Se le suele representar con un saco o una pila de libros sobre su espalda y se decía que entraba en los monasterios y hogares de copistas para recoger errores cometidos por estos en los textos sagrados.  Los guardaba en su bolsa para luego llevarlos al infierno, donde quedaban registrados como prueba de mala devoción cristiana. Más tarde,  en el Día del Juicio Final, serían reclamados a los monjes escribanos y a los cajistas responsables. Y no solo eso, en el Medievo se le culpaba más de un montón de cosas: los errores durante las misas y el servicio religioso, la mala pronunciación, el tartamudeo, la falta de atención y la charla ociosa.

¿Para qué servía Titivillus a la Iglesia?

Margaret Jennings en su artículo «Tutivillus: The Literary Career of the Recording Demon» (Estudios de Filología 74, no. 5, diciembre de 1977), cuenta esta curiosa historia sobre un indisciplinado diácono:

«Un diácono que rompe a reír en la iglesia durante el servicio es reprochado por su sacerdote. El diácono se defiende diciendo que durante el servicio había visto a un demonio escribiendo en un pergamino las palabras ociosas de algunos de los miembros de la congregación. El demonio llenaba rápidamente el pergamino, y para hacer más espacio en él, tiraba de la parte superior con los dientes. Al final el pergamino estaba tan sobrecargado (con tantos palabras ociosas y murmuraciones) que lo arrancó, y el demonio fue lanzado hacia atrás cayendo sobre su espalda y haciendo reír al diácono. El sacerdote, vivamente impresionado por la historia se la transmitió más tarde a la congregación para que se diesen cuenta de que su cháchara durante el servicio sería anotada en contra de ellos para el Día del Juicio Final, porque en algún lugar en medio de ellos está el demonio observando y anotando las oraciones que, por su negligencia, se le roban a Dios».

El correoso personaje Titivillus tenía una clara utilidad práctica: por un lado conseguir  una mayor concentración de los creyentes durante la Misa y por otro la de los responsables de la confección de los entonces exclusivos y carísimos libros.

La dura vida del copista medieval

Y es que, ser copista no tenía nada que ver con ser tronista en Telecinco. Según Trusted Translations, los copistas trabajaban a la luz de las velas o lámparas de aceite y en ambiente cerrados, algo que podía afectar y afectaba a su salud visual, llegando en algunos casos a provocarles la ceguera. Esto, unido al tedio y al cansancio, les hacía cometer errores ortográficos, manchar las páginas de tinta o realizar garabatos en lugar de palabras reales. Algunos se atrevían incluso a realizar dibujos burlescos en los márgenes o comentarios tipo «tengo frío» o «esta página es muy difícil«. Este tipo de atentado copista se llamaba «marginalia» y era severamente castigado.

Titivillus y la Biblia Malvada

Uno de los mayores éxitos del truhán demoníaco se produjo en 1631, cuando los impresores londinenses  Robert Barker y Martin Lucas distribuyeron una copia de la Biblia del Rey Jacobo en el que se olvidaron de incluir la palabra «no» en el séptimo mandamiento. Así, en la conocida desde entonces como «Biblia Malvada», se animaba a los devotos al desenfreno sexual con un «Cometerás adulterio«. El monarca británico condenó a los editores a pagar una multa de 300 libras, ordenando la destrucción de todas las copias.

Titivillus en España

En el Monasterio de Santa María Real de las Huelgas de Burgos, por cierto, existe una retablo de finales del siglo XV atribuido a Diego de la Cruz en el que, junto a la Virgen de la Misericordia aparecen dos diablos, uno de los cuales carga un hatillo de libros a la espalda. Según «Visiones de tres diablos medievales», de Esperanza Aragonés Estella , se trata de nuestro Titivillus.

Con información de The Imaginative ConservativeSonría, por favorDialnet y Trusted Translations.