El teniente Maillo y sus hombres, 1906.

Entre las dos imágenes que ilustran este artículo media algo más de un siglo. El tricornio, que ya estaba demodé en 1906, permanece como el tocado distintivo de la Benemérita pero el bigote ha desaparecido completamente de la faz de los guardias civiles. El culpable de esta transformación es, cómo no, Tejero, el picoleto más famoso de todos los tiempos, cuyo emblemático kit tricornio + bitote ha quedado como un icono de la reacción, la España casposa y el tardofranquismo golpista.

Pero Antonio Tejero no lucía bigote por gusto o por moda, sino porque seguía a rajatabla las ordenanzas del Duque de Ahumada, fundador de la Guardia Civil, en lo referente a la estética de los agentes. En una circular de 1844, el duque exigía a los mandos de los cuarteles que «tanto los señores y oficiales como las clases de tropa que tiene a sus órdenes usen el bigote a todo el largo del labio, sin permitir ninguna clase de perilla ni patilla y que el pelo se lleve siempre cortado a cepillo».

Ahí lo tenemos: el bigote es una parte integrante del uniforme del guardia civil, como el tricornio, la capa, el pistolón o la somanta de guantazos en plan poético que guardan en las taquillas del cuartelillo.

Un año después, en 1845, el «instituto armado» (nada que ver con Columbine) admite también la perilla benemérita, pero los tradicionalistas contemplan esta concesión como una desviación de la ortodoxia capilar bigotil. Ni que decir tiene que las barbas, que durante la segunda mitad del siglo XIX empiezan a lucir los miembros de otros cuerpos del ejército son consideradas por los civiles como una excentricidad y «un nido de piojos».

Con estos dimes y diretes capilares hacemos fast-forward hasta el 23 de febrero de 1981, fecha en que un guardia civil («un torero», según la descacharrante interpretación de la TV sueca) irrumpe en el Congreso de los Diputados con la intención de que el país haga flash-back 40 años atrás.

La estampa del teniente coronel Antonio Tejero, con su bigote y su poco elaborado «¡se sienten, coño!» marcan un antes y un después no sólo en la democracia sino en la estética de los picoletos: desde aquella malhallada los guardias civiles empiezan a afeitarse discretamente el mostacho, pues en combinación con el tricornio despierta irremediablemente siniestros recuerdos entre progres y demócratas.

El cabo Gutiérrez, interpretado por el inolvidable Saza, fue el último guardia civil en atreverse a lucir el bigote benemérito, pero dotado con una prosopopeya que ya quisiera para sí el chusquero Tejero.

Poco queda ya de la vieja Guardia Civil. Los cachorros del cuerpo llevan gorra en lugar de tricornio, suelen estar rasurados, lucen bíceps de gimnasio e incluso tatuses. La Benemérita ya no es lo que era.

Las pautas capilares de la Benemérita en Picoletos Veteranos de Melilla, Imágenes de Agrupación Ahumada.