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Una de las últimas víctimas de la disparatada estatuafobia que se ha desatado en EE.UU. a raíz del movimiento #BlackLivesMatter ha sido Miguel de Cervantes o, más concretamente, la estatua del autor de Don Miguel en el Golden Gate Park, en San Francisco, que fue vandalizada con una pintada en la que se leía “Bastard”.

Al menos, Cervantes no corrió la suerte de su vecino de parque, Fray Junípero Serra, cuya estatua fue derribada, corriendo la misma suerte que las estatuas de otros muchos ilustres a lo largo del país, cuyo único pecado fue ser esclavista o blanco. Y aquí el matiz “o” es importante: tanto el fraile como Cervantes fueron blancos pero esclavistas o cómplices de la trata de esclavos.

De hecho, Cervantes estuvo cinco años –entre 1575 y 1580- preso en Argel, donde en aquella época se contaban entre veinte y veinticinco mil cautivos cristianos. El español fue hecho prisionero cuando su galera fue apresada por los corsarios berberiscos y recluido en los baños (corrales de esclavos) de la pujante ciudad norteafricana.

En aquella época, navegar por el Mediterráneo era extremadamente peligroso, dadas las frecuentes razzias de los piratas, berberiscos, turcos e ingleses. El tráfico de esclavos estaba al orden del día y los blancos no solían ser los esclavistas sino, más bien, las víctimas de esta esclavitud.

Es un hecho poco conocido, por amnesia selectiva y por conveniencia histórica, que entre los siglos XVI y XIX alrededor de un millón de blancos fueron esclavizados por los piratas musulmanes en los pueblos costeros de Italia, España, Francia y Portugal, e incluso Inglaterra, Países Bajos e Islandia, según recuerda un artículo en BBC: ‘La historia olvidada de los europeos que fueron esclavos en África’.

«Muchos eran vendidos como esclavos en la ciudad de Argel. El mercado de esclavos al aire libre quedaba en el Al-Souk al-Kabir o la Gran Calle de los Souks, una amplia vía bordeada de mercados (zocos) que atravesaba transversalmente la ciudad. Primero, los nuevos cautivos eran obligados a desfilar a lo largo del Al-Souk al-Kabir mientras los vendedores gritaban para atraer compradores.

Una vez en el mercado de esclavos, los cautivos eran desnudados y examinados. Los hombres tenían que saltar, para mostrar su condición física, y eran golpeados con palos si no cumplían con prontitud».

Cervantes seguramente tuvo que correr una suerte parecida y si no fue torturado fue porque los corsarios estaban convencidos de que era un personaje de alcurnia y que merecía un alto rescate. El español quedó en manos de Dalí Mamí, quien fijó su rescate en 500 reales. Tras varios intentos frustrados de fuga, la orden de los Trinatarios consigue una suma de 300 ducados para pagar el rescate de Cervantes, que queda en libertad en 1580, embarcado en una expedición de cuatro galeras que partieron de Argel a Constantinopla repletas de esclavos y renegados.

440 años después de aquella peripecia que dejó marcado al autor del Quijote, unos indocumentados han vandalizado la estatua de Cervantes asumiendo que aquel blanco tenía su parte alícuota de culpa en la trata de esclavos que, por aquella misma época, empezaban a sufrir los negros africanos camino de América. Craso error: Cervantes nunca fue esclavista pero sí fue esclavo.

 Con información de El Mundo, BBC e Instituto Cervantes.