se ve y advierte, son mayores entre las nuevas generaciones y que, parece, se irán extendiendo aún más en los años venideros.

Pero, históricamente hablando, ¿es algo novedoso todo este modelo de nutrición ética?, ¿o ya tuvo sus antecedentes en tiempos pretéritos?. Y siendo así, ¿quién es el primer personaje del que tenemos constancia que profesaba una manutención semejante?. Para sorpresa de muchos, las posturas vegetarianas y veganas, así como animalistas, no son algo inédito de nuestro tiempo, y en culturas cómo las de la India o China se puede registrar su existencia hasta muy atrás en el tiempo. Tanto el jainismo hindú cómo el orfismo griego (anteriores a la aparición de la filosofía occidental) ya proponían un tipo de vida muy peculiar donde la ingesta de otros seres animados estaba proscrita. Como recuerda Aristófanes en Las ranas (v. 1032), Orfeo enseña «a no verter la sangre». Y el neoplatónico Porfirio de Tiro (siglo III), en su De la abstinencia, une el vegetarianismo a los misterios cretenses y recuenta a los vegetarianos del pasado empezando por el semi-mítico Epiménides. Lo que demuestra que, sin duda, tuvo que haber en estos movimientos grandes personajes que dieron pie a estas ideas.

Pero si hay que hablar del reconocido primer vegetariano o vegano (en esa época los conceptos no eran tan claros) de la historia, sin duda, hay que hablar de Pitágoras, quien fundó una escuela de pensamiento y vida que defendió entre otras prácticas la negativa a alimentarse de otros animales. E inclusive de algunas variedades de vegetales.

Pitágoras, Teano y demás pitagóricos, son bien conocidos por sus teorías sobre el universo y los guarismos (suponiendo que el cosmos podía reducirse a una cuestión numérica), aunque no tanto por su ética y su código para la existencia. Y en este campo, y entre otras cosas, propusieron un modo de vida diferente, fundado en la idea de la pureza y la purificación (en griego, kátharsis), mediante el cuidado de la alimentación y la prevalencia del ejercicio. Siendo su doctrina, en sentido propio, una verdadera «ascesis», entrenamiento  o «ejercicio vital y espiritual», donde el vegetarianismo, era un elemento central de casi todas las variantes del pitagorismo.

Los anales y autores de la antigüedad, cómo Laercio, o los autores de la comedia media, como Alexis o Aristofonte, describen a los pitagóricos estrictamente vegetarianos. Aunque también nos han llegado otras tradiciones que lo minimizan, centrándolos sólo en la abstinencia, pues algunos subsistían sólo con pan y agua, o comentando sólo la prohibición de la consumición de ciertos animales sagrados, como la mandrágora, el gallo blanco, o sólo ciertas partes de animales. Legándonos la historia de como establecieron jerarquías de importancia según la idea de transmigración. Pues esta era la razón de no comer carne: la unidad y reencarnación de todos los seres.

Ya Empédocles (siglo V a. C.), quien escribiera sobre estas prácticas, justificó el vegetarianismo de Pitágoras por la creencia en la metempsicosis (o trasmigración de las almas): «¿quién puede garantizar que el animal listo para ser matado no abriga el alma de un ser humano?». Del mismo modo, el sabio Jenófanes, a la postre maestro del maestro de Empédocles (véase, Parménides), y coetáneo de Pitágoras, ya nos legó que «no trascendemos a consecuencia del antiguo horror de la sangre vertida». Cosa que recuperó Plutarco en su «De comer la carne», donde se retomó la temática pitagórica de la barbarie de la sangre vertida, dando la vuelta al debate habitual, para conminar más bien al hombre carnívoro a justificar su elección.

Pitágoras es, por tanto, el primer representante del que se tenga noticia jugó con las ideas del vegetarianismo, creando con su escuela o secta a los primeros voceros de esta ideología tan actual. Llegando, según se cuenta, a prohibir no sólo comer ni matar carne de reses o peces, sino quitando del menú de sus adeptos muchos productos procesados o indirectos de los animales, amén de más de un vegetal. Cómo las habas: pues según nos cuenta Aristóteles, Pitágoras mandó abstenerse de las habas «o porque semejan a las partes pudendas o a las puertas infernales, (pues carecen de nudos) (593), o porque corrompen, o porque se parecen a la naturaleza del universo (594), o porque sirven en el gobierno oligárquico eligiendo por medio de ellas».

Algo que, según la leyenda, llevó a tal punto, que le costó la vida. Pereciendo por no cometer sacrilegio, como ha trasmitido el historiador helenista Diógenes Laercio…

«…murió Pitágoras en esta forma. Estando sentado con sus amigos en casa de Milón, sucedió que uno de los que no había querido admitir consigo pegó fuego a la casa por envidia. Que habiendo Pitágoras escapado del incendio, se entró en un campo de habas, y se paró allí diciendo: «Mejor es ser cogido que pisar estas habas», y «Mejor ser muerto que hablar». Con esto descubrió la garganta a los que lo seguían. Así, que fueron muertos muchos de sus discípulos, hasta en número de 40, y huyeron otros pocos…» .