¡Comparte este artículo!

Nada como el fuego para apagar los pecados. O eso debió pensar Gregory Aymond, arzobispo de Nueva Orleans, al ver el vídeo en el que un cura de su diócesis se grababa días antes profanado su iglesia con dos profesionales del sexo especializadas en sesiones de dominación. Como el mismo Aymond sentenció a los medios, sobre su subordinado, «su comportamiento obsceno fue deplorable y su desecración del altar de la iglesia fue demoníaca».

Todo ocurrió este pasado doce de octubre, en la iglesia Saints Peter and Paul de Pearl River (Luisiana), cuando el párroco de dicha congregación saltó a los medios manteniendo sexo en el altar con dos dominatrix. Travis Clark, que así se llama el cesado y, casi, excomulgado pastor, realizó un vídeo de contenido sexual en el santuario que tenía asignado y que, al parecer, dirigía cual vulgar mercader de carne. Imágenes que pasaron a las redes sociales y acabaron siendo objeto de mofa y cachondeo para buena parte de la comunidad, amén de indignación para toda la feligresía.

Todo hay que decirlo, con un film de estilo dogma y contenido, a la par, pornográfico, amateur, gore y tragicómico, de dudoso gusto. Una obra de autor, ya que su propia mano dirigió el ritual, aunque no de culto. Ni cinematográfica ni teológicamente hablando. Cinta donde el reverendo Clark, de 37 años, y muy querido en la vecindad, estaba en plena liturgia sexual, parcialmente vestido con su atuendo ceremonial, acompañado de dos mujeres encorsetadas en cuero y tacones altos, y con toda una parafernalia de juguetes eróticos. Curiosa comunión, a lo leaving las vegas (o «Miedo y asco en Luisiana»), la cual, le ha valido el rechazo de sus fieles, la reprimenda del arzobispado, la suspensión absoluta de su puesto, una denuncia ante las autoridades, una detención por obscenidad… y no sabemos si la condenación eterna.

Así, aunque todavía no hay veredicto sobre sí los hechos podrían conformar al menos una acusación humana por profanación de los lugares sagrados, parece que los documentos presentados en el Tribunal de Distrito Judicial de Luisiana en Covington sí describen que las “señoras Cheng y Dixon usaban juguetes sexuales de plástico mientras mantenían relaciones en el altar con Clark, quien todavía vestía parcialmente su atuendo sacerdotal”. De momento, a falta de un juicio final, y tras pasar por el purgatorio de los calabozos de Pearl River, los tres individuos fueron liberados de la cárcel después de que pagaran sus fianzas: la del clérigo Travis Clark fue de 25.000 dólares, mientras que las mujeres pagaron bonos por valor de cerca de 7.500.

Lo que sí ha trascendido con notoriedad bíblica, y cual encíclica papal, ha sido la reacción canóniga y episcopal, pues, casi como un resorte, su superior jerárquico reaccionó cual apologeta bizantino, apareciendo ante el público para denunciar y deponer al ex-sacerdote herético. Y poco después, las mismas autoridades eclesiásticas anunciaron que iban a realizar un rito para restaurar la santidad del lugar santo.

«Estoy enfurecido por sus acciones», rezaba el Arzobispo Aymond, muy enfadado a los rotativos locales, pues, según sus palabras, «iba a tener que mandar quitar el altar y quemarlo».

La herejía iba a necesitar tanto una expiación como una purificación, y, ni más ni menos, que por la celebración de una limpieza mediante fuego. Cómo en los viejos tiempos de la quema de brujas. Siendo a los pocos días echado a las llamas el altar donde se habían cometido y grabado los impúdicos y libidinosos actos documentados. Para ser sustituido por otro virgen y sin mancillar.

Una medida proverbial que viene a intentar atajar los problemas de imagen que ya sufre, de por sí, la Iglesia Católica de EEUU, en general, debido a las acusaciones de abusos sexuales; y la Arquidiócesis de Nueva Orleans, en particular, donde esa misma semana otro sacerdote había sido detenido por llevar a cabo una situación de abuso sexual hacia un menor.

«Déjenme ser claro: los dos han sido retirados del ministerio inmediatamente y nunca servirán de nuevo en la Iglesia Católica», sermoneó para la prensa el Arzobispo Gregory «Torquemada» Aymond.

Una auténtica profanación del Templo, a medio camino de la historia de Sodoma y Gomorra, y del saqueo bélico de Nabucodonosor, que ha sido seguida por una aguerrida inquisición y una condena al cadalso. Eventos posteriores que también han tenido su secuela cinematográfica, esta vez del principal director espiritual de Nueva Orleans, Gregory Aymond, a quien podemos ver este vídeo comunicando cómo el altar donde se cometió la felonía ya habría sido inmolado