¡Comparte este artículo!

Año 1982. Mientras las tropas argentinas que han recuperado las Malvinas por orden de la Junta Militar esperan impacientes la llegada de la temible Flota Británica, al otro lado del mundo, en España, una estrambótica misión secreta ha desplegado a cuatro montoneros argentinos para que, desde la Bahía de Algeciras, ataquen el puerto de Gibraltar. ¿Sus armas? Un equipo de buceo, unos pasaportes más falsos que el carnet de espía del pequeño Nicolás, unas minas magnéticas y un mapa turístico de la Costa del Sol.

La idea, imaginamos, era emular a los submarinistas italianos que, el 20 de setiembre de 1941, habían hundido en el puerto de la colonia británica dos buques tanque, el Fiona Shell y el Denbydale, más el mercante armado Durban. Con la salvedad de que, en el caso que nos ocupa, de ser hechos prisioneros, los miembros del comando albiceleste no serían reconocidos como soldados argentinos por su gobierno.

Según vemos en el excelente documental de Jesús Mora Operación Algeciras la misión había sido bendecida por el almirante Jorge Isaac Anaya, y para ella se contaba con dos antiguos miembros de la guerrilla peronista Montoneros. Uno de ellos (el protagonista de la cinta) era Máximo Alfredo Nicoletti (alias Gordo Alfredito) ex buzo táctico a sueldo del servicio de inteligencia de la Armada Argentina.

Nicolettí viajó junto a Antonio Nelson Latorre alias El Pelao Diego y Miguel Angel Castigli el Marciano,  en un vuelo de Iberia a Madrid, vía París. En la capital francesa ya les dieron problemas los pasaportes, que eran (¿cómo decirlo?) un poquito falsos. Consiguieron sin embargo dársela con queso a los franceses y llegar a la capital española, donde recogieron (en la Embajada Argentina) unas cargas explosivas que debían pegar al casco de los objetivos a hundir.

Desde Madrid, y con un mapa turístico de la Costa del Sol como única ayuda, el comando se trasladó a Málaga, donde alquilaron unos coches para desplazarse hacia la Algeciras, aunque se quedaron una temporada en Marbella para acostumbrarse a la zona, realizar reconocimientos de la Bahía de Algeciras y esperar órdenes, dado que se mantenían las conversaciones diplomáticas entre Reino Unido y Argentina. Nicoletti recordaría que solían tratar los pormenores de su plan de ataque nada menos que en el Casino de Marbella «Era evidente que allí no se iba a producir ninguna redada policial en el que nos pudiésemos ver comprometidos. Aunque llegó un punto en el que nos cansamos de tanto árabe«

Sin embargo, los gauchos no sabían que los ingleses, que en aquella época ya se dedicaban a las escuchas telefonicas, sabían de sus intenciones y habían avisado al gobierno español, pese a que este se había abstenido en la votación de la resolución de la ONU en la exigía la retirada de las tropas argentinas.

https://www.youtube.com/watch?v=pblDdHG922g

¿Y qué atacamos?

Los saboteadores habían comprado una zodiac en El Corte Inglés de Málaga, esquivando como podían las preguntas del vendedor especializado de turno (que qué iban a pescar, que cómo y dónde),  y con ella se pusieron a investigar por donde podían colarse en el puerto gibraltareño. Había unas torres de vigilancia que les mosqueaban muy mucho, pero se tranquilizaron al observar de cerca que estaban abandonadas. Viendo que la operación era factible, sólo quedaba esperar una buena pieza.

Dos dragaminas fueron las primeras en interesarles, pero dado su bajo potencial propagandístico, se decidió esperar a que fondease algo de más nivel. Un superpetrolero fue la siguiente posibilidad, pero la Armada argentina lo rechazó ante el temor de que muriesen numerosos civiles y que se causase un vertido de petróleo en la Bahía de Algeciras que perjudicase las relaciones con España.

Entre visita y visita al Casino, llegaron al puerto dos flamantes buques de guerra británicos. Además, hacía mal tiempo, lo cual era bueno para camuflar las operaciones en el agua de los buzos, así que la ocasión la pintaban calva para desencadenar el ataque. Sin embargo, se les denegó el permiso: Reino Unido y Argentina habían retomado la negociaciones.

Aquello pareció importarle un pimiento morrón a los británicos, que aquel mismo 2 de mayo, hundieron sin pestañear con un submarino el crucero Almirante Belgrano, matando a 323 marinos argentinos.

Los miembros del comando argentino decidieron que hundirían el primer barco de guerra británico que entrase en el puerto. Pero no contaban con la astucia de la Policía Española, que se interpuso en su camino…

Game over en la Costa del Sol

Y lo que suele pasar en toda buena historia de operaciones secretas (el pedir tres cervezas con los dedos que no son, el activar la máxima velocidad del Anal Intruder sin leer antes las instrucciones…) pues pasó. El dueño de la empresa de alquiler de coches malagueña se olió que aquellos argentinos que pagaban en dólares (lo normal era que los guiris pagasen con tarjeta de crédito) y que renovaban el alquiler cada dos por tres (nunca lo hacía en el horario acordado) ocultaban algo… ¡Drogas! Avisaron a la policía y esta detuvo a dos de los argentinos cuando procedían a extender el plazo de devolución de los vehículos.  Los saboteadores confesaron de qué iba todo aquello. Según leemos en Andaluces. es, las fuerzas del orden no se tragaron de primeras la versión de los arrestados.

-Soy el capitán Fernández, de la Armada Argentina y estoy en una misión secreta y desde este momento me considero un prisionero de guerra. No diré una palabra más.

Si tú eres marino argentino, yo soy el sobrino del Papa.

Alfredo Nicoletti estaba durmiendo cuando cuatro agentes armados entraron en su habitación. «¿Perdimos?», les preguntó, a lo que el oficial en jefe le contestó que sí. Entonces el buzo le preguntó a los policías si había comido.  Aquello le pareció extraño al oficial en jefe. Nicoletti les propuso ir a comer y que luego les llevasen a internarlos en prisión o lo que les tocase.

Muy pragmáticos los policías, que tenían hambre, decidieron irse todos juntos a un restaurante a comer. Allí, tras sincerarse los argentinos, los agentes malagueños hicieron lo propio lamentándose de haber avisado a sus jefes tan pronto de las detenciones.

Hombre, si yo hubiera sabido que ibais a hundir un barco inglés hubiéramos mirado para otro lado».

La comida terminó con sendos brindis por “Gibraltar español” y por “Malvinas Argentinas”.

La comitiva de coches de policía todavía hizo una parada antes de meterlos por unas horas en los calabozos de la Comisaría de Málaga. Para que Miguel Angel Castigli el Marciano pudiese recoger unos pantalones que había dejado en una tintorería.

Tras semanas interminables de viajes en zodiac por las aguas de la Bahía de Algeciras, aburridas renovaciones de contratos de alquiler, veladas exasperantes en el Casino de Marbella y un continuo deambular por la Costa del Sol, los agentes argentinos fueron informados, para su sorpresa, que serían enviados a su país ipso facto. Ni cárcel, ni juicio ni dulce de leche. España (recién ingresada en la OTAN) no quería un escándalo de tal magnitud y el entonces presidente Calvo Sotelo, que estaba en Málaga (¿casualidad?), dispuso que se les enviase rápidamente en su avión charter a Madrid, donde embarcaron en un vuelo regular que, vía Canarias, los llevó de vuelta a Argentina.

Las minas magnéticas incautadas fueron destruidas por artificieros españoles en un polígono de tiro de Almería. A finales de 1983, la revista Cambio16 publicó un reportaje sobre aquel arriesgado pero inútil intento de atacar el puerto de Gibraltar que, de haber tenido éxito habría cambiado (al menos un poco) el rumbo de la historia.

Hollywood no ha producido la película todavía, ni esperamos que lo haga.

Con información de: Revista El Buzo, Revista El Tranvía, Andaluces. es.

Jaime Noguera es amante de la parrillada y autor de  España: Guerra Zombi.