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Lo bueno de las redes sociales es que permiten a todo el mundo dar su opinión, y lo peor es que permiten dar su opinión a todo el mundo. O esto es al menos lo que día a día vemos en las RRSS, y lo que pensaba el bueno de Umberto Eco.

«Las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que primero hablaban sólo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Ellos rápidamente eran silenciados, pero ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel. Es la invasión de los imbéciles», aseguró hace unos años el semiólogo y filósofo, paradógicamente, según informa el diario ‘La Stampa‘, en Twitter.

Efectivamente, el tristemente fallecido Eco, tuvo una peculiar relación de amor-odio con las nuevas formas de expresión y comunicación. Las utilizaba, pero era consciente de su doble filo. Y es que las redes pueden ser un instrumento para dar voz a la cultura y la libre opinión, pero igualmente para todo lo contrario, para dar voz a todo tipo de disparates, conjeturas, opiniones sin fundamento o FakeNews.

«El problema de la Red «no es solo reconocer los riesgos evidentes, sino también decidir cómo acostumbrar y educar a los jóvenes a usarlo de una manera crítica», comentaba el autor de maravillas y clásicos cómo «El nombre de la rosa» o «El péndulo de Foucault».

No en vano, todo poder conlleva una gran responsabilidad. Y en este mundo de la hiper-información, más que nunca. Algo que todos, en mayor o menor medida, solemos olvidar, cayendo en usos no siempre correctos de estos medios. A veces vulgarizando su uso y utilizando las infinitas posibilidades del mundo virtual para los usos y disfrutes más pedestres y banales. Algo muy posmoderno, pero también muy trivial y «estúpido» (en palabras del pensador italiano).

Así que, hasta que todos interioricemos alguna suerte de código deontológico o ética on-line, no estaría de más que revisáramos cómo y para qué menesteres utilizamos los nuevos medios.  A riesgo de dar pábulo a la incultura, el avance de una mala praxis de Internet y de convertirnos en el «tonto del pueblo» .

«Si la televisión había promovido al tonto del pueblo, ante el cual el espectador se sentía superior, el drama de Internet es que ha promovido al tonto del pueblo como el portador de la verdad» , remataba Umberto Eco.