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El escritor, divulgador y filósofo Alain de Botton ofreció en 2017 una charla en Londres con el tentador título de este artículo, una síntesis de las conclusiones de lo que aprendió durante la escirtura de su novela ‘The Curse of Love’ (2016). Estas son algunas de las cosas que Botton dijo aquel día:

«Es una de las cosas que más tememos que nos puedan ocurrir. Nos esforzamos mucho para evitarlo. Y aún así lo hacemos de todos modos: casarnos con la persona equivocada.

En parte es porque tenemos un desconcertante conjunto de problemas que surgen cuando tratamos de acercarnos a los demás. Parecemos normales sólo para aquellos que no nos conocen muy bien. En una sociedad más sabia y consciente que la nuestra, una pregunta estándar en cualquier primera cita sería: «¿Cómo puedes estar tan loco?»

Puede que tengamos una tendencia latente a ponernos furiosos cuando alguien no está de acuerdo con nosotros o quizá sólo nos relajemos sólo cuando trabajamos; tal vez somos difíciles en la intimidad después de hacer el amor u optamos por el silencio cuando sufrimos una humillación. Nadie es perfecto. El problema es que antes del matrimonio, rara vez profundizamos en nuestras complejidades. Siempre que las relaciones casuales amenazan con revelar nuestros defectos, culpamos a nuestras parejas y damos por archivado el asunto. En cuanto a nuestros amigos, no les importa lo suficiente como para hacer el trabajo duro de iluminarnos. Uno de los privilegios de estar solos es, por lo tanto, la sincera impresión de que es muy fácil vivir con nosotros.

Young couple having a good time – Indoors

Nuestras parejas ya no son conscientes de sí mismas. Naturalmente, nos esforzamos por tratar de entenderlas. Visitamos a sus familias. Miramos sus fotos, nos encontramos con sus amigos de la universidad. Todo esto contribuye a la sensación de que hemos hecho nuestros deberes. Pero no lo hemos hecho. El matrimonio acaba siendo una apuesta esperanzadora, generosa e infinitamente amable hecha por dos personas que no saben todavía quiénes son o quién podría ser el otro, vinculándose a un futuro que no pueden concebir y que han evitado cuidadosamente investigar.

Breve historia del matrimonio

Durante la mayor parte de la historia registrada, la gente se casó por razones lógicas: porque su parcela de tierra era contigua a la tuya, su familia tenía un negocio floreciente, su padre era el magistrado del pueblo, había un castillo que mantener, o ambos grupos de padres suscribían la misma interpretación de un determinado texto sagrado. Y de tales matrimonios razonables, fluía la soledad, la infidelidad, el abuso, la dureza de corazón y los gritos que se escuchaban a través de las puertas del dormitorio. El matrimonio de la razón no era, en retrospectiva, razonable en absoluto; a menudo era conveniente, estrecho de miras, aspiracional y explotador. Por eso, lo que lo ha reemplazado –el matrimonio de los sentimientos – se ha ahorrado en gran medida la necesidad de rendir cuentas.

Lo que importa en el matrimonio de los sentimientos es que dos personas se sienten atraídas por un instinto abrumador y saben en sus corazones que es lo correcto. De hecho, cuanto más imprudente parezca un matrimonio (quizás sólo han pasado seis meses desde que se conocieron; uno de ellos no tiene trabajo o ambos acaban de salir de la adolescencia), más seguro se puede sentir. La imprudencia se toma como un contrapeso a todos los errores de la razón, ese catalizador de la miseria, esa exigencia del contable. El prestigio del instinto es la reacción traumatizada contra demasiados siglos de razón poco razonable.

Pero aunque creemos que buscamos la felicidad en el matrimonio, no es tan simple. Lo que realmente buscamos es la familiaridad, lo que puede complicar los planes de felicidad. Buscamos recrear, en nuestras relaciones adultas, los sentimientos que conocimos tan bien en la infancia. El amor que la mayoría de nosotros habremos probado desde el principio se confundió a menudo con otras dinámicas más destructivas: sentimientos de querer ayudar a un adulto que estaba fuera de control, de estar privado del calor de un padre o asustado de su ira, de no sentirse lo suficientemente seguro para comunicar nuestros deseos. Qué lógico, entonces, que como adultos nos encontremos rechazando a ciertos candidatos al matrimonio no porque estén equivocados sino porque son demasiado correctos -demasiado equilibrados, maduros, comprensivos y confiables- dado que en nuestros corazones, tal rectitud resulta extraña. Nos casamos con la gente equivocada porque no asociamos el ser amado con el sentirse feliz.

También cometemos errores porque estamos muy solos. Nadie puede estar en un estado de ánimo óptimo para elegir pareja cuando permanecer soltero resulta insoportable. Tenemos que estar totalmente en paz con la perspectiva de muchos años de soledad para ser apropiadamente exigentes; de lo contrario, nos arriesgamos a no amar más estando solteros en vez de amar a la pareja que nos ahorró ese destino.

Finalmente, nos casamos para que un sentimiento agradable sea permanente. Imaginamos que el matrimonio nos ayudará a embotellar la alegría que sentimos cuando se nos ocurrió la idea de proponernos matrimonio: Quizás estábamos en Venecia, en la laguna, en una lancha a motor, con el sol de la tarde arrojando purpurina sobre el mar, charlando sobre aspectos de nuestras almas que nadie parecía haber captado antes, con la perspectiva de cenar un risotto un poco más tarde. Nos casamos para que esas sensaciones fueran permanentes, pero no percibimos que no existiera una conexión sólida entre esos sentimientos y la institución del matrimonio.

En efecto, el matrimonio tiende decididamente a trasladarnos a otro plano, muy diferente y más administrativo, que tal vez se desarrolla en una casa de las afueras, con un largo viaje de ida y vuelta al trabjo y unos hijos enloquecidos que matan la pasión de la que surgieron. El único ingrediente en común es la pareja. Y ese podría haber sido el ingrediente equivocado para embotellar.

La buena noticia es que no importa si descubrimos que nos hemos casado con la persona equivocada. No debemos abandonarla, sólo la idea romántica fundacional en la que se ha basado la comprensión occidental del matrimonio en los últimos 250 años: que existe un ser perfecto que puede satisfacer todas nuestras necesidades y satisfacer cada uno de nuestros anhelos.

Necesitamos cambiar el punto de vista romántico por una conciencia trágica (y a veces cómica) de que cada humano nos frustrará, enojará, molestará, enloquecerá y decepcionará, y nosotros (sin ninguna mala intención) haremos lo mismo con ellos. No puede existir fin a nuestra sensación de vacío e incomplitud. Pero nada de esto es inusual o motivo de divorcio. Elegir con quién comprometernos es sólo cuestión de identificar la variedad particular de sufrimiento por el que más nos gustaría sacrificarnos.

Esta filosofía pesimista ofrece una solución a mucha angustia y agitación en torno al matrimonio. Puede sonar extraño, pero el pesimismo alivia la excesiva presión imaginativa que nuestra cultura romántica ejerce sobre el matrimonio. El fracaso de una pareja en particular para salvarnos de nuestra pena y melancolía no es un argumento en contra de esa persona y no es una señal de que una unión merezca fracasar o ser mejorada.

La persona que mejor se adapta a nosotros no es la que comparte todos nuestros gustos (no existe), sino la que puede negociar inteligentemente las diferencias de gustos: la persona que es buena en el desacuerdo. Más que una idea teórica de la complementariedad perfecta, es la capacidad de tolerar las diferencias con generosidad lo que constituye el verdadero marcador de la persona «no demasiado equivocada». La compatibilidad es un logro del amor; no debe ser su condición previa.

El romanticismo no nos ha ayudado; es una filosofía dura. Ha hecho que mucho de lo que pasamos en el matrimonio parezca excepcional y atroz. Terminamos solos y convencidos de que nuestra unión, con sus imperfecciones, no es «normal». Deberíamos aprender a acomodarnos a la «injusticia», esforzándonos siempre por adoptar una perspectiva más indulgente, humorística y amable sobre sus múltiples ejemplos en nosotros mismos y en nuestras parejas».

Artículo original en The New York Times. Más información en la página de Alain de Botton.