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Como bien sabe todo maestro, la cuestión de educar no es tarea sencilla. Y no sólo por la dificultad de trasmitir a otro los propios conocimientos, que también. Ya saben, aquella máxima gorgiana de que si algo existiera y se pudiera conocer todavía sería imposible de comunicar. La docencia es especialmente complicada, aún suponiendo que se pudiera transferir el saber, por la variedad de personalidades sobre las que hay que trabajar. Hay tantos tipos de alumnos como caracteres y entendimientos hay en el espectro del alma del hombre: unos más dóciles y otros más indisciplinados, unos con más interés y otros con menos, unos con ciertas afinidades o creencias y otros con otras, unos más listos y otros no tan listos, etcétera, etcétera, etcétera. Y así, hasta abarcar todo el mediterráneo ideal de la casuística humana.  Con los que hay trabajar, por supuesto, de una manera diferente según sus necesidades: cosa harto difícil, por desgracia, merced a los sistemas educativos actuales y sus imperiosas exigencias, que imponen un programa muy reducido y estandarizado para cumplir con las grandes cifras y los requisitos del mercado económico y social… algo que, con todo, todo buen educador intenta paliar en la medida de sus necesidades en la concreción del aula.

Y aunque esto último es especialmente acusado en nuestras sociedades modernas, lo cierto es que siempre han existido complicaciones semejantes o parecidas en relación al alumnado y los planes de estudio. O si no, que se lo pregunten al mismísimo Platón (427/347 a. C.), quien fue, no sólo el filósofo más determinante de toda la humanidad (tan grande que Alfred North Whitehead, matemático y filósofo inglés dijo que «toda la filosofía occidental es una serie de notas a pie de página de la filosofía platónica»), sino el fundador del centro de estudios más famosos y longevo de la historia. Cómo muchos ya habrán adivinado, no otra que la famosa y milenaria Academia de Atenas. Bueno… Milenaria en realidad no llegó a ser,  pero casi. Fundada por Platón cerca del 388 a. C., perviviría hasta el año 529 después de cristo, cuando, por un edicto del emperador Justiniano, finalmente la Academia cerraba sus puertas, después de más de nueve siglos de vida y enseñanza.

Ilustración de Luis Miguez. «Filosofía para todos. La historia de las ideas como nunca te la habían contado» de la Editorial Oberón

Cómo cuenta Diógenes Laercio, en sus Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres, en esta última faceta suya de educador, cómo último puerto práctico y aplicado de su filosofar ético y político, Platón tuvo que tratar con muy diferentes sujetos, y todos sin excepción requerían atención.

Según se narra en esa maravillosa historia de la filosofía, tan llena de biografías, anécdotas y curiosidades e historias de la historia, Platón siempre diferenciaba, como ejemplos paradigmáticos de pupilos con los que tenía que lidiar a dos casos extremos. Por un lado estaría el rápido y sagaz, pero también inquieto, Aristóteles (384/322 a. C.), de quien hoy diríamos, exagerando, que era superdotado e hiperactivo. Y en el lado opuesto, el flemático y tozudo, aunque también más devoto, Jenócrates (396/314 a. C.), a quien más de uno catalogaría como un chico con déficit de atención pero mucho empeño. Y cada cual, con sus particularidades, ritmos y modos de aprender. 

Así se cuenta, hablando de este último, en el capítulo tercero de la obra del otro Diógenes, «Con Platón siempre marchaba un discípulo que era la antítesis de Aristóteles. Jenócrates, hijo de Agatenor, fue natural de Calcedonia, y discípulo de Platón desde sus primeros años, y lo acompañó a Sicilia. Era tardo de mente, tanto que Platón, comparándolo con Aristóteles, cuentan que dijo: «El uno necesita de acicate; el otro de freno». También: «¡Para qué caballo unto un tal asno!».

Y continúa el sugerente texto, «…por lo demás era Jenócrates de rostro grave y severo, de manera que Platón solía decirle: «Sacrifica a las Gracias, Jenócrates». Por lo ordinario habitó en la Academia, y si alguna vez iba a la ciudad (261), dicen que todos los tumultuantes y alborotadores se apartaban de su camino cuando pasaba, demostrando poco a nada de las grandes virtudes aristotélicas de la simpatía y la política».

Eso sí, dicen que fue uno de los más fieles amigos de Platón hasta su muerte. Mientras que por el contrario, Aristóteles, más listo, también fue quien dijera, según palabras de Ammonio en su obra La vida de Aristóteles, «Amicus Plato sed magis amica veritas», esto es, que era amigo de Platón pero más de la verdad. Cosa, por supuesto, que nada tiene de malo, puesto que un buen maestro tiene que hacer que sus alumnos le superen, pero que también muestra otro aspecto importante tal como lo es la implicación con el maestro y su tarea.

En cualquier caso, es de ver que en la tarea de la enseñanza, las dificultades acontecen por doquier, y han ocurrido siempre. No nos pasa sólo hoy en día a todos los maestro de primaria, secundaria o universidad, también le ocurría hace más de 25 siglos al divino Platón. Si bien, y eso también lo sabe todo buen docente, esa es una de sus mayores recompensan que se pueden obtener. Cuando se logra, por bienaventuranza, llevar a buen término el cumplimiento de la tarea de enseñar, comunicar y educar a jóvenes que serán el futuro.